Amy Winehouse: El nacimiento del mito

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“Se erigió como pionera de un revival musical que todavía ahora respira saludable y consiguió, sin buscarlo, tallarse a sí misma como un icono atemporal”

 

Coincidiendo con el quinto aniversario de su muerte, Efe Eme arranca una semana especial dedicada a Amy Winehouse, por su capacidad para revolucionar el soul, y mirar más allá del género. Sara Morales se encarga de recordar cómo nació el mito, en el Londres de 2003.

 

Texto: SARA MORALES.

 

En 2003, Amy apareció en escena oficialmente ante todos nosotros. Aquel no estaba siendo un período amable, quizás todo lo contrario, convulso y desalentador. El mundo se estremecía envuelto en la Guerra de Irak –siendo Reino Unido una de sus cabezas visibles– y España, con un pie en aquella, y el otro sumergido todavía en el lodo del Prestige, asistía a las consecuencias del mayor desastre ecológico de su historia. Revueltas populares, manifestaciones, pactos y estrategias político-militares que, a nivel nacional e internacional, ocupaban a diario los titulares de nuestra rutina macro social.

Ocurre, y el análisis de la evolución del cine así lo demuestra, que cuanto más dramática se respira la realidad, mejores producciones culturales germinan. Así es como la creatividad de la mente humana reinterpreta la experiencia, una causa-efecto que en aquellos días se tradujo en películas inolvidables, y a posteriori estudiadas por su significativo sincronismo, como «Lost in traslation», «Kill Bill», «Mystic river» o «Big fish». En el ámbito musical sucedió exactamente lo mismo. Mientras contemplábamos el asentamiento del «indie» como alternativa a la comercialización masiva, vimos a David Bowie parir su «Reality», a Radiohead su «Hail to the thief», a los White Stripes «Elephant», a Muse «Absolution» y a unos primerizos The Strokes su segundo álbum de estudio, «Room on fire».

Pero fue el 20 de octubre de aquel 2003 cuando, desde un Londres que celebraba la «reinserción» de su hijo más pródigo –Pete Doherty– al frente de una nueva formación llamada Babyshambles, nacía profesionalmente la que sería su mayor embajadora sonora en pulso femenino. Aquel día llegaba hasta nosotros para enmudecernos Amy Winehouse, con su debut discográfico bajo el brazo: «Frank».

 

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La chica blanca de la música negra

Con una voz de contralto desgarrada y emocional, catalizadora del código más solemne pero desde un deje callejero y urbano, se presentaba ante los focos una tímida chica del norte de Londres con ascendencia judía, que terminó alcanzando el éxito más absoluto en apenas tres años y dos discos. Su portentosa virtud vocal y su naturalidad compositiva la hicieron madre de unas canciones con las que buscó exorcizar sus demonios personales al tiempo que ponía melodía a un mundo que necesitaba llorar con ella. Este, que tampoco respondía a un buen estado de salud a tenor de los acontecimientos, la recibía con los brazos abiertos para dejarse impregnar y compartir aquellas lágrimas de rímel negro nacidas de la autodestrucción, el desamor y el caos existencial que sonaban a soul. El triste bombeo de un nuevo corazón que latía al unísono entre la hiriente y luminosa voz de Amy y un planeta que, pese a los avances tecnológicos del recién estrenado milenio, parecía remontarse atrás en esencia.

 

 

Una vida a cuestas –la suya– plagada de excesos, con la que debió lidiar hasta el final de sus días, mientras rescataba para todos nosotros los sonidos que necesitábamos en aquel momento y que, hasta entonces, habían quedado denostados y desterrados por la actualidad musical: el soul, el R&B, el jazz y el blues. Caótica y atormentada rejuveneció la Motown y, con claras influencias de Aretha Franklin, Dusty Springfield, Etta James y Billie Holiday, pero a través de su propio lenguaje y carácter, dibujó un punto de inflexión en la inesperada modernización del género en plena génesis del siglo XXI. Tanto es así que durante la hegemonía Winehouse y, más intensamente todavía tras su ausencia, la industria comenzó a desempolvar los cajones de la música negra en busca de artistas femeninas que se sumaran y continuaran su legado sonoro. La fórmula había calado hondo en la sociedad y, una vez abierta la caja de pandora del soul con la llave de Amy, resultaba imposible volver a cerrarla. Adele, Duffy, VV Brown, Florence Welch o Leona Lewis fueron y son solo algunas de las encargadas de relevarla desde el dictado anglosajón.

