El Sur en el corazón… y en la estantería

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COWBOY DE CIUDAD

«Este otoño, tres nuevos títulos coinciden en el mercado para acercarnos un poco más esa cultura a través de enfoques complementarios»

 

En esta ocasión, Javier Márquez Sánchez pone el foco en la literatura que ayuda a entender conceptos como la América Profunda, el Sur, los rednecks o los white trash, aporta una selecta bibliografía y se detiene en tres novedades que acaban de llegar a las librerías.

 

Una sección de JAVIER MÁRQUEZ SÁNCHEZ.

 

La América Profunda, el Sur, los rednecks, los hillbillies, los white trash… todos estos conceptos hacen referencia a realidades diferentes que a menudo se combinan o solapan, y en cualquier caso conforman, en conjunto, vértices diferentes de una misma idea, más sentimental que real, más estereotipada que arquetípica, de esos Estados Unidos rurales, orgullosos y autosuficientes, que sienten que su vida y su destino tienen poco que ver con lo que late en Nueva York y Los Ángeles, y no digamos ya más allá de las fronteras de la nación.

El cine, la televisión, la música e incluso la literatura han ayudado a forjar una imagen nada agraciada de ese «otro» estadounidense: inculto (y orgulloso de ello), zoquete, alcohólico, violento, racista, machista, amante de las armas, ultrarreligioso, poco amigo del agua y el jabón… Y con todo, el saco de mitología y estereotipos que rodea a la idea del Viejo Sur y la América Profunda (que, como hemos dicho, pueden confluir, pero no son lo mismo en absoluto), goza de un gran poder de fascinación sobre personas de distintas latitudes.

Una buena prueba es la bibliografía que este fenómeno ha inspirado. Desde aquellas Crónicas de la América profunda (Los libros del Lince), de Joe Bageant, hasta los más recientes Manifiesto redneck (Dirty Works), de Jim Goad, y Hillbilly, una elegía rural (Deusto), de J.D. Balance, cuya descafeinada y decepcionante adaptación a la pantalla llegó a Netflix este martes 24. Los dos últimos títulos citados aterrizaron en las librerías españolas en 2017, probablemente en un impulso de sus editores por responder a la gran pregunta que muchos se hacían desde este lado del Atlántico: ¿cómo había podido ganar las elecciones un año antes un sujeto como Donald Trump?

Y en esencia ambas obras coincidían en la respuesta: Trump alcanzó la Casa Blanca despreciando a las élites económicas e intelectuales y hablando directamente al sector de estadounidenses más numeroso: el de la «escoria blanca» (white trash), heredero de aquellos peones blancos que solo se distinguían de los esclavos negros por el color de su piel y por resistirse a usar sombrero como aquellos para trabajar bajo el sol, y de ahí que lucieran la nuca enrojecida (redneck). Del norte al sur de los montes Apalaches, de una punta a otra de los pantanos de Louisiana y a todo lo largo del río Mississippi, estos ciudadanos de su propia comunidad venían siendo ignorados cuando no despreciados por los poderes de Washignton desde los días de la forja de la nación.

Aunque la cosa sigue sin ser sencilla. En realidad, poco tiene que ver un redneck sureño que trabaja en alguna factoría y vive con su familia en una autocaravana con los Red Butler que se atusaban el bigote cabalgando entre sus plantaciones de algodón un siglo atrás (aquí mezclamos white trash y Viejo Sur), y sin embargo hay algo que llevan grabado en su ADN que los aúna más allá del desprecio de clase: el orgullo de raza (en este caso, de raza sureña, en oposición a los remilgados del Norte, o más bien, de las sofisticadas ciudades de ambas costas). Es algo tan característico y genuino, tan identificable, que no es difícil encontrar personas, grupos enteros de gente en ciudades de todo el mundo, que dicen amar el estilo de vida redneck y así lo demuestran con su forma de vestir, la música que escuchan o la forma en la que afrontan sus relaciones sociales y familiares.

Una música, una gastronomía, una literatura, una forma de entender la religión, la familia, la diversión… Como ya apuntábamos, es difícil separar con filo de bisturí el arquetipo del estereotipo cuando hablamos de esta parte de Estados Unidos. Y este otoño, justo cuando Trump pedía de nuevo el voto de todos ellos, tres nuevos títulos coinciden en el mercado para acercarnos un poco más esa cultura a través de enfoques complementarios.

