Un gusano en la Gran Manzana: Los piratas y el príncipe

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«La primera obligación de quien aspire a no congestionarse con asuntos domésticos, riñas por impagos o berrinches con el mánager pasa por colocar un Löwenstein en su vida»

 

En esta entrega de su Gusano en la Gran Manzana, Julio Valdeón recuerda el papel que jugó el asesor financiero de los Stones en su carrera, y de paso se centra en la actualidad de Spotify.

 

 

Una sección de JULIO VALDEÓN BLANCO.

 

 

—Viernes 23
Hablamos mucho del suicidio de L’Wren Scott, la novia de Mick Jagger, y casi hemos olvidado que ha muerto el príncipe Rupert Louis Ferdinand Frederick Constantine Lofredo Leopold Herbert Maximilian Hubert John Henry zu Löwenstein-Wertheim-Freudenberg. O sea, «Rupie the groupie». A su olfato de tigre los Rolling Stones deben haberse zafado de Allen Klein, el mánager feroz; a cambio, eso sí, de perder las grabaciones de los sesenta. Forrado como consejero de piratas, banqueros y reinas Löwenstein intuyó pronto la fabulosa capacidad del rock and roll para trocarse en oro. Exilió al grupo a la Costa Azul a fin de burlar los afanes corsarios del fisco británico y los muchachos, eufóricos en su reforzado papel de forajidos, aprovecharon para cocinar «Exile on Main St.» entre efluvios de adormidera y visitas de un desquiciado Gram Parsons.

El financiero pilotaba la muerte de unos Stones imberbes y el nacimiento de los Stones que amamos, que son también o sobre todo los Stones S.A., fascinantes incluso en su infinita decadencia. ¿Lamentar las maquinaciones de su contable? ¿Explicar que ingresaron en los palacios y multiplicaron sus fortunas y lamentar de paso que olvidaron el fuego y etcétera? Nah. Los Rolling Stones nacieron ungidos al galope del rythm & blues pero jamás hubieran sobrevivido de no entregarse a un tiburón tan elegante como rancio, incapaz de apreciar la inmensa grandeza del grupo al que servía. Aquellos riffs salvajes, el burbujeo del blues, la pegajosa lascivia de unas canciones y unos discos a cuchillo provocaban ardores en el estómago de quien nació en un palacio de Mallorca y estudió en Oxford. Otro asunto es que desde que lo contrataron apenas hayan entregado otra obra maestra, «Some girls». Y quedan esos directos fulgurantes, arrebatados e hirientes de los setenta, esas giras que vamos recuperando en directos históricos.

A Löwenstein lo imagino como el Michael Caine de «Batman», que sirve al señorito sin comprender demasiado sus akelarres y movidas nocturnas. El músico en estado puro, el músico que vive del aire, queda muy mono en el papel y algo menos, más flaco y atormentado, en la calle. De ahí que la primera obligación de quien aspire a no congestionarse con asuntos domésticos, riñas por impagos o berrinches con el mánager pase por colocar un Löwenstein en su vida.

—Martes 27
Esto del parné me recuerda que hace unos días Spotify alcanzó los diez millones de subscriptores de pago. En 2012 la compañía declaró 78 millones de dólares en pérdidas. El «New York Times» comenta que entonces solicitó 500 en créditos mientras su rival Pandora ya ha palmado 28 kilos en el primer cuatrimestre de 2014. Los músicos, a su bola, protestan por lo poco o nada que reciben. Un porcentaje miserable que hará las delicias de quienes predican austeridad a los rockeros, convencidos de que durante años actuaron como agentes provocadores del lado oscuro de la fuerza.

Anterior entrega de Un gusano en la Gran Manzana: De Blondie a Jackson, Love, Cash y Page.

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