New York Land (8): Reflexiones de un atún rojo ante la toma de la Bastilla

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“No olvidemos a tanta otra gente implicada para que Burke entregue un disco soberbio, también, qué mala suerte, cobrando, todos y cada uno de ellos, porque son tan extravagantes, fíjense, que aspiran a pagar su comida, alquiler, seguro médico, coche, etc.”


Julio Valdeón Blanco, desde Nueva York, pero siguiendo muy de cerca la actualidad española, nos habla de lo que cuesta hacer los discos, con Solomon Burke como ejemplo.


Una sección de JULIO VALDEÓN BLANCO.


Leo un artículo firmado por Amador Savater. Lo titula “La cena del miedo”, su viaje al último círculo del Dante rodeado de momios. Amador llama héroe o casi a quien tras descargarse una serie por la filosa dedica varias semanas a subtitularla y luego la cuelga para que miles la vean sin pagar. Como si dijéramos, héroe el que manga un libro en el supermercado, lo escanea en casa, añade notas a pie de página y lo reparte gratis entre todos los negritos, que tienen hambre y frío. Como si añadiéramos, la sociedad del libre mercado ha desaparecido y nosotros con estas mechas. O como certifica El Roto: “¡Esto del gratis total es estupendo…! Siempre que sea lo de los demás, naturalmente”.

Embalado, Amador contrapone las licencias creativas Creative Commons y el copyleft con el copyright, como si unas y otro fueran incompatibles y quienes solicitan que se respete el segundo pidieran además la prohibición de las primeras. Amador teme el recurso a la fuerza, la apología del castigo, el conservadurismo feroz, pero poeta él, olvida que a veces la pedagogía no basta, o que como explicaba mi abuela bueno es el miedo donde no hay vergüenza (el descenso de un 56% de la siniestralidad en carretera entre 2001 y 2011 demuestra que al “si bebes no conduzcas” fue necesario quitarle unos puntos, ya saben, por si al final bebes unas copitas de vino).

Muy puesto, tolerante, dialéctico, ve ignorancia y miedo en los otros, y suponemos que sabiduría y audacia en sí y en quienes alaban sus puntos de vista. Opina que copiar no es robar. ¿Cómo no usó su argumento McClaren en el caso que le enfrentaba a Ferrari? ¿Porqué negó el supuesto espionaje si hubiera bastado con un simple “sí, qué pasa, las ideas no pueden robarse, lo ocurrido, señoría, es un caso de donación, de alegre difundir o ensanchar lo común”?
Dice que la Ley Sinde, chapucera, confunde páginas de enlaces y páginas que albergan contenidos, como si las primeras no ejercieran de ciberperistas (“Empresarios que cobran por la publicidad en webs desde donde redirigen hacia los contenidos”, © Adrian Vogel) que señalan, con un chasquido del ratón, hacia el lugar donde encontrar la mercancía colgada sin permiso. Habla de quienes descargan porque no encuentran “una forma de pago razonable y sencilla”, pero obvia que los españolitos compran 0,6 descargas de canciones por persona/año. Encima, larga sobre una élite “que está perdiendo el monopolio de la palabra y de la configuración de la realidad”, de “audiencias sometidas”, como si dijéramos si usted compra un disco de Neko Case es reo de la élite que mantiene el monopolio, audiencia sometida, etc., pero si usted lo descarga gratis sin permiso de la autora ayuda a reventar el monopolio que disfrutaba tan pelirroja dama, o como si de alguna forma al no pagar uno ya fuera compositor, cantante, escritor, porque, claro, lo que me diferencia a mí, audiencia sometida, de Proust, John Lennon o Joyce no es la diferencia en el talento, el hecho de que aunque nadie me lo impedía jamás haya escrito el equivalente a “En busca del tiempo perdido”, ‘In my life’ o “Dublineses”, sino el detalle, completamente reaccionario, de pagar por su trabajo. Para romper el injusto acceso a la cultura, para construir sociedades más libres, siempre defendimos el libre y gratuito acceso de los niños y jóvenes a una enseñanza de calidad, pero ya ven, no conocíamos el “cambio de paradigma”; la solución no era descubrir al hijo del peón los versos de José Agustín Goytisolo, las películas escritas por Azcona, sino en bajarse todo gratis sin agradecimiento por los servicios prestados.

