Unfinished monkey business (1998), de Ian Brown

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OPERACIÓN RESCATE

«Lo produjo él mismo, se ocupó de buena parte de la instrumentación y puso sobre el papel muchos de los demonios que habían rodeado la separación de su banda»


Semanas antes de que Ian Brown lance su séptimo disco, Fernando Ballesteros nos acompaña a la estantería para recuperar el debut solista del líder de Stone Roses. Sus primeras palabras tras la disolución de la célebre banda de Manchester. Un disco cocinado, producido y pagado por su propio autor. 

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Ian Brown
Unfinished monkey business
POLYDOR RECORDS, 1998


Texto: Fernando Ballesteros.


Estoy convencido de que, para tener una idea aproximada de todo lo que rodeó al lanzamiento del debut en solitario de Ian Brown en 1998, lo mejor es hacer un viaje aún más largo en el tiempo. En concreto ocho años atrás, hasta 1990.

El 27 de mayo de aquel año tenía lugar un concierto multitudinario de los Stone Roses en Spike Island. La actuación vino acompañada de una rueda de prensa con periodistas llegados de todos los puntos del planeta. Por si fuera poco, aquel fin de semana se presentaba también “One love”, su nuevo single. Se trataba de la escenificación del inicio del reinado del grupo de Brown. Ellos eran los elegidos para liderar la nueva década, llenar estadios y llevar unos cuantos pasos más allá el movimiento que había estallado en Manchester. Esas eran las intenciones, y aunque los planes no siempre salgan bien, el caso es que había motivos para confiar en que los Roses fueran los portadores de esa bandera.

De hecho, el periodo 88-90 había sido difícilmente superable. Un disco de debut sobresaliente, una ristra de singles que tiraba de espaldas y una actitud, una imagen, un carisma, que les situaba por delante de Happy Mondays, Inspiral Carpets y demás aspirantes al cetro. Pero nada ocurrió según lo previsto: su salto a Geffen, los problemas contractuales y los consiguientes retrasos en la edición de su segundo disco echaron aquellos planes por la borda. Cuando Second coming vio por fin la luz, el espíritu de ese tiempo y la fórmula mágica del momento en el pop inglés ya lo encarnaban otros. La prensa (y el público) ya había elegido, y la corona se la disputaban ahora Oasis y Blur. Manchester parecía ya algo lejano y el britpop mandaba.

El disco, publicado a finales del 94, no estaba a la altura de su puesta de largo, y el sonido iba en muchos momentos por otros derroteros, algo que tampoco ayudó a una buena acogida. John Squire le daba al riff musculoso y aquello desprendía incluso aromas zeppelianos. En fin, la crítica se lo cargó. Las ventas funcionaron a un nivel mucho más modesto de lo presupuestado y el pronóstico era claro: se avecinaban tiempos difíciles.

Y llegaron con toda la crudeza. Primero abandonó la nave el batería Reni. Sin él les vimos por primera vez en España, pero lo peor estaba por llegar. Squire se bajó del barcó y Brown, contra todo pronóstico y lógica, decidió continuar. Poco después, en agosto del 96, se presentaban en el FIB y protagonizaban una actuación catastrófica. Ian dice que aquello lo hizo a propósito. Afirma que se trataba de darle el tiro de gracia a la banda en público. Si fue así, no cabe más que felicitarle de forma efusiva porque cumplió el objetivo de forma inapelable. Unas semanas después, de hecho, se anunciaba la disolución.

La vida después de los Stones Roses

¿Y ahora qué? Con lo que les había costado dar el segundo paso, había dudas sobre la continuidad de las carreras de los dos amigos de la infancia ahora distanciados. Sin embargo, ambos movieron ficha con rapidez. En mayo del 97 aparecía “Do it yourself”, el debut de los fugaces Seahorses, y en febrero del 98 Brown respondía con la publicación de “Unfinished monkey business”.




