Cinco discos para descubrir a Nick Cave

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Desde su debut, en 1984, la obra de Nick Cave es una de las más solidas del panorama internacional. David Pérez Marín se enfrenta al reto de escoger cinco discos inmortales del oscuro músico australiano.

 

Texto: DAVID PÉREZ MARÍN.

 

Puede que nunca sepamos su verdadera identidad, pero es más que probable que Nicholas Edward Cave sea un ángel caído que decidió cortarse él mismo las alas, con un afilado y oxidado cuchillo o con un trozo de cristal del ventanal de un sucio rascacielos, contra el que previamente se estrelló buscando el sinsentido de los días y las noches de todo mortal.

Al contrario de los ángeles de El cielo sobre Berlín (1987) de Wim Wenders, que solo pueden transmitir a las personas ganas de vivir e intentar reconfortarles en sus momentos más dolorosos, Nick Cave quiere darle voz al dolor en sí, hacerlo carne, sangre y huesos.

Posiblemente, junto a Jhonny Cash, no haya habido ni habrá una voz tan profundamente doliente, cavernosa y grave como la de Nick Cave en la historia de la música. Posee una obra compleja y extensa que esconde misterios y universos inabarcables, empapados de violencia, erotismo y espiritualidad, extendiéndose a lo largo de más de una veintena de trabajos discográficos con diferentes formaciones (como The Boys Next Door, The Birthday Party o Grinderman), alcanzando su máxima producción y excelencia junto a The Bad Seeds, con 16 álbumes de estudio hasta la fecha y uno de los sonidos más poderosos, vibrantes y genuinos de las últimas décadas.

Su arte trasciende a otros campos, habiendo firmado varias novelas, guiones cinematográficos, interpretaciones actorales y numerosas bandas sonoras. Además, su elegante y vampírica presencia escénica (personaje físicamente Tim Burtiano y siempre trajeado), más su energía desbordante y carisma, lo hacen único e inimitable en directo, donde roza el misticismo, la posesión chamánica y el apocalipsis a partes iguales.

 

1. From her to eternity (Mute Records, 1984)

Nick Cave dejó Australia y probó suerte en Londres con The Birthday Party (Mick Harvey, Tracy Pew, Phill Calvert y Rowland S. Howard), junto a los que grabó dos discos y dos epés, cosechando una fama ganada a pulso por el desenfreno y la ruidosa violencia de sus directos, primero en Reino Unido y en la época final, tras mudarse, en Alemania. Las discusiones y tensiones aparecen dentro de la banda, acrecentadas por la omnipresente heroína, desembocando finalmente en la separación del grupo.

Nick Cave toma las riendas y se reúne con Mick Harvey, abonando la tierra mal sana, visceral y excitante donde crecen The Bad Seeds, combo completado por Barry Adamson, Blixa Bargeld y Hugo Race, además de la colaboración intermitente pero clave de Anita Lane (teclado, voces y composiciones puntuales), que se extenderá a lo largo de los años.

Aunque en From her to eternity, el estreno de Nick Cave & The Bad Seeds, siguen manteniendo la mordida y crudeza de The Birthday Party, muy presente en cortes como “Cabin fever!” o “Saint huck”, la incorporación de la guitarra atmosférica de Blixa Bargeld le dio a Cave el espacio que buscaba para respirar y dar rienda suelta a sus letras, una enredadera lírica oscura y resplandeciente que no dejaría de crecer en su obra.

Muestra sin pudor su alma crooner y rinde homenaje a dos referentes indiscutibles en su carrera, con un par de covers que ennegrece y hace suyos, “Avalanche” de su admirado Leonard Cohen y el “In the ghetto” de Mac Davis que popularizó Elvis Presley.

