The Traveling Wilburys Vol. 1 (1988), de The Traveling Wilburys

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OPERACIÓN RESCATE

«Se tejió una red de admiración mutua entre los miembros del grupo. Era una de las claves que les mantenía unidos en armonía más allá de los egos»


Fernando Ballesteros desempolva el fantástico debut del supergrupo Traveling Wilburys para recordarnos la magia que hacían juntos Bob Dylan, George Harrison, Jeff Lynne, Roy Orbison y Tom Petty.

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The Traveling Wilburys
The Traveling Wilburys, Vol. 1
WARNER, 1988


Texto: FERNANDO BALLESTEROS.

 

Acumular talento no siempre es garantía de éxito artístico. Por eso, los supergrupos, son, en ocasiones, un asunto peliagudo. La historia de la música nos deja ejemplos de todo tipo, que van desde lo excelso hasta el fiasco absoluto. El caso de los Traveling Wilburys es paradigmático de lo primero: no se me ocurre otra ocasión en la historia en la que se hayan juntado cinco talentos tan descomunales. ¿Nada podía fallar? Pues no exactamente. Sí que podían haber salido mal las cosas, pero eso no sucedió, y aquellos dos discos que grabaron, sobre todo el primero, nos siguen alegrando la vida.

Quizá una de las claves fue que todo surgió de una forma muy rodada. George Harrison, el artífice del invento, se encontraba trabajando con Jeff Lynne. Es en 1987 cuando hay que situar el nacimiento de los Traveling. El exbeatle y el alma de la ELO, que había trabajado con Tom Petty en Full moon fever, hicieron sus primeros movimientos. Todo fue muy rápido.

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«Todos disfrutan de su cuota de protagonismo, no se reflejan tensiones y sí mucho buen rollo, risas e improvisación»

 

En el periodo de tiempo que transcurrió entre el rechazo inicial de MCA a aquel álbum de Petty y su posterior y exitoso lanzamiento, fue cuando nació la superbanda. La fórmula utilizada fue muy sencilla, casi tanto como el resultado, y es que el criterio de Harrison para tomar decisiones fue contar con los artistas con los que más le apetecía trabajar. Como se quedó prendado de la sensibilidad musical de Tom, el de Florida ya estaba en el barco. El siguiente fue Dylan, y la última pieza, Roy Orbison. Le reclutaron después de verle en directo, entraron en los camerinos y le pidieron que se uniera al proyecto. Lo hicieron de una forma tan convincente que no se podía negar. La figura de Orbison, el veterano del grupo, cerraba el círculo y aquella operación iba a suponer también su regreso a una primera división del negocio que nunca tenía que haber abandonado.

Así que, como cuenta Warren Zanes en el magnífico Petty, la biografía, se tejió una red de admiración mutua entre los miembros del grupo y esa era una de las claves que les mantenía unidos en armonía más allá de los egos. Tom y Jeff estaban enamorados de George, quien a su vez era el mayor fan de Bob Dylan y, por supuesto, todos ellos profesaban una admiración reverencial hacia la figura de Roy.

 

Una gestación muy fluida

En la composición del álbum quedó claro que todo fluía. Los músicos se lo pasaban bien trabajando juntos. De hecho, lo que en un principio fue una colaboración para la cara B de un single de George, se convirtió en un elepé. Aquel tema era ni más ni menos que “Handle with care”, una canción que Warner decidió que era demasiado buena para quedar relegada a tan secundario rol.

 

 

En total fueron diez intensos días en mayo de 1988. El escenario elegido fue la casa del Eurythmics Dave Stewart. La naturalidad con la que transcurrieron los acontecimientos se refleja en el resultado de este debut de los Traveling Wilburys. Refleja su complicidad. Con su magia a la hora de componer y tocar ya contábamos, lo que sorprende algo más es el humor que demuestran, por ejemplo, a la hora de acreditarse como los cinco hijos de Charles Truscott Wilbury Sr. Así que Dylan se convirtió en Lucky Wilbury, Harrison era Nelson, Orbison respondía al nombre de Lefty, Petty al de Charly T. Junior y Lynne era Otis.

El disco se abre con “Handle with care”, con el tiempo la canción más popular de la obra. Una delicia en la que George disfruta de un papel protagonista hasta que irrumpe Orbison en el centro del escenario. Una de esas piezas que rozan la perfección y ya todo un clásico.

A lo largo del disco todos disfrutan de su cuota de protagonismo, no se reflejan tensiones y sí mucho buen rollo, risas e improvisación. Dylan, probablemente más relajado que nunca en una grabación, acapara nuestra atención en “Dirty world” y la divertida “Tweeter and the monkey man,” aunque probablemente sea “Congratulations” el tema en el que más brilla.

 

 

En “Last night” es Tom Petty el que pilota hasta que Orbison vuelve a aparecer justo antes del estribillo. Igual que en “Not alone any more”, otro de los grandes momentos del disco, en el que la voz de barítono del veterano rockero brilla en todo su esplendor.

Hay melancolía, no podía ser de otra forma en un disco en el que se escucha la voz de Roy, pero también se transmiten las buenas vibraciones del proyecto no solo en el resultado, sino también en la temática y el espíritu reinante. Como en la alegre “Heading for the light” o en el caso de “End of the line”, un maravilloso ejercicio coral que transmite un mensaje de unión y amistad que nos remite, de alguna forma, a la gestación y desarrollo de esta maravillosa aventura. 

 

 

Traveling Wilburys Vol. 1 se convirtió pronto en un gran éxito comercial, alcanzó el triple platino y la crítica se rindió ante él. Lamentablemente, solo dos meses después de su salida a la venta murió Roy Orbison. El grupo siguió, pero faltaba un elemento capital. La calma del veterano se había convertido en un elemento fundamental en aquella química perfecta. Hubo segundo disco, que titularon Traveling Wilburys Vol 3. tirando de su sentido del humor. Y aunque allí también había grandes momentos, el punto de magia, la sorpresa, ya se había disfrutado al máximo en el primer asalto.

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