“Tras el último no va nadie” (1994), de Los Enemigos

Autor:

OPERACIÓN RESCATE

 

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“El más directo, sin titubeos, y con algunas de sus composiciones más ásperas y complejas, sobre todo a nivel de textos”

 

Raúl Tamarit analiza el sexto trabajo de Los Enemigos, “Tras el último no va nadie”. Un álbum que marcó el comienzo de un periodo de tesituras más solemnes, desafiantes y crudas, que coincidieron con la muerte de su manager, Lalo Cortés.

 

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Los Enemigos
“Tras el último no va nadie”
BMG-ARIOLA, 1994

 

Texto: RAÚL TAMARIT.

 

Con “Tras el último no va nadie” se abre un periodo en el que Los Enemigos empiezan a tratarse con otras tesituras más solemnes, mucho más desafiantes y crudas. Si hasta ese momento nos habían enseñado que la vida mata, con su nueva referencia advertían que, por si fuera poco, también escuece, y mucho. Había que entrar sin avisar, y si es con una patada en la puerta, mejor.

Acababan de finiquitar su contrato con GASA, desengañados porque la compañía no hiciera algo más de lo que seguramente podría, sobre todo con la última referencia que habían publicado, “La cuenta atrás”, en la que se habían creado muchas expectativas en torno al grupo, y que no acabó de ver sus frutos a nivel comercial ni en cuanto a distribución. Pero antes de marcharse, y por contrato, tienen que entregar un nuevo disco. Utilizando descartes, ideas que no habían cuajado y alguna que otra canción que andaba en el limbo, entregan “Sursum corda”, que los responsables del sello guardan unos meses en un cajón, al mismo tiempo que las nuevas composiciones que van pergeñando se las reservarían para la nueva singladura que inician amparada por la subsidiaria de BMG.

 

Periodo de transición

Pero Los Enemigos se encuentran en un periodo de transición, y la luminosidad de sus anteriores entregas se ve eclipsada por momentos duros en el seno del grupo. La muerte de su mánager, Lalo Cortes, parte fundamental en el devenir de los madrileños, en un accidente de tráfico, hace mella en el estado de las composiciones y por supuesto en lo personal. A él está dedicado el disco entero, y para su viuda es la emotiva ‘La carta que no…’, con letra del propio Josele Santiago y música de Fino, amigo de la infancia de Lalo, que en esta ocasión se encarga de la guitarra rítmica, haciéndose cargo Josele del bajo. Con aires de folk vía The Byrds, Josele, con cierto tono de resignación hiriente reza: “Comprende amor, no me dejan regresar, compréndelo mientras dejas de llorar”. En ‘Sueñaa (por mí)’, el corte que cierra el disco, también dedicada a su amigo desparecido, en la línea del Neil Young mas acústico, Josele, solo ante el peligro, no se esconde para cantar: “Suéñame, una vida desde allí, suéñame, el sueño que dejaste aquí”.

 

 

Junto al blues, ‘La espera’, con reminiscencias católicas, son tres de los momentos más pausados del disco, al menos los más desnudos, ya que durante todo el álbum la electricidad adquiere un rango de importancia sobresaliente en la que los ecos de bandas como Sonic Youth, Pixies, Neil Young del Ragged Glory o Dinosaur Jr, sobrevuelan por algunas de sus composiciones. Eso sí, siempre con el sello característico de la banda, que a estas alturas es más que patente. Ya hacía tiempo que no eran el grupo de humor socarrón de los inicios, eran algo más, y Josele ya se había postulado como uno de los mejores letritas de panorama patrio. Si no fuera suficiente con la muerte de su compañero y amigo, el acusado compadreo con sustancias duras se convierte en un miembro más del grupo, jugando un papel importante en el oscurantismo y en la desazón de las composiciones, escupiendo significativas dosis de rabia camuflada de desesperación, fracaso y electricidad. Significativa la apertura del álbum, con toda una declaración de intenciones, dando el pistoletazo de salida ‘¿Por qué yo?’, con un riff ácido y seco, para dar paso a la rotundidad a medio camino entre Hüsker Dü y Sonic Youth en ‘No importa’, con tormenta final de acoples y disonancias, mientras la voz permanece latente en segundo plano, contenida, casi susurrada, para estallar en la frase: “No hay perdón no hay aire, no te excuses por vivir”

