Shadow kingdom: Bob Dylan en el reino de las sombras 

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COMBUSTIONES

«Una verdad artística inalcanzable si los arreglos, pura miel combinada con whisky, no fueran tan magníficos, o si las interpretaciones no fueran así de exquisitas»

 

Fue el primer concierto de Bob Dylan desde 2019: un show imperdible titulado Shadow kingdom en el que interpretó doce canciones con banda y una textura audiovisual propia del cine negro. Por Julio Valdeón.

 

Una sección de JULIO VALDEÓN.

 

Shadow kingdom, el «concierto» de Bob Dylan vía streaming, fue tan sorprendente e inusual como merece la fama a contracorriente del gran hombre. Con las tomas grabadas en un estudio, el artista y su grupo, reclutado para la ocasión, hacen playback en un juke joint idealizado. Delante de una audiencia de modelos vestidas de amantes de jazz en el Harlem de los años cuarenta. Frente a dobles de Sam Peckinpah o Ernest Hemingway. Más que un concierto, diríase una sucesión de postales ambientadas en el videoclip de Closing time, la incandescente maravilla de Leonard Cohen. Para colmo, ni Bob ni el grupo parecen esforzarse en calcar las notas pregrabadas: abundan los momentos desincronizados. Tampoco atiende al soberbio repertorio de los últimos 25 años, de Time out of mind (1997) a Rough and rowdy ways (2020), más apropiado para su voz en jirones y líricamente más cercano a sus inclinaciones actuales. Regocija su sempiterna aversión a las normas: apenas tocará un éxito. Nada de «Blowin’ in the wind», «Don’t think twice, it’s all right», «My back pages», «Rainy day women No. 12 & 35», «Just like a woman», «Ballad of a thin man», «I want you», «All along the watchtower», «Lay lady lay», «Knockin’ on heaven’s door»… De paso, contradice todo lo que adelantó el departamento de marketing: vendieron que el concierto iría sobre el early Dylan. Nada más lejos. Aunque rescata cortes profundos de discos como Bringing it all back home (1965), Highway 61 (1965), Blonde on blonde (1966) o Nashville skyline (1969), cualquier diplomado en primero de rock and roll sabe que el primer Dylan no es el de la trilogía eléctrica; tampoco el que abraza el country, sino el folkie anterior, rey a su pesar de la canción protesta y el comentario social. Vamos, el de los cuatro primeros discos, del 61 al 64, Bob Dylan, The freewheelin’ Bob Dylan, The Times they are a-changin’, Another side of Bob Dylan. Para redondear la jugada cuela un un tema de 1989, «What was it you wanted». Eso sí, en una toma estremecedora.

Pero, y es un pero del tamaño de un pico en el Himalaya, y es un pero tan profundo como la fosa de las Marianas, el repertorio teóricamente más visto, los labios y los dedos en diferido, el uso de actores en lugar de público, y el humo, el toque cinematográfico, los brillos y espejos, lejos de cristalizar en una faena de aliño o un producto comercial para un audiencia distraída, potencian la condición fantasmagórica, mágica, de un ejercicio de funambulismo más real por teatralizado. Una verdad artística inalcanzable si los arreglos, pura miel combinada con whisky, no fueran tan magníficos, o si las interpretaciones no fueran así de exquisitas. En Shadow kingdom Dylan canta y frasea con un cuidado desacostumbrado, mientras las melodías, marcadamente acústicas, pura proteína, enfatizan los ropajes añejos, a mitad de camino entre las recreaciones noir que hizo del cancionero de Sinatra, los sonidos del Delta y Bob Willis.

Todo en esta obra lynchiana y misteriosa brilló a gran altura. Clásicos como «Just like Tom Thumb’s blues» o «Queen Jane approximately» conocieron reencarnaciones apabullantes. «Forever young», a pesar de la brutal toma clásica con The Band en The last waltz, recibió el tratamiento definitivo. Dolorosamente crepuscular. Deliciosamente delicado, ligero y vital. Emparentando con las grabaciones de Sun Records y con las pizarras de Jimmie Rodgers, enfatizando el pulso blues que latía en muchos de sus discos originales, Dylan suple con sabiduría, elegancia y humor, con transfusiones de rockabilly y aromas de Raymond Chandler, la vieja pose del hipster original. Consciente de que la única forma posible de hacer suyos los códigos y sonidos de unas músicas ancestrales pasaba por evitar el mimetismo sin caer en el pastiche. Algo inalcanzable para casi cualquiera, pero que borda con insultante facilidad y, encima, con rajo. Más allá del juego de sombras, de los guiños poéticos y los disfraces, propulsado por una vocación carnavalesca pero también por el afán prospectivo, todo en Shadow kingdom rezuma la indomable bravura de las obras asomadas al precipicio.

Anterior entrega de Combustiones: Nadie a la altura de Amy.

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