Un gusano en la Gran Manzana: Las entrañas de “The River”

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“Springsteen seguía encerrado a solas con la música. Escribiendo medio centenar de canciones por disco, ensayando con la E Street Band de forma compulsiva, ofreciendo conciertos como terapia contra la soledad de su oficiante. A veces daba la sensación de que duraban tanto porque Bruce, sencillamente, no tenía otro sitio al que ir. Si bajaba del escenario, moría”

 

 

Desde el corazón de Nueva York, Julio Valdeón bucea en los entresijos de la confección de uno de los grandes clásicos de Springsteen, en una época en la que el músico estadounidense escribía compulsivamente y no paraba de tocar. Y parece entender lo que había detrás.

 

 

Una sección de JULIO VALDEÓN.

 

 

—11 de diciembre
De una tacada veo el documental y el concierto y escucho las inéditas que contiene “The ties that bind”, la boxset del veinticinco aniversario de “The river”. El documental, dirigido —como siempre— por Thom Thimny, hace de la necesidad virtud. En esta ocasión Barry Rebo no había grabado imágenes de la banda en el estudio mientras cortaban “The river”, por lo que Thimny opta por la vía intimista. Bruce Springsteen en casa, guitarra en mano, analiza el disco, su evolución, de dónde venía, el épico escapismo —entre la mitomanía y la mitología— de “Born to run”, la poética oscuridad de “Darkness on the edge of town”, y qué pretendía con “The river”. Indagar en la vida de unos protagonistas que, como él, habían crecido. Bucear en las contradicciones de la edad adulta. Lo fascinante es que Springsteen, lejos de ser uno de ellos, seguía encerrado a solas con la música. Escribiendo medio centenar de canciones por disco, ensayando con la E Street Band de forma compulsiva, ofreciendo conciertos que eran también una terapia contra la soledad de su oficiante. A veces daba la sensación de que duraban tanto porque Bruce, sencillamente, no tenía otro sitio al que ir. Si bajaba del escenario, moría.

El resultado es uno de sus grandes discos, mezcla de rock and roll, rythm blues y country, que encuentra en “The ties that bind” un fantástico homenaje, en especial por un monumental directo que, lástima, no está entero (el equipo de filmación no grabó todas las canciones, pero aun así hablamos de un recital electrizante, fervoroso, bestial, de más de dos horas y media), y lógicamente por las canciones inéditas. Bastantes ya habían aparecido en “Tracks”, pero solo por la angustiosa ‘Night fire’ o la soulera y proto reggae ‘Mr. Nowhere’ o la versión alternativa de ‘You can look inside (but you better not touch)’, ya merece (mucho, pero mucho) la pena. “The river” fue el disco con el que descubrí a Springsteen. Después cayó “Nebraska”; luego “Darkness” y “Born to run”. Normal que cuando escucho esas odas a la esterilidad digital que son sus producciones desde “The rising” sienta el mordisco de una incurable melancolía.

 

 

—12 de diciembre.
Por cuestiones que ya explicaremos otro día ando enchufadísimo a Javier Krahe. Qué raro se hace escucharle, disfrutar de su coña sulfúrica, su elegante ironía, su incorrección, su lirismo, en una tierra donde los vecinos rara vez saludan y las televisiones y periódicos pixelan las tetas y los desnudos de “Pompeya” y “Modigliani”. Ah, y cuánta razón tenía su amigo Sabina cuando dijo que Krahe era un lujo que España no se merecía. Un dandy, un sabio, un genio. Conviene evitar, eso sí, la atroz entrevista que Pablo Iglesias le hizo en televisión. De vergüenza ajena el narcisismo del muchacho, lo mucho que disfruta escuchándose, el alto concepto que tiene de sí mismo; encomiable, enternecedora, la paciencia de un Krahe siempre educado. Quedan las canciones, tantas y tan emocionantes.

 

 

Anterior entrega de Un gusano en la Gran Manzana: Listas, listas, listas.

 

 

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