Cat Power, sobre el tejado de zinc

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COMBUSTIONES

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“Todo en ‘Wanderer’ huele, hiere, cruje y sabe a cancionero depurado a golpe de experiencia”

Una noche de octubre, en Brooklyn, Julio Valdeón escucha con atención “Wanderer”, el nuevo disco de Cat Power. Canciones que beben del rock and roll clásico y el soul, y que edita seis años después del último, “Sun”. Así lo desgrana Valdeón.


Una sección de JULIO VALDEÓN.

 

Gotea la noche de Brooklyn mientras al sur, en Florida, Michael descarga vientos de 240 kilómetros por hora. Empapado de insomnio, hipnotizado, escucho en bucle continuo lo nuevo de Cat Power. Una miel grácil, un fuego blanco, un purgatorio de orgullo, enfermedad y victoria asoma en cada surco. Hablamos de “Wanderer”. El disco que devuelve a la reina en plenas facultades. Lejos de aquel “Sun” de 2012 y sus tirabuzones electrónicos. Adiós a las cajas de ritmos. A la aparente simpatía en los arreglos. A los guiños remotamente frívolos. Al tenue cucurucho de sintetizadores. Hola, de nuevo, a la cantautora que bebe del rock and roll clásico y del soul de Memphis que vivificó la entraña candente del seminal “The greatest”. Aunque Power usa estos referentes más como punto de partida que como género en el que ahormarse. Por lo demás la instrumentación resulta mínima. Manda la guitarra acústica y, sobre todo, el piano. Un piano licuado hasta los tuétanos. Salido de un viaje espectral. Quizá desde los fondos de aquellas ‘gymnopédies’ de Satie o desde una esquina en sepia del del “I am a bird” de Anthony (and the Johnsons), o de los teclados que trenzaba Spooner Oldham en una madrugada de sesiones en FAME o en los American Studios.

Atención a la cruda belleza que destila ‘Woman’, junto a Lana del Rey. A la fugaz, burbujeante ‘Wanderer’. A los ecos mexicanos, fronterizos, de ‘Me voy’. A la rabia pulida de esa maravilla bautizada ‘Horizon’, desde ya una de las canciones esenciales de este 2018, y cuyo teclado, lácteo, celeste, puntea el dramático raspe de una garganta infinita. Power, que carece del anhelo de exhibir la calidad de sus cuerdas vocales, vicio propio de quienes cantando bien no saben cantar, echa oro por la boca. Ordena y dispone silencios. Susurra. Subraya. Suspira y suplica. C-a-n-t-a. Como los ángeles. Como un Mozart ciego de sabiduría y rythm and blues. Como la chica que creció para ocupar el trono del rock cuando este ya no le importa a (casi) nadie. Como la madre del niño de tres años que adorna su portada. O como la artista capaz de reivindicar, mejorándolo, el ‘Stay’ de Rihanna, rescatado aquí de los fastidiosos melismas que estropean las interpretaciones de muchas en su generación (y las siguientes).

Todo en “Wanderer” huele, hiere, cruje y sabe a cancionero depurado a golpe de experiencia. A introspección y riesgo. A fragua y confesión de quien, de vuelta de mil accidentes, superviviente de sí misma, apura a borbotones las cosas por las que casi nunca merece la pena regresar. Poeta de largo recorrido, potente desde el primer zarpazo, sus canciones son legatarias de un pasado bien digerido y una vocación y una disciplina a la altura. Sí, lo sé, “Sun” fue publicado en 2012. “Jukebox”, el disco de versiones, en 2008. Hay que remontarse a 2006 para encontrar el caudaloso equivalente de “Wanderer”. Pero quiénes somos para afear silencios cuando el resultado de la espera quema tan hondo. Bendita seas, Chan Marshall, y benditos los frutos de tu incomparable, vivificante talento.

Anterior entrega de Combustiones: La gira espectral de Roy Orbison.

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