El asesino de la montaña, de Anders de la Motte

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LIBROS

«Una puesta en escena que juega a veces con la ironía y un final desasosegante. Las sorpresas asaltan a cada página»

 

 

Anders de la Motte
El asesino de la montaña
PLANETA, 2024

 

Texto: CÉSAR PRIETO.

 

El sueco Anders de la Motte sabe de lo que habla cuando escribe: fue policía antes que autor de novela negra, y también responsable de seguridad de la empresa tecnológica Dell. Galardonado con innumerables premios en sus primeras novelas, con esta, El asesino de la montaña inaugura la serie Unidad de Casos Perdidos, un departamento policial en el que recalan policías con trastornos, de reputación dudosa o con problemas de salud mental. El lema es: «Haced lo que podáis y como podáis». Allí aterriza la inspectora Leo Asker, después de ser apartada del caso —llevado por el Departamento de Delitos Violentos— de la hija de una familia adinerada que desaparece.

Así la novela, que en principio seguía los parámetros del thriller, da un giro de guion y nos presenta un departamento lleno de chiflados —sin llegar a la parodia— que parecen extraídos de nuestras novelas de Eduardo Mendoza. La pobre Leo tiene que enfrentarse a un material que se mueve por coordenadas de intereses egoístas, obsesiones o relaciones platónicas que les llevan a soltar confidencias. Aun así, sin hacerlo de manera oficial, sigue obsesionada por el caso de la desaparición.

Un caso que tiene mucho que ver con las exploraciones urbanas, urbex. Se trata de acudir a edificios abandonados o en desuso para explorarlos, sin más afán que disfrutar de la aventura, una aventura que siempre —ahí estriba parte de su encanto— tiene algo de peligro. La llegada de un experto policía, Jonas Hellman, trastoca los planes de Leo, puesto que este agente guarda un antiguo resquemor contra ella. Así que ha de vérselas en esta Unidad de Casos Perdidos con un caso que le obsesiona, pero que ya no depende de ella.

Al mismo tiempo, en continuo contrapunto, se incluyen varios capítulos de lo que parecen ser los recuerdos o el diario del presunto secuestrador, recurso muy usado en las novelas policiacas de nuestros días, que nos anuncia que también entra, poco a poco, en exploraciones de casas o lugares perdidos. La trama se amplía a asociaciones de modelistas ferroviarios, con conflictos entre sus directivos, que en una enorme maqueta encuentran figuritas que no deberían de estar ahí, y a un profesor universitario —antiguo amigo de Leo— a quien todo el mundo parece reclamar.

A los thrillers, aparte de estar bien escritos, se les exige una intriga que se encaje en un ritmo adecuado. No simplemente que sea un continuo crescendo, sino que se ajusten los detalles que dan peso a la historia, se revelen otros de manera dosificada y haya acelerones cuando tiene que haberlos. Y El asesino de la montaña cumple con los requisitos, con una puesta en escena de los datos que juega a veces con la ironía, y un final desasosegante, tan siniestro como los túneles por los que discurre, y en que las sorpresas asaltan a cada página. Y con ello, el lector, con el alma en vilo, respira al final aliviado porque, de nuevo, la justicia poética vence.

Anterior crítica de libros: A un gancho de la gloria, de Carlos H. Vázquez.

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