Agila (1996), de Extremoduro

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OPERACIÓN RESCATE

«Las canciones seguían mostrando la fiereza habitual en el autor extremeño, pero acompañada por una sólida y potente armadura sonora» 

 

En el número 20 de Cuadernos Efe Eme abordamos la carrera solista de Robe Iniesta, aludiendo fugazmente a Agila, un disco crucial de Extremoduro. Hoy, Javier Escorzo se adentra en la historia de este impactante álbum, que marcó el rumbo sónico de la banda —y de su solista— e impactó por su mezcolanza musical y letrística.

 

 

Extremoduro
Agila
DRO, 1996

 

Texto: JAVIER ESCORZO.

 

Lo de Extremoduro era un secreto a voces. Sus canciones no sonaban en las radiofórmulas y no habían tenido ninguna gran campaña de marketing para apoyar sus lanzamientos, pero se estaba convirtiendo en el grupo más popular entre los jóvenes de aquellos lejanos años noventa. Su rock transgresivo era prácticamente omnipresente, como una ola gigantesca que crecía y crecía, amenazando con llevárselo todo por delante. Y el momento en el que todo se desbordó por completo llegó en 1996, con la publicación del álbum Agila. Su título, por cierto, es una palabra que en castúo (dialecto extremeño) significa “espabila”.

Paradójicamente, fue Pedrá, el disco que habían publicado el año anterior, un trabajo a priori difícil, formado por una única y enloquecida canción, el que había situado al grupo en la rampa de lanzamiento. En su gira llegaron los primeros conciertos verdaderamente grandes. A su término, Robe se recluyó en el municipio granadino de La Zubia, donde terminó de componer el repertorio junto a los músicos con los que tocaba por aquel entonces (recordemos que, a lo largo de su historia, Extremoduro conoció distintas formaciones). Entre ellos, merece una mención especial Iñaki “Uoho” Antón, que ya había colaborado en Pedrá y que en Agila ejerció de auténtica mano derecha de Iniesta, labor que sigue desempeñando en la actualidad. Suyos son, según los créditos, los arreglos y la producción artística. Y esos puntos son verdaderamente esenciales, porque es en ellos donde se aprecia un gran paso adelante.

 

 

Punto de inflexión

El caos de los discos anteriores tenía su encanto, pero es en “Agila” donde Extremoduro comienza a sonar realmente bien. Las canciones seguían mostrando la fiereza habitual en el autor extremeño, pero acompañada por una sólida y potente armadura sonora. Además del consabido trío de guitarra, bajo y batería, que lucia una fortaleza aplastante, también había una sorprendente sección de vientos (saxo, trombón de varas y flauta), que dotaba de nuevos aires, nunca mejor dicho, a temas como “Buscando una luna”, “Todos me dicen” o “ So payaso”; esta última fue elegida como primer single y contó con un videoclip en el que Robe y sus músicos aparecían perfectamente trajeados y engominados.

 

 

Por supuesto, también había salvajismo sonoro. Y en grandes proporciones, tanto en lo musical (“Prometeo”, “Sucede” o “La carrera” lucían apabullantes), como en las letras, en las que Robe iba dejando numerosísimas muestras de genialidad, al tiempo que mezclaba registros vulgares («¡Que yo me acuerdo entodavía cuando te besaba!», «Si no fuera pa’ mirarte ya no tendría cinco sentidos, ay, ay, golerte y tocarte…», «Yo la miro desde lejos, no me masturbo que hago ruido») con expresiones propias del lumpen y reiteradas alusiones a las drogas («No hay ninguna droga mala para mí», «Si llega la policía no es pecado, vida mía, ponerse a disparar», «Hey, colega, ¿hacemos una banda? ¿Pa qué? ¿Pa qué va a ser? Pa hacer una matanza», «Politoxicomanía total, y te quedan muchas venas por chutar»). En el otro extremo, también había versos de poetas, desde Antonio Machado, Miguel Hernández o Neruda hasta los contemporáneos y «malditos» Ramone (autor también de la icónica portada), Sor Kampana o Román Romero Ruiz. El trabajo se cerraba con una hilarante versión de “Me estoy quitando”, original del grupo Tabletom, que se hizo muy célebre desde entonces (“Me estoy quitando, solamente me pongo de vez en cuando”).

 

 

El resultado de combinar elementos tan variopintos fue un alarido atávico y visceral, un álbum impactante como pocos que coronó a Extremoduro en la cima del rock nacional. La gira fue multitudinaria, compartiendo muchos conciertos con Platero y Tú (grupo en el que militaban Fito e Iñaki “Uoho”); y no se limitaban a ofrecer dos actuaciones seguidas, sino que los músicos de ambas bandas compartían escenario en muchos momentos. La aventura tocó a su fin en dos conciertos memorables en el Palacio de Deportes de Madrid en los que, como había sucedido en todos los anteriores, tuvieron que colgar el cartel de “entradas agotadas”. Parte de la magia de aquella época quedó registrada en el directo Iros todos a tomar por culo, que se publicaría pocos meses después. Pero esa, me temo, es ya otra historia.

 

 

Anterior Operación rescate: Trilogy (1980), de Frank Sinatra.

 

 

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