La impostura de Prince

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COMBUSTIONES

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“Su autoproclamada fe en la autogestión, el cultivo orgánico de sus discos como quien siembra patatas, no podían acabar más que en catástrofe”

 

A raíz de las próximas ediciones de la discografía de Prince, Julio Valdeón reflexiona sobre la defensa de la autogestión que propugnó el artista en vida, y lo que pasará ahora con su catálogo.

 

Una sección de JULIO VALDEÓN.

 

Grandiosa noticia. Los herederos de Prince y Sony Music han firmado un acuerdo que otorga a la compañía los derechos para publicar treinta y cinco discos del artista. Incluidas ediciones ampliadas, singles, directos, etc. En declaraciones a la revista “Billboard”, Troy Carter, consejero del asunto, comentaba que “el entusiasmo del equipo de Sony y su profundo conocimiento de la música de Prince lo convierte en el socio ideal para lanzar estos trabajos icónicos. Estamos ansiosos por trabajar con los herederos y Sony para dar a los fanáticos lo que han estado esperando, más música genial de Prince”.

Garantiza la calidad que al mando de la empresa esté la gente de Legacy. Profesionales bregados. Gente culta, experta, fiable. Enamorada de la música y sus benditos meandros. Responsables de reediciones y box sets absolutamentememorables. Ahí tienen, en caso de duda, las Bootleg series de Bob Dylan, Miles Davis, Johnny Cash, etc.

El lanzamiento del tesoro mítico y profundo arranca con la producción musical de Prince en el periódico comprendido entre 1995 y 2010. A partir de 2021 Sony tendrá también los derechos sobre los discos icónicos, los que van de “Prince” (1979) a “Diamonds and pearls” (1991) e incluso al principio de la debacle, el llamado “Love symbol album” (1992). O sea, cuando el genio empieza a pintarrajearse con un signo masculino/femenino que estaba a mitad de camino entre la clave de Sol, la celebración de la androginia y la pura y simple ida de olla. Un pictograma solo al alcance de los divos del rock and roll que preludia sus discursos respecto a la esclavitud y lo malísimas que eran las discográficas.

A partir de ahí, y si bien rentabilizó su catálogo y supo negociar ventajosos contratos de edición y distribución con las majors, el olvido. Sencillamente, y por mucho Prince que seas, en el mundo de arte no puedes operar al margen de los intermediarios. La idea de Prince, en apariencia romántica, pasaba por retrotraer al artista a la condición mendicante de aquellos trovadores que pasaban la gorra por las plazas. Si tienes la suerte de haber publicado antes varios discos con esas disqueras de las que ahora reniegas, y con ventas estimadas en decenas de millones de unidades, podrás permitirte el perfil revolucionario, el caprichito, la pose genuina, el gustazo de ser Robin Hood y multimillonario. Y si eres uno más de eso 99,999% de parias que conforman el resto de la profesión, date por muerto, campeón.

Incluso en el privilegiado rol de una estrella del calibre y la potencia de Prince, bien rodeada de abogados, asesores, contables y managers, su viaje a los confines de la industria, su autoproclamada fe en la autogestión, el cultivo orgánico de sus discos como quien siembra patatas siguiendo los consejos de un Seymor y su horticultor autosuficiente, no podían acabar más que en catástrofe. A la invisibilidad de las siguientes décadas y media les remito. Mucho esclavo y mucho símbolo y mucha guerra de guerrillas para que sea una discográfica la que trabaje en el catálogo, remasterice cintas, haga acopio de inéditas y caras b, solicite notas interiores a unos cuantos eruditos y empaquete el producto con la atención debida a las joyas artísticas. La horticultura en el huerto, con los niños de barro hasta las trancas, haciendo el ganso, mientras los adultos, armados de lupas, lámparas ultravioletas, bastoncillos y espátulas, restauran con celo las obras que amamos.

Anterior entrega de Combustiones: El doble juego del biopic de Michael Jackson.

 

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