Un gusano en la Gran Manzana: Richards y las cenizas

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“Lo sorprendente no es que el periodista apenas no indague en la música. La delicia es comprobar la santa paciencia del viejo corsario. Que si la rivalidad con Jagger. Que si la heroína, que si el bourbon, que si la coca. Que si esnifó las cenizas del padre. Y en ese plan”

 

El nuevo disco en solitario del guitarrista de los Rolling Stones es la mejor de las excusas para que los medios soliciten entrevistarle, pero a veces se queda justo en eso, en una excusa. Julio Valdeón nos habla de ello.

 

Una sección de JULIO VALDEÓN.

 

 

–1 de diciembre.
La revista “GQ” entrevista a Keith Richards. Imagino que por la publicación de “Crosseyed heart”. O por cualquier otra cosa. Si ya sufrimos decenas de textos en los que al personal le preguntan de todo excepto lo relacionado con la actividad que teóricamente justifica la entrevista, imaginen con Richards. Tirando por lo bajo, su vida equivale a mil de las nuestras. Lo sorprendente no es que el periodista apenas no indague en la música. La delicia es comprobar la santa paciencia del viejo corsario. Que si la rivalidad con Jagger. Que si la heroína, que si el bourbon, que si la coca. Que si esnifó las cenizas del padre. Y en ese plan. También admito que a Richards le va la marcha: ejerce de encantador portavoz de su faceta más caricaturesca, algo que alcanzó un clímax a veces bochornoso en su autobiografía. Aquel libro disparatado, jugoso, poco fiable y sin embargo imprescindible. De creer lo publicado por “GQ”, el encuentro ha sido grato. Abundaron las chanzas, el guitarrista de los Stones bromeó a gusto. Combinó ese tremendismo bravucón marca de la casa con loas a la familia y otros cantos a la vida doméstica. Un millonario con pasado que sobrevivió a sí mismo y disfruta.

Entre medias le piden que comente el ya célebre chiste que insta a preocuparnos por el mundo que dejaremos en herencia a… Keith Richards. Tras aclarar que tiene setenta y un años, no noventa y tantos, o sea, que la conversación regresa al tibio crepitar del compadreo. Jiji, jaja, jojo. El entrevistador ya puede presumir de haber firmado la millonésima pieza con el autor de algunos de los riffs decisivos de la historia en la que solo cuenta, ¿adivinan?, indagar en la relación con Mick Jagger. Como si alguien dudara de su odio cordial, de matrimonio que hubiera alcanzado las bodas de oro, o existieran dudas respecto a lo único que importa, Rolling Stones inclusive. Ah, ¿dije antes que también escribe un apunte del natural sobre los dedos artríticos de Richards? Lo acompañan, no crean, con una originalísima reflexión sobre el paso del tiempo. Y eso que por primera vez en veintitrés años Richards tenía disco.

Anterior entrega de Un gusano en la Gran Manzana: Ecos de Bataclan.

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