 

Todas las miradas puestas en Camden

Cuando Amy aterrizó en la actualidad mundial, hacía años que el Reino Unido había perdido la supremacía musical de calado megalómano. Desde el fenómeno de los Beatles y David Bowie, el posterior arranque punk de los Sex Pistols y The Clash, el azote de los Rolling Stones y el zarandeo de Oasis, la Tierra no había vuelto a tambalearse de tal modo con sonidos venidos desde las islas británicas. Con ella volvió a ocurrir.

Al multicultural y subversivo barrio londinense de Camden, configurado históricamente como germen universal del underground visual y estético más trendy, se le sumaba ahora la música allí concebida por un alma angustiada empeñada en actualizar el blue-eyed soul. “Amy hizo que la gente volviera a ilusionarse con la música británica, supuso un fuerte impulso de nuevo para Londres”, declaró el rapero Jay Z, una vez desaparecida.

No cabe duda de que, gracias a ella, el gran público no solo se familiarizó con aquella música propia de los cincuenta y los sesenta estadounidenses, sino que además volvió a dirigir la mirada expectante hacia lo que se estaba cociendo desde la capital inglesa, que parecía volver a conquistar América con sus propios sonidos como hacía tiempo que no ocurría. Recordemos aquellos Grammys del año 2008 cuando Amy logró hacerse con cinco galardones en una noche, alzándose como la primera artista británica en conseguirlo, e igualando el record con Norah Jones, Alicia Keys, Lauryn Hill y Beyoncé.

 

Revitalización del papel de la mujer en la música

Sin contar con las divas mejor facturadas del mainstream internacional, desde los tiempos de Janis Joplin, Debbie Harry o Patti Smith la escena se encontraba copada por innumerables y fulgentes propuestas masculinas. Fue con la llegada de Amy, y su talento y carisma dentro y fuera de los escenarios, cuando el papel de mujer solista o al frente de una banda volvió a ascender en la escala de la popularidad. “Gracias a Winehouse las mujeres tenemos un camino más fácil y llevadero en la música”, ha declarado Lady Gaga en alguna ocasión. Florence Welch llegó a decir que, Antes de que llegara Amy, “el Glastonbury era un festival casi en su totalidad hecho por hombres. Ella allanó el terreno de las mujeres en este sentido”.

 

 

Las semillas que dejó plantadas Amy con su obra y su actitud, a un lado y al otro del Atlántico, han ido brotando hasta hoy. Las encontramos patentes en la música y talante de artistas globales como Katy Perry, Lana del Rey o la propia Adele, que aseguró –en Vice– seguir estando enormemente influida por aquel «Frank» de 2003: “Ese disco fue el que me llevó a coger una guitarra por primera vez, sin él jamás habría escrito ‘Someone like you’”. Beth Ditto de The Gossip, Joss Stone, Izzy Bizu, Pixie Lott, la australiana Cloves o los cantantes Sam Smith y John Legend son otros tantos que se suman abiertamente a la influencia y legado de la dama moderna del soul.

 

Marcando tendencia

Más allá de los parámetros musicales, Amy Winehouse supo fundir, en un estilo propio, el sabor vintage inherente a su propuesta sonora con la vanguardia fashionista. Encarnó como nadie el espíritu pin up, pero llevado hasta una contemporaneidad democrática que logró cautivar del mismo modo a rockabillys y a poligoneros. Con sus tatuajes, su maquillaje agresivo y aquel peinado ‘beehive’ cardado hasta el descaro, influyó en diseñadores de moda como Karl Lagerfeld o Michael Kors. Incluso modistas de la talla de Jean Paul Gaultier o la firma británica Fred Perry decidieron crear colecciones exclusivas inspiradas en ella.

Una mujer destinada a no pasar desapercibida, ajena siempre a convencionalismos y estándares. Se erigió como pionera de un revival musical que todavía ahora respira saludable y consiguió, sin buscarlo, tallarse a sí misma como un icono atemporal. Un detonante cultural para el universo, un emblema de su país. Quién iba a pensar entonces que hoy estaríamos homenajeándola cinco años después de su muerte, con la lejanía de un Reino Unido que se separa de Europa y nos advierte de su autosuficiencia. ¿Qué habría pensado Amy? Al fin y al cabo, ella siempre fue libre, pero a la vez, y por desgracia, de todo el mundo.

 

 

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