Vidas fabulosas, biografías fabuladas

Autor:

COMBUSTIONES

Antonio Vega.

«En cuestiones literarias y cinematográficas, a la hora de las bios, la familia, cuanto más lejos, mejor»

 

Julio Valdeón aborda el carácter aséptico, o edulcorado, de las biografías audiovisuales de grandes figuras de la música, que ejercen un ejercicio de romanticismo o, sencillamente, de lavado de la imagen real. Antonio Vega y Elvis son, esta vez, los protagonistas.

 

Una sección de JULIO VALDEÓN.

 

Ah, los biopics. Las memorias audiovisuales de héroes musicales. Un subgénero que, salvo gloriosas excepciones, es a la biografía, más o menos seria o atendible, lo que la televisión al periodismo. Un simulacro. Coinciden ahora, por razones diversas, dos representantes del género. Uno de 2014, el estupendo documental dedicado a Antonio Vega, Tu voz entre otras mil. Otro, recién estrenado, el enésimo bodrio histriónico urdido por el pelma de Baz Luhrmann, dedicado a Elvis Presley. El primero ha tardado ocho años en llegar a la RTVE. El segundo desembarcó en las salas aureolado por una rimbombante campaña publicitaria. Cuentan que la familia del cantautor madrileño, que colaboró de cerca con la directora Paloma Concejero, se sintió traicionada: demasiado énfasis en las drogas, demasiado mal rollo, demasiados pasotes, fragilidades, nubes negras y chutes. Hubo quien incluso lo etiquetó como un producto sensacionalista.

En cambio, curiosamente, o no, todo son piropos del entorno familiar de Elvis para la birria que protagoniza Austin Butler y el bueno de Tom Hanks. Normal: estamos ante un producto altamente ficcionalizado. Sin sombra de problemas. Ligerito, sonrosado e infantil. Perfecto para ser consumido sin más sobresaltos que los que puedan provocar los teatrales efectismos de un Luhrmann que nunca defrauda: todas sus películas son una mierda. Estamos más ante un vehículo de autobombo que frente a un viaje por las tormentosas peripecias del niño acunado por los coros de las iglesias baptistas y el country que sonaba en las radios; creció para dividir en dos el siglo veinte y reventó, ya deificado, en la taza del váter de Graceland, con un libro de ovnis o similares entre las manos, ciego de crema de cacahuete, soledad y anfetas.

Curiosamente, o no tanto, a mí el documental de Vega me pareció por momentos demasiado pudoroso: las imágenes de astronautas, planetas y caballos delataban el cariñoso intento de aproximarse de forma piadosa a una existencia un tanto siniestra. ¿Imaginan la cantidad de anécdotas chungas, historias terribles, pufos y putadas, que la directora dejó fuera? Hablar de Antonio Vega y no mencionar cada cinco minutos la cuestión de las drogas es como tratar de escribir la biografía de un Shane McGowan sin alcohol o un Charlie Parker sin jaco. Un empeño tan encomiable como idealista y, a la postre, mentiroso. Entiendo el dolor de los allegados. Yo tampoco quiero que nadie visite los trapos sucios de la gente a la que amo. Por eso, en cuestiones literarias y cinematográficas, a la hora de las bios, la familia, cuanto más lejos, mejor.

Anterior entrega de Combustiones: Tres golpes de rabia, emoción y belleza.

 

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