Teddy Bautista, diez años después

Autor:

COMBUSTIONES

«Que a Teddy Bautista intentaron matarlo civilmente por dar la cara cuando todos callaban no debería de escapársele a nadie»

 

Julio Valdeón reflexiona sobre la tardía absolución de Teddy Bautista, acusado de apropiación indebida cuando estaba al frente de la SGAE. Diez años en los que Bautista ha sufrido un tremendo juicio popular y mediático.

 

Una sección de JULIO VALDEÓN.
Foto: IGNACIO EVANGELISTA.

 

La absolución de Teddy Bautista y el resto de ejecutivos de la SGAE, injustamente acusados de apropiación indebida, llega a esta columna con unos días de retraso. Pero qué son esas horas de más comparadas con la década que va del grotesco asalto al palacio de Longoria a la absolución en la Audiencia Nacional. Que a Teddy Bautista, igual que a Ramoncín, intentaron matarlo civilmente por dar la cara cuando todos callaban no debería de escapársele a nadie. Había que tumbar a las disqueras y hacer el panoli frente a los intereses de unas empresas, las tecnológicas, nutridas de vampirizar el trabajo ajeno.

La defenestración de la SGAE fue paralela a la destrucción de las industrias culturales españolas. Movían tanto dinero y empleaban a tantos curritos como el sector de la automoción o las aerolíneas, llevaban el nombre de España por el mundo y, aunque imperfectas, habían perfeccionado un modelo de trabajo fructífero. Ya, ya, no todo fue oro molido. Abundaban los caraduras, los expolios, las tragedias, los ninguneos, y por supuesto los discos infumables. Pero el maquillaje moralista, las lágrimas de cocodrilo por unos artistas que nunca les importaron, fue la concesión a la coquetería con la que los cuatreros, obsesionados con tumbar el ecosistema de la música profesional, disfrazaron el asalto. El ataque no fue ajeno a la campaña de desinformación contra los llamados intermediarios, editores, productores, etc. Complementada con los efluvios antiintelectuales que ganarían fuerza con el boom populista. Sin olvidar la creciente, quién sabe si definitiva, deslegitimación de fruslerías liberales como el derecho al honor o a la presunción de inocencia.

La tormenta perfecta la ha explicado Juan Puchades con su honestidad y lucidez habituales, en el prólogo del último número de Cuadernos de Efe Eme. A un lado estaban los cantamañanas de la izquierda, con sus lemas zapatistas tipo «la cultura es de todos» y «bendito sea el fruto de su vientre siempre que sea gratuito». No sé si recuerdan los artículos y ensayos con los que fuimos bendecidos, fofos de tópicos y calumnias con los que mejor disfrazar el robo. Leerlos es llorar. De vergüenza y de rabia. A su lado, en teoría enfrente pero no tanto, piafaba la barra brava de la derecha sociológica y mediática, convencida de que los artistas son todos unos rojos irredimibles y unos jetas abonados a la teta de las subvenciones y blablablá. Unos y otros generaron el caldo de odio imprescindible para que la persecución de unos inocentes pasara por algo así como la reedición de la Comuna de París o el final de la mamandurria progre, dependiendo de las neuras del respetable. Sea como sea, el público aplaudía encantado. Y los periódicos, ay, jalearon el embrutecimiento. Tardarían unos años en comprender que los siguientes en pasar por la picadora serían ellos. De momento todo eran risas y brindis contra una industria que más que haberse dedicado al rock and roll, el pop y afines, parecía responsable de crímenes de lesa humanidad.

La cacería contra la SGAE coincidió con el auge de aquella Operación Triunfo. Una basura concebida por una productora privada, no sé si les suena La Trinca, pero emitida por una cadena pública, TVE. OT no solo encumbró a una generación de mantas. No solo coronó el modelo de la academia de corte y confección frente al magma infinitamente más poroso, intrincado, espontáneo, asilvestrado y vivificante que ha nutrido durante generaciones la cantera de las músicas populares. No solo delineó en el imaginario colectivo la carrera profesional del músico con los podridos ropajes de los reality shows y estableció que el triunfo artístico era sinónimo de victoria en un concurso guionizado para las cámaras. También, sobre todo, coaguló los canales disponibles para la promoción del resto de la oferta cultural más allá del atroz concurso de karaoke.

Diez años después de aquello, el canon, no sé si recuerdan, vuelve a estar vigente, y las pequeñas y medianas discográficas han desaparecido. Los niños que en el futuro quieran dedicarse al oficio de cantar y contar tendrán que hacerlo en domingos alternos. Al menos ya nadie habla de aquellas asociaciones de internautas: había que tenerlos cuadrados para presentarse como portavoz, representante o delegado de los internautas, que es tanto como decir del 99,9 por ciento de los ciudadanos; y necesitabas desayunar hongos psilocibios para ser ministro de Cultura y reunirte con semejante peña. Diez años después absolvieron a Teddy Bautista y al resto, aunque dé igual porque llevan una década condenados por el tribunal de la telemierda, los jurados de la horca y los verdugos de la justicia asamblearia. Diez años después, en fin, mejor reír que llorar.

Anterior entrega de Combustiones: Un Neil Young tocado por los dioses.

Artículos relacionados