La canción titular se popularizó en 1987, al interpretarla en directo en una escena de El cielo sobre Berlín (Wings of Desire). Esta versión, grabada en los Hansa Studio de Berlín en febrero de 1987, fue incluida en la reedición del álbum en cedé. Imposible olvidar esos fotogramas con un joven Nick Cave repitiéndose para sí mismo: “Una canción más y se acabó, pero no les hablaré de una chica, no les hablaré de una chica…”. Y justo cuando se acerca al micro dice: “Quiero hablaros de una chica…”, y comienza con una “From her to eternity” que te deja sin respiración.

 

 

2. Your funeral… my trial (Mute Records, 1986)

Cave sigue filtrando en sus siguientes discos influencias de la música sureña americana, del blues de John Lee Hoker a Lead Belly, pasando por Cash y Dylan, además de referencias claras a Elvis Presley o Blind Lemon Jefferson, y todo en un universo propio que sigue moldeando a base de nocturnidad, amores destructivos, pasajes de la biblia y pasiones desatadas.

Your funeral… my trial es el cuarto trabajo junto a los Bad Seeds y uno de sus discos más oscuros y sobresalientes, con piezas que son rotundas obras maestras de la banda, como “The carny” (también aparece en El cielo sobre Berlín), “Your funeral, my trial” o “Stranger than kindness”.

Durante este periodo abraza con la misma fuerza la heroína, la Biblia y la escritura (en 1989 lanza su primera novela And the ass saw the Angel y en 2009 The death of Bunny Munro), desarrollando interpretaciones exorcizantes, tanto en estudio como en directo. Cave seguirá cultivando, disco a disco, un creciente mundo cargado de una laberíntica y maldita espiritualidad, del que nunca escapará y donde cada vez se sentirá más cómodo.

Thomas Wydler es ya (desde el disco anterior Kicking against the pricks, 1986) el batería oficial de la banda, conformando junto a Nick Cave, Mick Harvey y Blixa Bargeld la columna vertebral de la formación (con numerosas idas y venidas) a lo largo de los años.

 

 

3. Let love in (Mute Records, 1994)

Tras las pesadillas de Tender prey (1988), con grandes temas como “Deanna” o la icónica “The mersey seat”, que versionaría y grabaría doce años después el mismísimo Jhonny Cash, cayó el muro de Berlín y el amor, siempre el amor (Viviane Carneiro, esta vez), lo salvó de las drogas y lo llevó a Brasil. Allí encontró la calma y compuso el elegante y orquestal The good son (1990). El piano comienza a ser el gran aliado de Cave y encontramos el sencillo “The ship song” a la cabeza, junto a temas muy influenciados por canciones tradicionales. Recuperó posteriormente la ferocidad en Henry’s dream (1992), sumándose a la banda los compatriotas Martyn P. Casey al bajo y Conway Savage al piano. Sobresalen zarpazos como “I had a dream, Joe” y “Jack the Ripper”, o la delicatessen “Straight to you”.

Pero del inicio de la década de los 90 me quedo con el octavo álbum de la banda australiana, Let love in, un canto y desencanto al amor… al amor atormentado, herido y perdido. La banda parece alcanzar su cumbre sónica y romperla disco a disco. En este trabajo, además de la creciente orquestación y coros, destaca la presencia de Warren Ellis. Primera colaboración del violinista que pasará a ser una figura clave en la banda y el mejor aliado de Cave fuera de ella.

Del interrogante inicial de “Do you love me?”, con un piano y atmósfera de la que es imposible escapar, a la delicadeza amarga del vaivén de la ausencia, empapada del dulce veneno de los recuerdos, la desesperación y decepción, en “Nobody’s baby now” y “Let love in”.

No sobra ni falta nada, pero las quemaduras más grandes llegan con dos busques insignias de la banda: bajo la espiral de caos en la que crece el aullido dolorido y rabioso de “Loverman”, versionada por infinidad de bandas (destaca el cover de Metallica en Garage Inc., 1998) y con la emblemática “Red right hand”, interpretada por artistas como Arctic Monkeys, PJ Harvey, Iggy Pop o Jarvis Cocker, además hacerse archiconocida también por ser el tema central de la exitosa serie Peaky blinders.

