La cara oculta del rock: Ozzy Osbourne, el terror de los animales

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«Tiré el cadáver sobre la mesa y me puse a contemplar sus espasmos. El pájaro se había cagado cuando le mordí el cuello y la mierda se esparció por todas partes»

Si Dios ordenó a Noé que construyera un Arca para salvar a todos los animales durante el diluvio universal, parece que el Diablo mandó a Ozzy Osbourne para aniquilarlos. Diferentes especies han pasado por las manos, la boca y la nariz del Príncipe de la Oscuridad. Pero no todo es cierto. Nos lo cuenta Héctor Sánchez.

 

 

 

Una sección de HÉCTOR SÁNCHEZ.
Los animales temen a Ozzy Osbourne. Y las protectoras de animales le odian. No es para menos. A lo largo de su vida, el Príncipe de la Oscuridad ha compartido momentos extraños con diferentes especies de animales en ataques de locura que no provenían de ningún mandato satánico sino que eran consecuencia de su habitual afición al consumo de droga y alcohol. En una de sus frecuentes borracheras, Ozzy Osbourne, rifle en mano, decidió poner a prueba su puntería disparando a las gallinas que su primera mujer, Thelma Riley, le había comprado. “¡Que les den por culo a las gallinas! ¡Ninguna me ha puesto nunca ni un solo huevo! ¡Que las follen! ¡Que las follen mucho!”, pensó el vocalista de Black Sabbath hasta que no dejó títere con cabeza en el gallinero.

La vida de Ozzy se estaba yendo al traste. Entre su divorcio, el diagnóstico de trastorno bipolar y, sobre todo, su expulsión de Black Sabbath, Osbourne se recluyó acompañado de sus bebidas favoritas. Entonces, como si de un hada madrina se tratara, entró en escena Sharon Arden para rescatarle. Sharon era la hija y secretaria de Don Arden, el mánager de Black Sabbath, y después se convertiría en la segunda señora Osbourne. Al sentir compasión por Ozzy, decidió comprar el contrato a su padre para que el vocalista de los Sabbath comenzara su carrera en solitario. Sharon consiguió una reunión con los ejecutivos de la CBS para el lanzamiento del álbum “Blizzard of Ozz” (1980), pero como la compañía no mostraba especial interés por el cantante, la representante planeó una estrategia que pudiera ablandar los duros corazones de los ejecutivos: Ozzy Osbourne entraría en el despacho con unas bellas palomas blancas como el algodón y las lanzaría al aire como declaración de buenas intenciones y símbolo de paz. Todo tenía que salir a pedir de boca, pero a Ozzy la historia de las palomas se le fue de las manos.
El señor Osbourne entró en el despacho después de haberse metido entre pecho y espalda media botella de Cointreau y la reunión no le pareció divertida: “La reunión fue un coñazo. Un montón de sonrisas falsas y lánguidos apretones de manos. (…) Pero la reunión se prolongó y se prolongó: aquellos capullos trajeados con reloj de oro no eran capaces de dejar de hablar del puto marketing de las pelotas”. Para convertir el encuentro en algo más ameno, Ozzy sacó una de las palomas, se sentó en las rodillas de una de las ejecutivas de la CBS y, sin mediar palabra, le arrancó la cabeza de un mordisco. A la paloma, no a la ejecutiva. Así recuerda Osbourne este episodio en su autobiografía: “La cabeza de la paloma aterrizó en el regazo de la relaciones públicas junto con un chorrazo de sangre. Si os digo la verdad, estaba tan borracho que todo me sabía a Cointreau. A Cointreau y a plumas. Y algo a pico también. Luego tiré el cadáver sobre la mesa y me puse a contemplar sus espasmos. El pájaro se había cagado cuando le mordí el cuello y la mierda se esparció por todas partes. El vestido de la relaciones públicas estaba manchado con una sustancia pringosa marrón y blancuzca, mientras que mi chaqueta, una chaqueta ochentera, amarilla, horrible, con la figura de un osito, quedó también hecha un asco. A día de hoy sigo sin saber qué me pasó por la cabeza. Pobre paloma, ¿no? Pero una cosa es segura: causé impresión”. Y la causó. La compañía le prohibió la entrada en el edificio aunque la CBS lanzó el álbum. La decapitación de la paloma funcionó como una efectiva campaña publicitaria.

 

Pero la paloma no fue el único animal que perdió la cabeza por el loco de Osbourne. Durante la gira de su segundo disco en solitario, “Diary of a madman” (1981), llamada “Night of the living dead tour”, Ozzy tuvo otra gran idea. El vocalista lanzaba a su público varios kilos de intestinos de cerdo y éste le devolvía esta carne cruda. El cantante lo definió como su “versión de las peleas con tartas” que le gustaba ver por la televisión. Cuando se corrió la voz de esta “genialidad”, el público también quiso participar. “Era acojonante lo que aquella gente era capaz de llevar al concierto. Al principio eran solo piezas de carne, pero luego pasaron a animales enteros. Nos llovían gatos muertos, pájaros, lagartos, bichos de todo tipo. Una vez, alguien tiró una rana toro enorme al escenario que aterrizó boca arriba. El puto bicho era tan enorme que pensé que era un bebé. Me metió un susto de muerte”, declaró el Príncipe de la Oscuridad en su autobiografía.