¿Sigo? Vale.

Amador Savater solicita no confundir a los creadores ni la cultura con la industria cultural, e imagino que los autores de los libros que publica, al menos los vivos, viven sin vivir en sí: ¡atreverse a solicitar manuscritos, corregirlos, editarlos, buscarles una portada, publicarlos y promocionarlos! ¡Pagarle, a quien corresponda porque es tan egoísta que quiere mantener el copyright, derechos de autor! Lúcido, nuestro hombre denuncia que confundimos los problemas del star system cultural con los del conjunto de trabajadores de la cultura, o sea, estrellas y proletarios, la aristocracia y los uñas azules, Luis XVI y la Bastilla, pero sospecho que no ha leído esto, ni sabe de la cantidad de puestos de trabajo destruidos. Debe de creer, en fin, que su mensaje es progresista, pero siempre sostuve, tonto perdido, que la izquierda defendía la justa remuneración del trabajo ajeno, que valoraba la independencia del creador frente al mecenas, y eso solo es posible cuando tú público, pagando, te hace libre, independiente de consejerías, ayuntamientos o diputaciones, o de anunciantes que imponen los contenidos (¿por qué creen que la HBO ha sido capaz de poner en pie “Los sopranos”, “The wire” o “Deadwood”? ¿Porque sus series son gratuitas? No, porque millones de estadounidenses pagan la suscripción y así no hay marca de colonia o detergente que revise guiones).

Me pregunto que opinará Amador de la siguiente cita, que encontré en el blog de “El Mundo” luego de publicar una entrada de las mías, ya saben, de campeón de la industria enfrentado a la pureza del arte. Decía así:
–Cada vez que me dicen que se necesita de centenares de personas para grabar un disco, me meo de la risa. Sí, me meo. Porque la propia industria ha hecho que los costes sean brutales: mánagers, letristas, compositores, cantantes, instrumentistas profesionales, editores, mezcladores… Resulta que hay mucho mediocre, porque los verdaderamente buenos necesitan mucho menos. No, no digo que no los usen. Digo que no los necesitan.

Quiere decirse que la industria de la música ha disparado presupuestos… contratando y pagando a quienes hacen música. El problema ya no es el abogado del cantante, el ejecutivo del sello, el publicista, etc., superfluos todos (¿sí?), el problema de los costes brutales son… ¡los músicos, letristas, compositores, cantantes, instrumentistas profesionales, mezcladores, etc!

Harían bien, éste lector o nuestro valiente argonauta en la cena del miedo, en analizar un disco de presupuesto mediano para los parámetros USA, grabado en casa de un particular, con una estrella de caché mediano, muy lejos del de Lady Gaga, Madonna, etc., un disco publicado por un hombre que murió en 2010 y que de paso homenajeamos.

28 de marzo de 2006. Solomon Burke, leyenda del soul de 66 años, comienza la grabación de su nueva obra. Hasta el 6 de abril trabajará en el estudio que el guitarrista, cantante y compositor Buddy Miller ha instalado en su hogar. Miller, veterano de la escena country, ha reunido los fondos para construirlo escribiendo canciones a las Dixie Chicks o Lee Ann Womack, acompañando, en directo o en disco, a Emmlylou Harris, Lucinda Williams, Robert Plant, Alison Krauss, Shawn Colvin o Patty Griffin. No lo reclutan, ni pagan, por capricho. Sus artes a las seis cuerdas son formidables, fruto del talento y, sobre todo, de muchos años de extenuante curro. Como sabe cualquiera levantar un estudio en condiciones, capaz de abrir delicadamente todos los matices de la música, exige tiempo, dedicación… y dinero. Hay que diseñarlo pensando en la acústica, comprar materiales, contratar técnicos, pelear duro con la Studer A80 si quieres dominar sus cálidos matices, elegir, y pagar, también, los micrófonos, las guitarras, las Fender, Rickenbacker y Wandre, la acústica Americana Ranger de Gibson, los pedales, amplificadores Vox, etc. Menos mal, demos gracias, que trabajo no falta, que las compañías fichan a Miller para producir o tocar. Con tesón, años, pasta gansa, el estudio reluce, coronado de soberbias máquinas.

