Cadáveres bonitos

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COMBUSTIONES

 

«La devoción por el precipicio, más adolescente que otra cosa, más kamikaze que inteligente, dejó una cosecha de muertos prematuros y carreras en mil pedazos»

 

El inesperado fallecimiento de Taylor Hawkins resucita la amarga y romántica leyenda de la muerte y el rock. De aquellos ídolos que se fueron demasiado pronto, en condiciones fatídicas; de aquel malogrado Club de los 27, de las viejas estrellas de la decadencia y el glamour. Tras todo ello, regresa hoy Julio Valdeón.

 

Una sección de JULIO VALDEÓN.

 

La muerte de Taylor Hawkins fue una sorpresa: resulta que algunos rockeros todavía mueren con arreglo a los viejos códigos. De gira, en la habitación de un hotel, en vísperas de un bolo, con diez sustancias bailando en la sangre. Una vez practicado el estudio médico forense al batería de los Foo Fighters, la Fiscalía General de Colombia habló de THC (marihuana), antidepresivos tricíclicos, benzodiacepinas y opioides, entre otras. Estaba previsto que el grupo actuase en el festival Estéreo Picnic, en Bogotá. Pero Hawkins, alojado en un hotel del exclusivo distrito de Chapinero, alertó de dolores en el pecho y falleció como del rayo.

El rock, que fue liberación y grito, también tuvo un flechazo con el infierno. “Redecorar” habitaciones con las sillas por las ventanas, ponerse hasta las pestañas de venenos y follar como bonobos formaba parte de un plan de vida que incluía sacar la lengua a los puretas, aterrorizar a los padres y estrellarse con el bólido plateado al fondo de un barranco, los pantalones por los tobillos y una bella ensangrentada al lado. Pasada la resaca, la devoción por el precipicio, más adolescente que otra cosa, más kamikaze que inteligente, dejó una cosecha de muertos prematuros y carreras en mil pedazos. También legó una cosecha insufrible de cantos fúnebres y tópicos buitre. De la estúpida cantinela del club de los 27 al sensacionalismo de los tabloides, las inclinaciones salvajes del gremio atraían a todo tipo de tontos necrófilos, ávidos de regocijarse y endiosar la muerte ajena. Como si palmar de forma prematura o violenta fuera glamuroso o romántico.

Ahora que ya da todo un poco igual y que el rock and roll apenas nos interesa a cuatro, ahora que las estrellas musicales viajan rodeados de coachs, publicistas, abogados, entrenadores de fitness, relaciones públicas, mánagers de redes sociales y patrocinadores, ahora que muchos resultan indistinguibles de los ídolos del deporte o la moda, igual de insípidos, igual de coñazo, toca felicitarse porque la desgracia de Hawkins no haya sido celebrada con la habitual retahíla de guiños cómplices. Quizá sea todo un poco más aburrido. Pero aquello de morir joven y dejar un cadáver bonito siempre fue una gilipollez siniestra.

Anterior entrega de Combustiones: Motomami y la teoría de lo libérrimo.

 

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