Un lugar sin límites, de Alberto Santamaría

Autor:

LIBROS

«Un libro sobre filosofía y estética, pero basado fundamentalmente en las canciones y sin ningún tipo de nostalgia»

 

Alberto Santamaría
Un lugar sin límites
Akal, 2022

 

Texto: CÉSAR PRIETO.

 

El punk y la música disco han sido estudiados desde múltiples focos. Hay historias orales e historias en forma de ensayo, libros dedicados a canciones y subestéticas, a artistas, productores y locales. Libros ágiles de leer, útiles para los interesados en el estilo, interesantes para los que quieren descubrirlo más. Sin embargo, hay aspectos que no se había tratado en profundidad: la conexión con los paradigmas sociales o la filosofía de su época o sus antecedentes en territorios no musicales. Quizá esto les sorprenda: el punk está lleno de referencias literarias, aunque seguramente son referencias que se encuentran en el canon de lo oculto más que en los planes de estudio oficiales.

Nombres como los de Hölderlin, Nietszche, Huysman, Lautreamond o Rimbaud –de una de sus fotos extrae Richard Hell el no peinado punk–, revelan que el punk se aliaba a una cadena histórica de ilustres heterodoxos que partían desde el Romanticismo. Desde luego, muchos de los músicos ni siquiera lo sabían. El periodo en el que se focaliza la investigación son los años setenta, en que el neoliberalismo aparece y, como la viscosa lengua de un reptil, deglute cualquier otra opción social.

No por ello deja de haber conflictos, y uno de ellos es el punk, que produce un cortocircuito en la situación política. La síntesis es que el punk también acaba siendo deglutido. A esta insurrección se dedica el libro, con capítulos dedicados de manera más breve a la disco music –la otra cara del punk, desde las mismas circunstancias y con los mismos objetivos–, David Bowie o el ciberpunk.

La primera parte de la obra es –no hay engaño, se trata de un ensayo académico– más erudita que divulgativa, con esta conexión entre política y cultura musical, cuya estela –concluye el autor– llega hasta nuestros días. Esa tensión entre una cultura que intenta crear otro presente –también hay viajes al mundo del arte disruptivo, que se domestica en las galerías de los ochenta– y una economía que intenta desactivarla, se da ahora tal como se dio entonces, cuando desde Iggy Pop a los Vibrators exigen, desde sus letras, un cambio de coordenadas urgente.

Se trata de un bloque que argumenta que hay una lucha en los años setenta que no tiene nada que ver con los ideales utópicos de los sesenta. El sindicalismo toma auge, o sea, la defensa de intereses más prácticos y urgentes. Pone como ejemplo de estas manifestaciones de desequilibrio y rebeldía el álbum Killers, de Iron Maiden. La calle y el vacío son los motivos que sostienen el disco, con una portada en la que se observa a un feliz Eddy, que acaba de degollar a Margaret Thatcher.

Es la segunda parte la que más puede seducir al lector. Parte de la experiencia revolucionaria de la Comuna de París, a finales del siglo diecinueve, la primera revolución creativa que supuso, durante los dos meses que duró, una transformación total de la vida en la que el pueblo se hizo con el control de sus rutinas. El «hazlo tú mismo» del punk, hereda esa necesidad de desbaratar las estructuras sociales con las que está conectado desde la iniciativa individual. De hecho, aunque comenzó, frente a sinfónicos y progresivos, devolviendo la música a la calle, aquello trascendía a la misma música e iba más allá del nihilismo que siempre se le ha achacado.

Se necesitaba un ensayo con estos criterios. Es un libro sobre filosofía y estética, pero basado fundamentalmente en las canciones y sin ningún tipo de nostalgia; simplemente expone que hubo una época en que ciertas manifestaciones culturales abrieron brechas que intentaban dinamitar los inamovibles parámetros del mercado, un grito necesario que fracasó al encerrarse en sí mismo. No hay recuerdo estático en él, hay acicates para que podamos conseguir en nuestros días volver a socavarlo en forma de guerrilla.

Anterior crítica de libros: La alegría del exceso, de Samuel Pepys.

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