Y aquí viene la modesta revisión de la historia de este disco. Lo resumo rápido: veintiún años después, tengo una percepción más positiva de aquellas canciones y creo contar con una explicación al respecto. Teníamos tan reciente lo ocurrido en el final de los Roses que algunos le dimos bastante más crédito (ahora creo que de forma inmerecida) al solamente correcto lote de canciones de la banda, un lote que se arrimaba al britpop imperante en la época, que al disco de un Ian Brown que contenía algunas perlas casi dignas de los años dorados de su grupo de procedencia.

También hay que reconocer, porque el tiempo no lo cura todo, que como sucede con el resto de su discografía “Unfinished monkey business” era algo irregular, pero el paso del tiempo lo sitúa como su mejor trabajo solista. Ian también contaba con alguna que otra ventaja respecto a John, la misma que tienen todos los cantantes tras la ruptura de su grupo. La voz es lo más facilmente identificable, y más si hablamos de la suya, no muy poderosa e irregular en directo, de acuerdo, pero sobrada de atractivo. Una voz conquistadora.

Y con esa baza presentaba un disco en el que puso todo su empeño. Lo produjo él mismo, se ocupó de buena parte de la instrumentación y puso sobre el papel muchos de los demonios que habían rodeado la separación de su banda. De hecho, a Squire le lanza varias andanadas en forma de acusaciones y referencias a su egocentrismo o su supuesta adicción a las drogas.

Nuevos y viejos aires

En un proyecto tan suyo, no es de extrañar que la personalidad de Brown latiera con tanta fuerza a lo largo de todo el disco. Sucede desde la introducción de “Intro under the paving stones: the beach”, un título de claras reminiscencias sesentayochistas, un momento histórico, por el que ya había dejado clara su simpatía con The Stone Roses. En cuanto al sonido, “My star”, elegida como primer single, mantiene muchas de las señas de identidad de su banda de procedencia: es una canción de efecto inmediato y todo un acierto como carta de presentación.



Para la grabación tiró de viejos conocidos y rescató a la sección rítimica de los Roses, Reni y Mani, quienes le dan a “Can´t see me” un ritmo que, unido a la interpretación vocal de Ian, nos remite al “Fool´s gold” de Stone Roses. En cuanto a “Sunshine”, destaca por una brillantez en el sonido acústico que ya había aparecido en un par de cortes de Second coming.

Aziz Ibrahim, que le había acompañado en los últimos shows de Stone Roses, hace un buen trabajo con las guitarras del disco. En aquellos últimos conciertos de infausto recuerdo, por cierto, ya tocaban otra canción que está incluida en este disco: la gran “Ice cold cube”, de inicio rutilante.

“Lions” aporta algunas de las novedades del trabajo y de las constantes que seguirá el vocalista en sus siguientes pasos, jugando con la electrónica, los coros femeninos y alargando el metraje en exceso. Por su parte, “Corpses in their mouths” es otro de los grandes momentos del disco. Elegante y acertada, tampoco extraña que fuera elegida como single.




“What happened to ya (part. 1)” suena a gloria, mientras que la parte segunda de este mismo título se interna en excursiones guitarrísticas con aires de de improvisación que llevan nuestra cabeza a los viejos tiempos de su banda, como aquellos últimos minutos de “I am the resurrection”. La parte final del disco vuelve a sacar el lado más suave y al tiempo menos inspirado de Brown: “Nah nah” y su sencilla melodía no pasa del aprobado, y “Deep pile dreams” no corre mejor suerte.

Unfinished monkey business es un buen disco. Y más de dos décadas después, con Brown a punto de lanzar su séptimo disco solista, parece un bueno momento para recordarlo. Su continuación Golden greats rivaliza con este, y es a partir del tercero cuando la cosa empieza a decaer con alguna que otra mejoría puntual. Pero, ¿saben qué les digo?, que conservo la fe. El arrogante vocalista del grupo del momento, el que quería ser adorado hace tres décadas, nos va a seguir ofreciendo buenos momentos y, quién sabe, el día menos pensado se descuelga con otra obra maestra. Seguimos esperando. 

Anterior entrega de Operación rescate: Lone Star (1966), de Lone Star.

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