Heróes malditos, de Eduardo Izquierdo

Autor:

LIBROS

«La constatación de que la emoción y las jugarretas del destino pueden ir juntas»

 

Eduardo Izquierdo
Héroes malditos
EFE EME, 2021

 

Texto: CÉSAR PRIETO.

 

Hay músicos cuyo cadáver refulge. Y tiene un sutil aroma a flores, sin que este cargue el olfato, solo lo acaricia. Al sentido metafórico me remito, puesto que no han fallecido todos los treinta y tres que recoge el libro de Eduardo Izquierdo —aunque sí la mayoría—; pero lo cierto es que todos exhalan vida perfumada y luminosa en sus canciones, tanta como los que son dignos de grandes titulares, por lo menos. Desbrocemos el título, eso sí. Héroes malditos. Hay héroes en este libro. Héroes con grandes canciones, las que emocionan, las que arrancan de un limbo donde están la vida o la belleza. También hay malditos, aquellos que, por circunstancias, tuvieron mala suerte; llegaron a la emoción, pero no a los anales. No es un oxímoron, pues, héroes malditos; es la constatación de que emoción y jugarretas del destino pueden ir juntas. De hecho, lo normal es que vayan juntas.

No piensen que van a encontrar aquí músicos de segunda fila de una ciudad de tercera división con canciones que juegan en regional, pero que hubieran merecido mejor suerte. Al contrario. Muchos de los reseñados estuvieron en las listas de éxito, vendieron millones, y no solo un one hit wonder; a veces dos, o tres. Pero se desvanecieron, y no llegaron ni siquiera a entrar en el pabellón del culto, nadie los reclama. Es el caso de The Big Bopper. Cualquier aficionado al rock sabe cuál es el día en que la música murió. Y sabe quién es Buddy Holly, y conoce “La bamba”, que es lo que salva a Ritchie Valens de ser un héroe maldito; pero en la lista, que sabemos de corrido, el último es The Big Bopper, ¿y qué sabemos de The Big Bopper? Ya les contesto yo: nada.

Los rechazados por los grupos o los que rechazan a grupos son legión. Roy Buchanan no quiso entrar en The Rolling Stones tras la muerte de Brian Jones, y Florence Ballard —inmensa voz, belleza y talento— solo grabó como solista los dos primeros singles de The Supremes. Diana Ross le dio un caderazo que la apartó del puesto de frontwoman, y poco después una patada en salva sea la parte que la apartó del grupo.

Otra raza es la de los compositores de una canción maravillosa que se ven superados por ella o, simplemente, han de soportar que haya otros que la versionen y se lleven el mérito. En el primer caso están Chan Romero, que pudo ser otro Ritchie Valens —con “Hippy hippy shake”—, Bobby Charles, con “See you later, alligator” —aquí, “Hasta luego, cocodrilo”—. En el segundo, Dale Hawkins, compositor del “Suzie Q” —con «zeta» en las primeras versiones— y Vince Taylor, de quien emergió “Brand new Cadillac”, que hizo grandes a The Clash —y que utilizó también Loquillo—.

Más nombres: Phil Ochs era la gran esperanza blanca, pero su amigo Bob Dylan lo fue retirando, poquito a poquito, y Laura Nyro se retiró ella misma de la música y, con ello, no pasó a pertenecer a un triunvirato de grandes junto a Joni Mitchell y Carole King. Wendy O. Williams, como una parte sustancial de los músicos que recoge este libro, se retiró directamente de la vida.

Vamos a la parte personal. Siempre van a encontrar en este libro canciones que motiven a su corazoncito, músicos que formen parte de su código de honor personal. Van los míos. Phil Seymor, trabajando el pop desde los quince años, del que he formado un club de fans oficioso. Que Chris Spedding fuera el nuevo Elvis me es indiferente, solo por el “Road runner” lo adoro, y por grabar la maqueta de los Sex Pistols que llegó a la EMI lo idolatro. Y de todas las historias del pop, la más triste, sin duda, es la de Pete Ham, hasta que, por lo menos, Hanky Panky Records recogió su obra completa en vinilo. Son mis tres apuestas. Seguramente, entre las doscientas páginas que despliega el libro del crítico barcelonés encontrarán no solo tres, sino más de treinta. Todas las que hay.

Anterior crítica de libros: Julia está bien, de Bárbara Montes.

 

 

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