 

 

Lejos de la escena nacional

Seguramente se trata del disco menos comercial, si es que alguna vez Los Enemigos han buscado la comercialidad, o si les ha importado algo. Obviamente no entraban en el juego del rock patrio encabezado en ese momento por grupos que coqueteaban con elementos latinos como Los Rodríguez o Seguridad Social, ni con Extremoduro o Platero y Tú, que ya se habían creado su propio circuito, pero tampoco estaban en la independencia que empezaba a captar cierta atención en un entorno más underground, encabezado con grupos enraizados con el noise como El Inquilino Comunista o Eliminator JR. Sin embargo, años después se les atribuiría parte de la paternidad de este circuito, a la postre, demostrando mucha más enjundia que algunos de los que encabezaron el mediático momento y digiriendo positivamente las influencias que les iban llegando allende los mares. Siempre han ido por libre, asimilando la situación y despuntado por encima de la media en cuanto a personalidad. Caso comparable con 091, que años después han vuelto por justicia poética y aclamación popular, mientras que en su momento era habitual que pasaran desapercibidos.

En cualquier caso, también hay que tener en cuenta que parte del presupuesto que tenía RCA para la promoción fue para un vídeo de ‘¿Por qué yo?’ encargado a Juanma Bajo Ulloa, que a las primeras de cambio fue censurado en las televisiones por una foto en la que aparece Juan Carlos I, y Josele apuntado al retrato del monarca, al mismo tiempo que la letra dice: “por qué él y no yo”. Después del vídeo y una minigira por distintos medios de comunicación, se acabó todo. Ahora la multinacional ya tendría otra cosa en que pensar, y no precisamente en buscar un circuito donde encajara su nuevo fichaje.

 

 

 

Objeto de coleccionista

Seguramente estamos ante el álbum más desconocido de Los Enemigos. Otra de las estratagemas de la multinacional fue no reeditar una vez se agotó, y hasta la fecha siguen sin poderse conseguir copias fuera de alguna feria del coleccionismo… Pero al mismo tiempo el más directo, sin titubeos, y con algunas de sus composiciones más ásperas y complejas, sobre todo a nivel de textos. Si siempre fueron un grupo que no le hacían asco a probar cosas nuevas y empaparse de variedad, amén de no comulgar con una idea preconcebida de sonidos ni estilos concretos ni de moda, en este disco la rotundidad y apertura de paletas estilísticas y de distintas épocas se abre significativamente. A las citadas se le suma el tono punk de la escuela del 77 de ‘La venganza de H.P. Expósito’, ‘Las tornas’ o ‘Clonaciones S.A.’, el pop más clásico de ‘El ring’, los Stones en ‘Nada’ o la Velvet Underground más lisérgicos en ‘Sin hueso’, con un final tremendo en el que las guitarras van entrelazándose hasta llegar a los siete minutos de atmósferas, con Josele incluso estrenándose con la mandolina. Aunque el núcleo del grupo está formado por Josele Santiago, Fino Oyornate y Chema “Animal” Pérez, en el capítulo de colaboraciones destacan Manolo Benitez en la guitarra de tres de los cortes, años más tarde entraría como miembro de pleno derecho, Javier Losada en sintetizadores y órgano Hammond y el desaparecido Guille Martín (Desperados, Los Rodríguez, y más tarde en Loquillo y Trogloditas y Jaime Urrutia) en el solo de guitarra de ‘El ring’.

 

 

Si unos años antes, “La vida mata” abría una nueva etapa en la carrera de los de Malasaña, “Tras el último no va nadie” comenzaría otra en la que la aspereza pasaba a primer plano, más acorde con los tiempos que vivían, y que se completaría con el mini elepé “Por la sombra, hermana amnesia” y el elepé “Gas”. Precisamente los dos discos que abren dos de las etapas más significativas de Los Enemigos son los dos álbumes más duros en las letras, además de que resultan, sin miedo a equivocarnos, más concretos en el concepto general.

 

Anterior entrega de Operación rescate: “Siamese dream” (1993), de The Smashing Pumpkins.

 

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