 

 

4. The boatman’s call (Mute Records, 1997)

Cerramos los 90 con un disco a fuego lento que rompe, de principio a fin, con la rabia post-punk de sus inicios y siempre latente en toda su carrera, The boatman’s call. Cave desnuda su alma en doce canciones intimistas y minimalista, sombrías, pero cegadoramente bellas. Surcos unidos por un fino hilo de luz que parecer curar viejas heridas, con su voz segura y apaciguadora, como una brisa que viene y va más allá del bien y del mal.

Acompañado al piano y por instrumentos que oxigenan cada fraseo, cada anhelo y sentimiento, Cave y los Bad Seeds, tejen uno de esos discos que, el único fallo que tienen, es que dejan de sonar tras la última pista.

Nick Cave consigue un lirismo y expresividad a la altura de los más grandes, con su admirado Leonard Cohen muy cerca. Del amor y redención de esos brazos que aguardan siempre abiertos en “Into my arms”, a los “ojos verdes” finales sobre los que Cave recita subrayando su propio canto y deseo; pasando por una “people ain’t no good” que te acaricia y araña poco a poco, o la eterna espera de “(Are you) The one that i’ve been waiting for?”, con esa estrofa cantada a corazón abierto que te hace un nudo en el estómago y termina por explotarte en el pecho, como una estrella en el cielo más negro: “O we will know… won’t we? / The stars will explode in the sky / But they don’t… do they? / Stars have their moment and then they die”.

 

 

5. Skeleton tree (Bad Seed Ltd, 2016)

El final de siglo fue complicado para Nick Cave, al recaer en la heroína. Pero, como en toda su carrera, nunca firmó un mal disco. En la primera quincena de los 2000 grabó cinco álbumes y todos notables. Antes de llegar a 2016 y quedarnos con Skeleton tree, destaco dos: No more shall we part (2001), donde continúa la estela de su predecesor The boatman’s call, con cortes de una sensibilidad interpretativa de vértigo en la que sigue abriéndose en canal, ya sea en el tempo calmado de “And no more shall we part” (el más desnudo del lote), o en piezas con una creciente instrumentación e intensidad contenida que termina implosionando y llevándonos por delante, como “Oh my lord” o “The sorrowfull wife”.

El nivel de excelencia no descarrila y, con la banda en estado de efervescencia creativa, nos regalan un álbum doble inspirado en el Physical Graffiti de Led Zeppelin, Abattoir blues/The lyre of Orpheus (2004). El primer disco sigue la esencia del rock oscuro y pantanoso marca de la casa, con disparos a bocajarro como la inicial “Get Ready for Love”, y el segundo disco es más experimental, con joyas como el cierre de “O children” (tema utilizado posteriormente en la banda sonora de Harry Potter y las reliquias de la muerte: parte 1). Fue el primer trabajo sin Blixa Bargeld.

Pero como anunciamos, nuestro repóker oficial lo completamos con Skeleton tree, una auténtica obra maestra compuesta por ocho canciones palpitantes de una verdad, belleza y dolor tan sobrecogedor, que nos supera por momentos. La voz quebrada y vulnerable de Cave, ese ángel que corto sus propias alas para sentir y darle voz al dolor humano, cae en el que quizás sea el sufrimiento más terrorífico, la muerte de un hijo (Arthur, de 15 años, al caer por un precipicio tras haber consumido LSD). Una reflexión sobre la muerte que se mueve entre la desolación y el amor infinito hacia su vástago perdido. Desde la atmosférica y asfixiante espiral de apertura de “Jesus alone”, al central “I need you”, donde Cave canta como nadie antes lo había hecho ni hará nunca, estrujando con las manos su propio corazón ahogado en lágrimas, desgarrándolo con las uñas en cada fraseo y haciendo lo propio con el nuestro.

