El doble juego del biopic de Michael Jackson

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COMBUSTIONES

michael-jackson-24-06-18

“El principal problema de un relato sobre Jackson radica también en la insondable, atronadora tristeza de una vida desgarrada”

 

Broadway prepara un biopic del rey del pop, Michael Jackson, dirigido por Linn Nottage. Julio Valdeón plantea las múltiples y atractivas caras que podría mostrar el proyecto, aunque con cierto recelo.

 

Una sección de JULIO VALDEÓN.

 

Los herederos de Michael Jackson preparan un biopic en Broadway. La noticia abría Cultura en el New York Times. Recuerda el periódico el boom de los musicales sobre figuras del pop. Están sobre las tablas, o a punto de estrenarse, obras dedicadas a Carole King, Cher, Tina Turner, Donna Summer, los Temptations, Bob Dylan… Muy apropiado: lo que en tiempos fue una cultura con marchamo subversivo, considerada de mal gusto, descarada y lasciva, cuando no directamente enemistada con los valores de la Norteamérica feliz de Eisenhower y el cinemascope y los frigoríficos como ataúdes blancos y las homilías del cardenal Spellman, hoy apenas sí puntúa como inspiración de inanes libretos y esterilizados espectáculos. No crean que protesto: lo más valioso del rock fue la música. Pero una cosa es revisar, pongamos, la asimilación acrítica del irracionalismo oriental, o las irredentas apologías de un nihilismo monísimo y a la postre letal, y otra aplaudir esta deriva aborreciblemente cursi, intelectualmente raquítica e irremediablemente plana.

Así las cosas espero lo peor del musical dedicado a Jacko. Coreografías vistosísimas. Cantantes muy dotados para ejercitarse en las alturas de las más escarpadas octavas. Infatigables derroches en luz y vestuario y, en general, un sabroso repertorio de oropeles. Nada que no hayan perfeccionado las más grandes vedettes del presente, tipo Beyoncé, la Normal Duval de Houston. Y ojalá me equivoqué. Ojalá la dos veces ganadora del Pulitzer, la talentosa Lynn Nottage, contratada de guionista, entregue un libreto cautivador y rico en claroscuros. En la trayectoria de Jackson no faltan las gestas fulgurantes ni los paseos por los jardines del bien y del mal. Nottage, si tiene arrestos y los herederos le dan vía libre, si no se achanta ante la posibilidad del escándalo y la guadaña de la censura, y si escribe sin temor a los guardianes de las virtudes cívicas, hoy arremolinados en los departamentos de literatura y sociología de las grandes universidades de EEUU y dispuestos a repartir rebuznos desde las trincheras de las redes sociales, dispone de queroseno suficiente para propulsar la aeronave hasta la estratosfera. ¿Mencionará los rumores de presuntos abusos? ¿Hablará de la desquiciada entrevista con Martin Bashir? ¿Del extraño matrimonio con Lisa Marie Presley? ¿Del episodio en el balcón del hotel Adlon con su hijo Prince? ¿Qué hacemos con Neverland, la traición a Paul McCartney y los derechos editoriales de los Beatles y qué con Macaulay Culkin? Las drogas, ¿tendrán asiento o serán borradas para no herir la susceptibilidad del siempre delicado respetable? ¿El asuntillo de la raza, el vitíligo, recuerden, y el progresivo blanqueamiento, merecerán unas líneas, un acto, siquiera un par de canciones?

La evidente desorientación de sus últimos años, los frecuentes ataques de ego hipertrofiado, las ínfulas mesiánicas y, ay, la decreciente calidad de sus discos, y la agonía de saberse fuera de la primera ola, desplazado, convertido en dinosaurio o monstruo de feria, todo esto, más el padre hijodelagranputa, los malos tratos, la infancia terrible, las tiranías de la fama y la adoración general, ¿podremos verlo o nos será escamoteado en virtud de la intocable imagen de quien, a despecho de sus salvajes contradicciones, ascendió y es adorado en el titilante santoral donde relucen iconos del calibre de Malcom X, Nina Simone o Bob Marley? El principal problema de un relato sobre Jackson cocinado con recetas de fast food para rentabilizar el carísimo presupuesto y, de paso, no mosquear a los dueños de los derechos editoriales de la música, radica también en la insondable, atronadora tristeza de una vida desgarrada. Cuyos ingredientes casan mal con las ínfulas de coach emocional que destilan casi todos los biopics de estrellas.

Michael Jackson escribió canciones tremendas. Maridó la música disco, los ardientes efluvios del soul y el chispazo del rock, la sagrada herencia de Marvin Gaye y James Brown, y de Smokey Robinson, George Harrison, los Beach Boys, Sam Cooke, Jackie Wilson, Little Anthony & The Imperials, Stevie Wonder y Clyde McPhatter, y con esos ingredientes e influencias levantó rutilantes panorámicas de la calle empapadas de una extraña, azucarada y gloriosa sensibilidad naif que lo hacían, a un tiempo, niño y demonio, ángel y brujo, legatario de los secretos mejor guardados de la tradición pop estadounidense, escultor de memorables reinvenciones y, a la vez, equivalente a magos del blockbuster cinematográfico como George Lucas. Que el yin y el yang, la claridad cegadora y los abismos formaban parte del recetario que lo catapultó resulta tan evidente como presumible que Broadway apueste por lo bueno, lo bondadoso y noble mientras desprecia dudas y pleitos, delitos y faltas, con ese encogimiento de hombros atribuido a los más implacables traficantes de sueños y los más eficientes mercaderes del showbusiness.

Anterior entrega de Combustiones: Bruce Springteen y el trallazo anhelado.

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