Diez canciones —y un bonus track— para enamorarse de Rickie Lee Jones 

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Al hilo del reportaje que ha firmado en el Cuadernos Efe Eme 27, Carlos Pérez de Ziriza escoge una decena de grandes canciones firmadas por Rickie Lee Jones desde su debut a finales de los setenta.

 

Selección y texto: CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA.

 

A un servidor se le ocurrió definirla, en el texto de trece páginas sobre Rickie Lee Jones que figura en el número 27 de Cuadernos Efe Eme, como un cruce entre Patti Smith y Stevie Nicks. Días después, leo en Mojo que la califican como una combinación entre Barbra Streisand y Bob Dylan. Curiosamente, ninguno apela a Joni Mitchell, la comparación más obvia y también la que más le molestó siempre a ella. Puede parecer una simple anécdota, pero es un detalle —esa imposibilidad de precisar su heterogéneo talento en dos pinceladas— que explica muy bien la vasta grandeza de la compositora y vocalista de Chicago. A continuación, diez canciones (y una pista extra) con las que enamorarse de ella para siempre.

 

1. “Easy money” (Rickie Lee Jones, 1979) 

La canción con la que empezó todo. Bueno, en realidad «Weasel and the white boys cool» y «Company» también formaban parte de sus primeros conciertos junto a Alfred Johnson, cuando solo contaba 21 años. Pero fue esta la que su amigo, el músico angelino Ivan Ulz (quien le había presentado a Tom Waits una noche en el famoso Trobadour) le tarareó por teléfono a Lowell George (Little Feat) hasta conseguir que este la incluyera en su único disco en solitario, Thanks I’ll eat here (Warner, 1978). Que Lenny Waronker formara parte de Warner fue otro de los factores que decantaron la balanza para su fichaje.

 

2. “Chuck E’s in love” (Rickie Lee Jones, 1979) 

Chuck E. Weiss era en el mejor amigo de Tom Waits en 1979. Él y Rickie le conocían bien de sus tardes compartidas en el Tropicana Motel del bulevar de Santa Mónica. Tras mudarse sin previo aviso a Denver, Chuck telefoneó a Waits para decirle que se había largado porque se había enamorado de su prima. Al colgar, este le dijo a Rickie: “Chuck está enamorado”. Y así nació la sensacional “Chuck E’s in love”, número 4 en la lista norteamericana de sencillos, el single de mayor éxito en toda su carrera, aún con más reproducciones en Spotify (más de once millones) que ninguna otra canción suya.

 

3. “The last chance Texaco” (Rickie Lee Jones, 1979) 

Envolvente nocturnidad para uno de los crescendos más conmovedores de su primera etapa, rezumando una sensibilidad a flor de piel. Otra de esas historias de personajes urbanos de la bohemia angelina de finales de los setenta, que da título, por cierto, a su reciente libro de memorias, The last chance Texaco. Chronicles of an american trobadour (Black Cat, 2021).

 

4. “Living it up” (Pirates, 1981) 

Puede ser perfectamente la mejor canción de su carrera, aunque la discusión sería eterna. Seis minutos y medio que son pura gloria. La historia de Louie, Eddie y Zero, contada por una voz y un piano en estado de gracia. La épica de los callejones traseros de la gran ciudad, bombeando con la misma fuerza y vigor narrativo que las mejores epopeyas de Springsteen. Y con un plus de delicadeza.

 

5. “Pirates (So long Lonely Avenue)” (Pirates, 1981) 

Arrolladora pieza de jazz pop (ese saxo) en la que Rickie, como no podía ser de otra forma— por tratarse de su disco post ruptura sentimental —hace una referencia al “Rainbow sleeves” de Tom Waits, la misma que versionaría en Girl at her volcano (1983), uno de sus discos de versiones. Sus cambios de ritmo y de tesitura vocal son de órdago. Y se hace difícil no imaginar que The Blue Nile —con quienes acabaría colaborando y yéndose de gira en 1990— no tomaran buena nota de ese giro final de sintetizador.

 

6. “We belong together” (Pirates, 1981) 

Otra de las gemas de Pirates (1981), la temprana cima de su carrera. Es la canción que lo abre. James Dean, Natalie Wood y Marlon Brando mencionados en esta evocación de la pareja que pudo ser y no fue. Un canto al sentimiento de pertenencia al que, dada su asimétrica estructura, le costó encontrar un batería a la altura: finalmente fue Steve Gadd (Steely Dan, Chick Corea) el elegido.

 

7. “Runaround” (The magazine, 1984) 

París fue a Rickie Lee Jones lo que Berlín a Bowie. Su reset. Se alejó del alcohol y de las drogas, se juntó con el productor James Newton Howard —autor de las bandas sonoras de Pretty woman (1990), El príncipe de las mareas (1991) o El sexto sentido (1999)— y facturó un disco que fue algo infravalorado. Porque aunque repite algunos patrones con menos lustre, como tratando de reverdecer laureles sin disimulo, y hay sintetizadores que aún levantan ampollas, enfoca cuestiones más introspectivas (la soledad, la memoria o la necesidad de renovarse como persona y como artista) en un puñado de canciones nada desdeñables. Esta es de la mejores.

 

8. “Ugly man” (The evening of my best day, 2003) 

De nuevo la cadencia y la sonoridad del jazz aplicada al patrón del pop reinando en una de las mejores canciones de su gran disco de vuelta a principios de siglo. Tras discos de versiones como Pop Pop (Geffen, 1991) o It’s like this (Artemis, 2001), y el experimento trip hop que fue Ghosthyhead (Warner, 1997), The evening of my best day (V2, 2003) nos la devolvía en su registro más reconocible. Y tomando impulso en la aversión que le producía George W. Bush, aquel funesto presidente al que Donald Trump casi ha hecho bueno. Quién lo iba a decir. Sí, el señor feo de la canción es él, el que sería reelegido unos meses más tarde.

 

9. “Falling up” (The sermon on Exposition Bolulevard, 2007) 

La última gran pirueta sin red de seguridad que esbozó la de Chicago fue The sermon on Exposition Bolulevard (New West, 2007), un soberbio trabajo de rock árido y espinoso, el más alejado que nunca hizo —en cuanto a factura— de la tersura de sus discos más distinguidos y estilizados, compuesto en torno a The words: Jesus of Nazareth (Credo House Publishers), el libro publicado por quien entonces era su pareja, el fotógrafo y productor Lee Cantelon: una reinterpretación de las palabras de Cristo para un público no necesariamente creyente. Esta es una de sus mejores canciones, aunque en realidad no sobre ni una.

 

10. “Blinded by the hunt” (The other side of desire, 2015) 

Podría pasar por una canción de los exquisitos Neville Brothers, porque transpira carnal y húmeda, como bautizada en aguas de un bayou. Es una muestra de cómo ha permeado la tradición de Nueva Orleans en la música de Rickie Lee Jones, quien vive en la capital turística de Louisiana desde hace unos años, y forma parte de su último gran disco, The other side of desire (The Other Side of Desire Records, 2015).

 

Bonus track: “The moon is made of gold” (Balm in Gilead, 2009) 

Su padre, el también músico Richard Jones, se la cantaba a ella cuando era un bebé. La había compuesto en 1954. Y tuvieron que pasar 55 años para que ella plasmase esta breve pieza de jazz vocal en un disco propio. Fue en el notable Balm in Gilead (Fantasy, 2009).

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