 

«Es difícil separar con filo de bisturí el arquetipo del estereotipo cuando hablamos de esta parte de Estados Unidos»

 

Recién llegados

Si hace tres años la editorial Dirty Works publicaba el citado Manifiesto redneck —cuyo autor llegó a manifestar su asombro en las redes sociales ante el éxito de la obra en España—, ahora llega una suerte de relectura del tema de la mano de tres humoristas sureños —Trae Crowder, Corey Ryan Forrester y Drew Morgan— que firman El manifiesto redneck rojo (o cómo sacar a Dixie de la oscuridad). Aunque a grandes rasgos puedan abordarse cuestiones similares —lógico por otro lado—, el tono de esta obra es radicalmente diferente, y ese es su gran encanto. Lo que en el caso de Goad era casi análisis sociológico y narración costumbrista, con el trío se convierte en un hilarante recorrido, también de primera mano, por todos los tópicos posibles e imaginables de la cultura «profunda» estadounidense, dispuestos a confirmarlos o desmontarlos según sea necesario. Ellos no niegan ni reniegan de sus orígenes, pero igual que son los primeros en bromear sobre sus raíces, también quieren poner las cosas claras cuando consideran que los estereotipos se han pasado de rosca. Acompañado de algunas divertidas ilustraciones explicativas, quizás el único «pero» que pueda ponerse a esta salvaje y más recomendable lectura es el exceso de notas a pie de página. Pero si te molestan, como diría un genuino redneck, ¡pasa de ellas!

[NOTA PARA EVITAR SUSPICACIAS: El que suscribe es director editorial del sello del que se hablará a continuación, pero tampoco esto es una crítica para ensalzar sus virtudes sino una mera reseña de libros temáticos, por lo que entendemos que no se da un flagrante conflicto de intereses. Juro sobre el Buen Libro haber obrado de buena fe en todo momento.]

En una de esas curiosas jugadas del destino (editorial), el índice del citado libro casi podría superponerse sobre el de Los sureños no llevan paraguas, título con el que se ha estrenado la editorial Muddy Waters Books. En un curioso ejercicio de doble perspectiva, si el anterior título ofrecía la visión crítica y satírica de tres sureños sobre su propia tierra, Los sureños no llevan paraguas, de Eduardo Izquierdo (colaborador histórico de Efe Eme) y Eloy Pérez, plantea un divertido y no menos crítico recorrido por la historia y cultura del Viejo y el Profundo Sur estadounidenses, esta vez desde la óptica de dos europeos que, con todo, no pueden ocultar su admiración por esa cultura, con todas sus contradicciones y aberrantes costumbres, que las tiene. A destacar, por razones obvias y en lo que a esta sección se refiere, su análisis pormenorizado de los distintos géneros, híbridos y leyendas de la música sureña estadounidense, así como la variopinta propuesta de ilustraciones, a cargo de Victoria de Diego.

El último título de este tríptico sureño es también el más robusto, con más de setecientas páginas. La historiadora Nancy Isenberg firma White trash (Capitán Swing), libro cuyo ambicioso enfoque se resume en su subtítulo: Los ignorados 400 años de historia de las clases sociales estadounidenses. Con un tono muy diferente a las obras anteriores, Isenberg lleva a cabo un impecable trabajo de corte académico que, pese a lo profuso, resulta bastante accesible y sin duda interesante, recorriendo en profundidad la historia completa de Estados Unidos de la mano de la clase social más amplia y denostada de la nación, esa «escoria blanca», analizando las distintas etapas y episodios que la han conducido desde los días de la colonización del país hasta «la gente de Trump».

¿Y a cuento de qué este repaso literario en este rincón del Cowboy de Ciudad? Pues, entre otras cosas, por el bluegrass, el gospel, el blues, el soul, el rock sureño y, por supuesto, el country, todas ellas músicas que nacen de esas raíces sociales, económicas, históricas e incluso políticas abordadas en estos libros, y que sin duda apreciaremos mejor si tenemos algunas nociones más sobre el contexto en el que se desarrollaron. Los aficionados a esos géneros y a esa cultura estamos de enhorabuena: esta tríada de títulos nos depara un buen puñado de horas de felicidad (y conocimiento, que nunca está de más). Y para acompañar la lectura, os planteamos el siguiente listado, una selección de nuestros discos imprescindibles de la historia del rock sureño.

 

Fillmore East (1971), The Allman Brothers Band.

Pronounced Leh-nerd Skin-nerd (1973), Lynyrd Skynyrd.

Decoration day (2003), Drive by Truckers.

Second helping 1974) Lynyrd Skynyrd.

Eat a peach (1972), The Allman Brothers Band.

Tres hombres (1973), ZZ Top.

Brothers and sisters (1973), The Allman Brothers Band.

Southern rock opera (2001), Drive-By Truckers.

Street survivors (1977), Lynyrd Skynyrd.

Shake your money maker (1990), The Black Crowes.

Flirtin’ with disaster (1979), Molly Hatchet.

The Marshall Tucker Band (1973), The Marshall Tucker Band.

Y (1970), Johnny Winter.

The Southern Harmony and Musical Companion (1992), The Black Crowes.

Molly Hatchet (1978), Molly Hatchet.

Southeastern (2013), Jason Isbell.

Strikes (1979), Blackfoot.

Dose (1998), Gov’t Mule.

High on the hog (1973), Black Oak Arkansas.

Pickin’ on Nashville (1989), Kentucky Headhunters.

Anterior entrega de Cowboy de ciudad: Clint «Country» Eastwood: Gamberradas, tributos y madurez.

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