Cuatro años antes, en 2002, Fat Possum Records, que paga a sus buenos A&R, fichó a Solomon Burke. Reclutó a un magnífico productor (Joe Henry), a un grupo de admiradores felices de escribirle canciones (Van Morrison, Bob Dylan, Tom Waits, Brian Wilson, Dan Penn, Carson Whitsett, Hoy Lindsey, Kathleen Brennan, Andy Paley, Nick Lowe, Cait O’Riordan, Elvis Costello, etc.) y a acompañantes que incluían a Daniel Lanois y The Blind Boys of Alabama. Gracias a que Fat Possum, repito, arriesgó su buen dinero, a que apostó para que grabara en las mejores condiciones, y a que promocionó los envidiables resultados, el viejo, enorme Burke regresaba de entre los muertos.
Olvidado durante años, como tantos gigantes del soul, el capricho de las modas, la apatía del público, lo había enclaustrado en el siempre precario circuito de oldies, ese que acoge a dinosaurios que cantan por un módico precio en salas de tres al cuarto. Cuesta creerlo, pero es cierto: el directo, sin un disco detrás que lo propulse, sin medios para exhibirlo, acaba casi siempre en un voluntarioso peregrinar de antro en antro. Pero bueno, a principios de década todavía parecía razonable jugársela con artistas arrinconados, francotiradores con gusto, antiguas leyendas con mucho que decir si alguien les dejaba. Así que Solomon, decimos, grabó “Don’t give up on me”, elegido por “Mojo” disco del año, y ganó un Grammy. En 2005, con el sello Shout! Factory, registró el notable “Make do it with what you got”, y ahora, a finales de marzo de 2006, prepara junto a Buddy Miller y su esposa, la también cantante Julie Miller, su tercer aldabonazo. Bautizado Nashville, homenajea un género en el que Burke siempre brilló. Buddy lo tiene todo listo. Ha seleccionado un repertorio que comprende temas de Dolly Parton, Bruce Springsteen, Gillian Welch, Paul Kennerley, Barry Tashian, Don Williams, Kevin Welch, Shawn Amos, etc. Algunos, como Parton, son ricos mereced a sus discos y exitosas giras. Otros, como Tashian, miembro entre 1965 y 1965 de The Remains, han vivido fundamentalmente de trabajar al servicio de gente como Gram Parsons, Tom Paxton, Emmylou Harris o Nanci Griffith.

El disco de Burke, de vender, sería una buena oportunidad para Tashian y cía. No los forrará. Permitirá, eso sí, afrontar las giras junto a Holly, su compañera en un dúo con cuatro décadas de existencia, con un poquito más holgura. Aparte están los instrumentistas que Miller ha reclutado, fenómenos del calibre de Garry Tallent y Byron House al bajo, Mickey Raphael al acordeón y la armónica, Al Perkins a la guitarra lap, la pedal steel y el acordeón, Pam Sixfin y nada menos que Larry Campbell al violín, Jim Grojean a la viola, Carole Rabinowitz al celo, Tom Howard dirigiendo los arreglos de cuerda, Regina y Ann McCrary y Gale West a los coros, Bryan Owings y Brady Blade a la batería, Phil Madeira al órgano Hammond. No olvidemos a las estrellas que cantarán a dueto junto a Solomon en algunos cortes, caso de Emmylou, Griffin o Parton. Ni a ingenieros y técnicos de primer nivel como Jake Burns, Emory Gordon Jr. o Ray Kennedy, ni a tanta otra gente implicada (Jane Vickers, John Schiller, Kathi Whitley, Robert Kim, Kate de Vriend, etc.) para que Burke entregue un disco soberbio, también, qué mala suerte, cobrando, todos y cada uno de ellos, porque son tan extravagantes, fíjense, que aspiran a pagar su comida, alquiler, seguro médico, coche, etc., aportando su sabiduría a la hora de tocar un instrumento o pelear con el master, y lo hacen en un negocio grogui, con una dedicación condenada por quienes deliran si creen que Solomon Burke cantó en su ciudad tras grabar un puñado de excelentes discos en la cocina de su casa, o que los responsables de cultura o promotores de su pueblo lo contrataron porque tras rastrear cien trillones de myspaces y webs localizaron esa obra, cómo no iban a hacerlo si el arte, cuando es bueno es que besa de verdad.

