Train a comin’, de Steve Earle

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OPERACIÓN RESCATE

«Steve suena crudo. Adusto. Grabado solo en cinco días, el disco persigue y consigue sonar a clásico»

 

Eduardo Izquierdo retrocede hasta 1995 para recuperar el quinto disco solista de Steve Earle, Train a comin’, una colección marcada por su paso por la cárcel tras caer en el infierno de las drogas. Un disco crudo que consigue sonar a clásico.

 

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Steve Earle
Train’ a comin

WARNER, 1995

 

Texto: EDUARDO IZQUIERDO.

 

A mediados los setenta, Steve Earle es un músico en ciernes que se ha trasladado a vivir a Nashville en busca de un sueño. Allí presencia una actuación de Lynyrd Skynyrd, tras la cual se acerca a los camerinos a saludar a la banda. Ronnie Van Zant, su líder, entabla una breve charla con el joven y, tras animarle a continuar, le regala su collar y le vaticina que «si trabajas duro y sigues creyendo en ti mismo, también llegarás a ser una estrella del rock algún día».

Aproximadamente una década después, en 1986, con la publicación de su primer disco, titulado Guitar town, las predicciones de Van Zant parecen haberse cumplido. Pero Steve no encaja bien la fama y, además, no es un tipo estable. Sin suponerlo, ese será el inicio de su descenso a los infiernos, que acabará de producirse a principios de los noventa y de los que saldrá en 1995 con el espléndido Train’a comin.

 

Estancia en prisión

Varios aspectos, anteriores a su publicación y posteriores, explican a la perfección lo que supone Train’a comin en la carrera de Steve Earle. El primero de ellos es su ingreso en prisión. Earle había sido un consumidor de estupefacientes desde sus años mozos, pero la cosa se desmadra con la edición de su cuarto trabajo, The hard way (1990), que nos muestra a un músico muy desmejorado, sin apenas dientes, a causa de sus adicciones. En 1993 es arrestado por posesión de heroína, y un año después por posesión de cocaína y armas, siendo condenado a dieciocho meses de cárcel después de admitir la posesión, pero no presentarse al juicio. Steve llama a esa etapa de su vida «vacaciones en el ghetto», un elemento básico para entender la grandeza de Train’ a comin: su estancia entre rejas.

Earle solo pasa sesenta días en prisión, y cuando sale es ingresado en un centro de rehabilitación en Hendersonville, Tennessee. El tiempo en la cárcel lo dedica a componer alguna canción, pero sobre todo a reflexionar a partir de las cartas que le escriben gente como Emmylou Harris, John Mellencamp o, sobre todo, su admirado Johnny Cash. Eso le hace decidir luchar por su recuperación y por tener una carrera consistente, siguiendo como si fueran casi ley, los consejos que Cash le da en sus misivas. Cash le marca la línea, y Steve decide seguirla. No en vano, se trata de alguien que ya ha pasado por esos mismos problemas y puede hablarle de igual a igual. Y eso Steve lo agradece.

Pasemos a las semanas siguientes a la publicación de Train’ a comin. Steve Earle presenta el álbum en el Tennessee Performing Arts Center. Se produce un revuelo en la sala y el público deja de prestar atención al escenario para hacer caso a un tipo de cabello blanco que se ha incorporado a la velada desde un lateral. Se trata del mítico Bill Monroe, decidido a dar la bienvenida a Steve, que no duda en subirse al escenario con él. Algo que Earle definiría con una frase: «Cuando el capitán está en el puente, el capitán está en el puente». Cuando poco después falleció Monroe (el 9 de septiembre de 1996), Earle descubrió que él había sido el único en tender la mano a su admirado Hank Williams en 1952, cuando le expulsaron del Grand Ole Opry por llegar borracho. Al conocer esta historia, Steve entendió lo importante que había sido que Monroe bendijera también su regreso.

 

 

El último momento crucial para entender este disco tendrá lugar poco después. Steve se encuentra actuando en el Bluebird Café junto a su amigo Townes Van Zandt y Guy Clark, al que hace veinte años que no ve. Un concierto que acabará siendo importante, ya que más adelante se publicará en un álbum. Al arrancar “Ellis unit one”, olvida la letra y los acordes, y un respetuosísimo Clark le ayuda con las partes de guitarra para agacharse, besar el instrumento y asegurar al público que «amo a Steve Earle».

 

Son cuatro pinceladas, solo cuatro, pero que muestran a la perfección quien es el Steve Earle que graba Train’ a comin. Un disco acústico con el que, curiosamente, en su texto de presentación el propio Earle reconoce que «odia la MTV». En una época en que el formato Unplugged ha dominado el canal musical por excelencia de los noventa en Estados Unidos, el niño malo del country rock regresa con un trabajo de guitarras acústicas, sobrio, y cagándose en el formato.

 

 

Cinco años después de su último disco vuelve con una banda básica, integrada por la mandolina de Peter Rowan, el dobro y el violín de Norman Blake, el bajo puntual de Roy Huskey Jr. y los coros de su ya amiga inseparable Emmylou Harris. Con excelentes canciones bajo el brazo como “Sometimes she forgets”, “Angel is the devil” o un “Goodbye” que la propia Emmylou incluirá en su disco Wrecking ball, grabado junto a Daniel Lanois. Y con una serie de versiones absolutamente aplastantes y que Steve hace totalmente suyas: “Tecumseh Valley” de su amigo y maestro Townes Van Zandt, “I’m looking through you” de Lennon y McCartney, y una sorprendente y maravillosa “Rivers of Babylon”, tradicional rastafari de The Melodians.

 

Los temas propios, en general, provienen de la época previa al ingreso en prisión de Earle, como si el músico quisiera retomar su carrera allí donde la dejó. En cambio, “Goodbye”, convertida desde la primera escucha en uno de sus grandes clásicos, había sido compuesta durante su estancia en la clínica de rehabilitación, cómo pasó de esta, y “Angel is the devil” en sus sesenta días de cárcel.

 

 

Steve suena crudo. Adusto. Grabado solo en cinco días, el disco persigue y consigue sonar a clásico. Rebuscando en lo más profundo de la tradición logra sonar como un músico recuperado. Espléndido. Despojado de cualquier tipo de protección. Como una última metáfora del proceso de limpieza al que había sometido a su organismo. Y así entrega una de las mejores obras de su carrera. Un disco que, con todo merecimiento, recibiría una nominación al Grammy al mejor disco de folk contemporáneo. Un premio que curiosamente se llevaría Emmylou Harris con el citado Wrecking ball, como hemos indicado, con “Goodbye” entre su lista de canciones. Magnífico, se mire por donde se mire.

 

Anterior entrega de Operación rescate: Unfinished monkey business (1998), de Ian Brown.

 

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