Sólo en “Distant sky”, con la morfínica y angelical voz de Else Torp, cogemos un poco de aire, para terminar de dejarnos llevar mar adentro con “Skeleton tree” y aferrarnos como náufragos, tras el “And I called out, I called out / Right across the sea / I called out, I called out / That nothing is for free”, a un horizonte que se nos escapa entre los dedos en cada repetición del “And it’s alright now” final.

 

 

(Tres) Bonus track:

1. Door, door (Mushroom, 1979)

Antes de que germinaran las malas semillas, Cave capitaneó dos formaciones con las que fue fraguando sus cavernosas raíces y sonido primigenio. En 1977, bajo el nombre de The Boys Next Door, con Mick Harvey, Tracy Pew y Phill Calvert como compañeros fundadores, iniciaron una personal aventura proto-punk, con Lou Reed y David Bowie en vena, pasando por el expresionismo post-punk y el art-rock, que no tardaría en desbordarse en performance descarnadas y ensordecedoras. A finales de 1978 se une a la formación el guitarrista y compositor Rowland S. Howard y en 1979 lanzan su único disco, Door, door, repleto de guitarras frenéticas que colisionan con ráfagas de saxo, con Cave escupiendo fuego y rezumando azufre, como en el inicio a todo gas de “The Nightwatchman”, con coro pop-punk incluido, o en la siguiente embestida de “Brave exhibitions”.

Las pesadillas y frases corrosivas nos caen en tromba en “The voice” o “Somebody’s watching”, y en pistas como “Roman roman” palpita el caos y descontrol que abanderará el siguiente proyecto del australiano y sus secuaces. Un debut en diez canciones entre las que destaca el sencillo que lanzaron previamente, “Shivers”, hit taciturno que Rowland escribió con 16 años y que grabó en 1977 con su primera banda, Young Charlatans. Cave se pone el traje de crooner maldito (su segunda piel ¿o la original?) y lo hace suyo.

 

 

2. Grinderman (ANTI, 2007)

Nos saltamos la agresividad previa a The Bad Seeds, la violencia sonora recubierta de free jazz, blues pantanoso, percusiones tribales y noise-punk a borbotones de The Birthday Party, pero celebramos y nos regocijamos en la vuelta al primitivismo sónico con Grinderman. Warren Ellis a la guitarra, mandolina eléctrica, violín, viola, guitarra y coros, Martyn P. Casey al bajo, guitarra y coros, y Jim Sclavunos a la batería, percusiones y coros, más Cave desencadenado y a tumba abierta, a la guitarra y rugidos.

El disco homónimo Grinderman comienza acelerando a fondo con “Get it on” y, sin darnos cuenta, ya no hay vuelta atrás, estamos empapados por la sudorosa lascivia de “No pussy blues”. Sobresalen también composiciones como “When my love comes down” y el final explosivo de “Love bomb”.

En 2011 aparece Grinderman 2, el segundo y último despertar de las fieras hasta la fecha.

 

 

3. Murder ballads (Mute, 2009)

Murder ballads, el noveno álbum junto a unos Bad Seeds en plenas facultades, supuso el trabajo de mayor éxito comercial de la banda hasta el momento. Estas canciones que narran crímenes de asesinos, son el homenaje particular de Nick Cave a un subgénero real de la música popular norteamericana (“Murder ballads”).

Del inicio desquiciado y posterior ritmo pegadizo y cabaretero de “The curse of Millhaven”, a dos duetos inolvidables: con Kylie Minogue en la brillante y comercial “Where the wild roses grow”, y junto a PJ Harvey en la hipnótica y serpenteante “Henry Lee”.

Tras los casi 15 minutos de la genial “O’ Malley’s Bar”, terminamos cantándole a la muerte todos juntos (con PJ Harvey, Kylie Minogue, Anita Lane y Shane MacGowan al frente), en la optimista y tétrica “Death is not the end”.

 

Anterior entrega: Cinco discos para descubrir a Barricada.

 

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