Aparte, ¿necesitamos explicar a quien corresponda que aunque viera a Burke en directo su entrada no contribuía a costear el dinero necesario para concebir Nashville, que ninguno de los instrumentistas, arreglistas, músicos de sesión, vocalistas, etc., que lo acompañaron en el estudio salía luego de gira junto al autoproclamado, y con razón, King of rock&soul, que una cosa es un pájaro, otra un avión y tal? Claro que no, ya lo sabemos.

Como distinguimos entre música e industria, artistas e intermediarios, como a los segundos los gaseará internet, como hablo de música de hace 50, 70 o 100 años y ahora los discos, ya ven, no requieren de músicos, y como el día que podamos pagaremos, no sé, 7 euros al mes, equivalente a una copa, por una suscripción que permita descargar el equivalente a doscientos mil Nashville diarios, puesto que pasamos del soporte físico y encima nos lo bajamos pirata y no hay así aburridos libretos que leer ni notas interiores que muerdan la conciencia, fruslerías pedantes que a nadie interesan, pues nada, que Buddy Miller y amigos unten sus grupas con un chupito de vaselina, o bien que rompan el dichoso Nashville y lo usen para cortarse las venas, que empapen con melodramática sangre alfombras, vidrio, cables, estuches de guitarras, platillos y madera; al menos para algo serviría el disco, justificaría tanto curro, tanto dinero. Ya me dirán, aparte de ladrones, tontos y/o suicidas, preservando una artesanía liquidada pues el modelo ha cambiado, hay que adaptarse o desaparecer cual frailes copistas, luciendo galas de condenado muerte, polvo serán, más polvo enamorado, etc., especialmente “cuando miles de personas descargan contenidos protegidos de lugares que los albergan sin autorización legal y miles de personas que no son creadores ni cobran derechos de autor pero trabajan en cientos de empresas en las que se producen dichos contenidos pierden su empleo porque esas empresas dejan de ser rentables y desaparecen, no porque el paradigma, modelo o cualquier otro palabro haya cambiado, ya que ellos podrían cambiar y montar una empresa que los ofreciera legalmente por internet, sino porque los miles de descargadores lo hacen gratis y contra el gratis, en una sociedad capitalista de mercado, no se puede competir” (Ibercrea).

No se trata de coartar internet como fabuloso medio para acceder a la cultura, sino, (¡intolerable abuso!) de “colocar los límites y restricciones que tiene en su vida cotidiana ajena a internet cualquier sociedad moderna” (de nuevo, Ibercrea). Las copias carecen de valor, oímos, mientras ciberperistas, vendedores de aparatos reproductores de mp3 y teleoperadoras aplauden entusiastas. Si sabrán ellos que la copia no vale. Ahora, sacarle dinero, por un tubo, y encima mientras las terceras, con el consentimiento de sucesivos gobiernos, destinaban recursos a comprar más y más empresas, olvidando, fíjense, de modernizar un ADSL, el español, que es una puta mierda, vergonzoso por caro y por lento.

Las maravillosas oportunidades que ofrece internet a los creadores nada tienen que ver con abolir, vía escalo, la industria cultural. Si en el debate solo la voz de unos parece contar es, como apuntaba el Wall Street Journal, porque “las discográficas han perdido la batalla de las relaciones publicas en los medios que crean opinión (…) Sostenía que la razón principal era que las disqueras no contrataban publicidad en esos medios. Y las empresas tecnológicas sí…” (Adrian Vogel). Pero eso parece haberlo obviado Amador Savater, demasiado entretenido en su denuncia de las élites con las que compartió atún rojo.

Pd.: ni que decir tiene, el título de este artículo parafrasea aquel “Reflexiones de Robinson ante un bacalao” del añorado con justicia Manuel Vázquez Montalbán.

Anterior entrega de New York Land: Volando hacia la luna.

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