El 20 de enero de 1982 se produjo otro numerito por el que Ozzy Osbourne será recordado. En el concierto de Des Moines (Iowa) una persona del público arrojó un murciélago al escenario. Al loco de Ozzy, pensando que era de plástico, no se le ocurrió otra cosa que llevárselo a la boca como si fuera una bella paloma blanca y pegarle un bocado en la cabeza. Pronto se dio cuenta de que aquel murciélago no era un juguete: “Para empezar, la boca se me llegó de un líquido pegajoso y cálido con el peor regusto que os podáis imaginar. Noté que me manchaba los dientes y me corría por la barbilla. Y luego la cabeza se me movió dentro de la boca. ‘No me jodas’, pensé, ‘no me jodas que acabo de comerme un murciélago’”. Esta anécdota hizo que el cantante fuera trasladado al hospital y después sufrió la tortuosa experiencia de pasar una semana recibiendo inyecciones: “Cada noche, durante el resto de la gira, tuve que buscar un médico que me pusiera las inyecciones antirrábicas: una en cada cachete, una en cada muslo y una en cada brazo. Todas hacían un daño de la hostia. Me hicieron más agujeros que a un puto queso suizo. Pero imagino que era mejor que pillar la rabia. Aunque también es verdad que nadie se habría dado cuenta si me hubiera vuelto majara”.

La Real Sociedad para la Prevención de la Crueldad contra los Animales (RSPCA) puso al devorador Ozzy en su punto de mira y le amenazó ante la posibilidad de futuros números con animales: “Le estamos vigilando de cerca, en cada uno de sus conciertos hay varios agentes de policía y si maltrata algún tipo de animal, le caerá una multa de 700 libras y tres meses de cárcel”. Sin embargo, como aseguró el cantante en su autobiografía, sus compañeros durante la gira vacilaban a los agentes de la asociación: “Los ayudantes se lo pasaban en grande tomándoles el pelo. Les contaban cosas como: ‘Uy, Ozzy va a tirar dieciocho perritos al público y no cantará ni una nota hasta que hayan sido masacrados’. Y se tragaban hasta la última trola.”

El capítulo del murciélago, las vísceras y el lanzamiento al escenario de animales muertos sirvió para alimentar esta curiosa leyenda urbana de los cachorros de perro. Los rumores se extendieron y se acabó dando por real que en un concierto, el cantante arrojó varios perritos hacia sus espectadores y que se negó a actuar hasta que no le devolvieran los animales muertos. El incidente de la paloma sucedió. El incidente del murciélago, también. La masacre de los perros no tuvo lugar. Así explica en sus memorias la razón de los mitos falsos que se crearon a su alrededor: “A la gente le gusta adornar las historias, ¿sabéis? Es como los niños en el patio del colegio: uno de ellos dice ‘Johnny se ha hecho un corte en el dedo’ y cuando la frase ha llegado al otro extremo del patio resulta que Johnny se ha cortado la cabeza de cuajo”.

Una última historia relacionada con el Príncipe de las Tinieblas y el reino animal. Durante la gira del álbum “Bark at the Moon” (1983), el lunático de Osbourne contó con la presencia de los no menos salvajes Mötley Crüe como teloneros y compañeros de farra. En una ocasión, y ante falta de cocaína, Ozzy encontró un sustitutivo. Así lo recuerda el bajista Nikki Sixx: “Ozzy se fue junto a una grieta en la acera y se inclinó sobre ella. Vi una hilera de hormigas dirigiéndose en formación hacia un pequeño nido en la arena, donde el asfalto se juntaba con el suelo. Y pensé: ‘No, no se atreverá’. Lo hizo. Se metió el canuto en la nariz y, con el culo blanco asomándole por debajo del vestido como una raja de melón, se metió en la napia la hilera entera de hormigas mediante una única y brutal inspiración”. Por su parte, Osbourne no recuerda que esto sucediera: “La gente me cuenta historias sobre aquella gira y no tengo ni idea de si son ciertas o no. Me preguntan: ‘Ozzy, ¿es cierto que una vez esnifaste una raya de hormigas en un palito de polo?’ Y no tengo ni puta idea de si es verdad. Es posible, desde luego. Cada noche me metía cosas por la nariz a las que no se les había perdido nada por allí. Iba todo el rato ciego”.

Gallinas, palomas, murciélagos, perros y hormigas… La historia Ozzy Osbourne parece un zoológico. ¿De dónde sale esta fijación por los animales? Quizá no guarde ninguna relación, pero antes de convertirse en una estrella del rock, Osbourne trabajó en un matadero: “Yo era el encargado de rajar el estómago a los corderos y sacar toda la porquería y las vísceras del animal. El primer día no podía dejar de vomitar, pero más tarde me di cuenta de que me gustaba matar a esos animales. En poco tiempo era el que mataba, troceaba y empaquetaba más rápido de todo el matadero. Llegaba a matar 250 animales al día. Eso me producía un placer difícil de explicar”.

Esta fijación por las especies y sus decapitaciones de animales voladores han creado a Ozzy Osbourne una fobia sobre la muerte bastante divertida, a la par que escatolológica: “¿Sabes cómo me marcharé de este mundo? Un pájaro con un virus raro volará sobre mi cabeza. Me echará una cagada y entonces me desplomaré sobre el suelo”. Con esta muerte irónica, la Madre Naturaleza estaría en paz con el Príncipe de la Oscuridad.

Nos veremos en La Cara Oculta del Rock…

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Puedes seguir a Héctor Sánchez en su propio blog.

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