En la muerte del flamenco

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COMBUSTIONES

«La pandemia, la ignorancia, el pasotismo, la inanición y el postureo clavetean las últimas tachuelas de un ataúd largo tiempo anunciado»

 

En su columna semanal, Julio Valdeón lanza un quejío por todas las casas legendarias del flamenco que se han visto obligadas a cerrar sus puertas, como Villa Rosa, el Café de Chinitas y Casa Patas.

 

Una sección de JULIO VALDEÓN.
Foto: cartel de la bailaora MACARENA RAMÍREZ (CASA PATAS).

 

La queja ocupa el primer puesto entre los afanes de los españoles, si acaso superada por el odio, pero me van a disculpar que use la columna para, yo también, quejarme. Lloro la desaparición de los últimos locales de flamenco, a los que visita la muerte. Echaron la persiana Villa Rosa, el Café de Chinitas y Casa Patas. El primero estaba en la Plaza de Santa Ana, cerca del Reina Victoria, el otro hotel de los toreros junto al Wellington. Acumulaba un siglo dando el cante. Lo despidieron con mantones de manila a modo de sudario y cantes como dagas. Los políticos municipales fueron a hacerse fotos. Me pregunto cuántos de ellos frecuentaban el local sin cámaras mediante. Tenía ciento diez años de historia y acogió a reyes, buscones, poetas y presidentes. El siguiente fue el Café de Chinitas, homenaje al de Málaga, favorito de Lorca, y que abrió bendecido por La Chunga. Antes cayó Casa Patas, donde todavía recuerdo la presentación de A Bambi no le gustan los miércoles, de Raúl del Pozo, apadrinado por mi querido Antonio Lucas, que «moja la pluma en el tintero de Kipling», y por Pasión Vega, que «afina tan bien como los ruiseñores en las ruinas».

La Asociación Nacional de Tablaos Flamencos de España, ANTFES, advierte de que «el flamenco, declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2010, corre serio peligro de quedar relegado a la irrelevancia sin el soporte económico y laboral que supone el turismo». Recuerda que los tablaos dan de comer al noventa por ciento de los artistas. Sin ellos, la música consoladora y agreste, que ponía trueno, mazapán y yunque en las gargantas, está condenada. Presidida por la divina Cristina Hoyos, reclama «un Plan Nacional de Ayuda a los Tablaos Flamencos». No llegan ayudas y el gobierno no les hace ni puto caso. Oigan, lo entiendo. Para qué gastar tiempo y recursos en algo que ni Dios agradece. A los españolitos el flamenco nos importa un huevo. El sector vivía del turismo de palmas a destiempo, que diría Antonio, de guiris deslumbrados y japoneses colgados de una cámara más grande que su chola. Aunque sedientos de tópicos, e incapaces de distinguir una soleá de un jamón, los turistas prolongaron la vida de un arte y unos locales abandonados por el rancio público local. Nosotros preferimos músicas que no convoquen el llanto, vídeos bóvidos, el aguachirle del último timo con galones hipster. Tampoco el blues puede fardar de tener muchos seguidores. Pero la propia magnitud de los Estados Unidos, con más de trescientos veintiocho millones de habitantes, ofrece unas oportunidades inimaginables.

Bienvenidos al país del ninguneo a los mejores, donde arrecian los golpes de pecho por lo que nunca apreciamos. La pandemia, la ignorancia, el pasotismo, la inanición y el postureo clavetean las últimas tachuelas de un ataúd largo tiempo anunciado. No habrá bulerías en el amanecer de las vacunas, ni nada excepto un presente liofilizado, un futuro coñazo y una desolada procesión de franquicias, mientras los bafles escupen melodías y letras alérgicas al riesgo. Nadie recuerda —en pie, cabrones— qué fueron Torres Bermejas o Las Brujas, cuando Lola Flores cruzaba su noche con Bambino, Camarón echaba los dientes al lado de Paco Cepero y podías encontrarte con Curro Romero, Paco Rabal, Manolo Caracol y Orson Wells. Creéis que habéis visto cosas tristes, pero esperad a que del flamenco y su gloria apenas resten cenizas.

Anterior entrega de Combustiones: Teddy Bautista, diez años después.

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