Un gusano en la Gran Manzana: La grandeza de The Band

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«No hay grupo de hipsters, modernos o enterados, en Malasaña o Brooklyn, que no les deba cuarto y mitad del alma»

 

Julio Valdeón Blanco escucha ecos lejanos de homenaje a The Band y recuerda la grandeza de este emblema del rock and roll, forjado al lado de Bob Dylan.

 

 

Una sección de JULIO VALDEÓN BLANCO.

 

 

Entre Toronto y las afueras de Woodstock, Ronnie Hawkins y Bob Dylan, los bares de carretera y el Winterland de San Francisco, con una prórroga prescindible, o casi, del 83 al 99, tuvo lugar el nacimiento, apogeo y muerte de uno de los grupos fundamentales. Tan acabado y misterioso que se llamó así, The Band. Ahora que en Londres homenajean a Garth Hudson, con Richard Manuel, Levon Helm y Rick Danko desaparecidos, solo él y Robbie Robertson permanecen en pie. Juntos pusieron los cimientos de la «americana». O sea, del viejo folk rock, el novedoso alt country y la exploración por los sonidos de la «old, weird America» de la que escribió Greil Marcus. En su boca, en sus dedos, lo viejo sonaba contemporáneo, voluptuoso, triste. Navegaron por mares desconocidos. Con cada tormenta traían canciones frescas, enredadas al cuello como las algas que dan sepulcro a los náufragos.

Hudson fue, entre tanto genio, uno de los supuestos escuderos. Un sutil organista al que paralelamente debemos, entre otras hazañas, la grabación de las dylanianas «Basement tapes». Aunque tendemos a creer que fueron registradas con un equipo miserable, gracias a la lectura de Clinton Heylin, Sid Griffin y otros sabemos que usaron una fabulosa consola, micrófonos Telefunken y una grabadora Ampex 602. Hudson no se limitó a tocar ni a a ejercer como improvisado ingeniero: cien canciones, entre versiones y originales, al menos 37 rollos de cinta, permanecen en su poder, incluidas las veinticinco joyas que junto a Elliot Mazer transfirió a un máster. O sea, es el archivista de una de las más grandes aventuras jamás contadas. Cuando un siglo de estos Sony se decida a restaurar, secuenciar y publicar en su totalidad las sesiones, cuando aparezcan sin los comprensibles pero inecesarios pegotes que Robertson y el ingeniero Rob Fabrioni aplicaron en 1975 y, de paso, recojan gemas como la fabulosa ‘Sign of the cross’, se entenderá mejor, si es que a estas alturas alguien todavía no posee alguna de las box-sets piratas imprescindibles (la mejor, «A tree with roots») porque Marcus casi enloquece, de puro placer, al sumergirse en ellas, y nosotros con él.

The Band aprendió a volar junto a un Dylan que los mantuvo en nómina tras el supuesto accidente de motocicleta. Cuando el jefe los abandona para grabar en Nashville «John Wesley Harding» ellos noquean con dos piezas colosales, «Music for Big Pink» y «The Band». Su mentor redirigía esfuerzos hacia un country de imaginario bíblico, indescifrable, hermoso, luego dulcificado en la bella simplicidad de «Nashville skyline», mientras Hudson y compañía mezclarán todo, el Delta y Memphis, Chicago y Alabama, el r&b y el r&r, Son House y Elvis Presley, Stax y Chess, los Apalaches, Shakespeare y Jimmie Rodgers. Los discípulos habían asimilado a un ritmo diabólico. En unos días dominados por la psicodelia y otras empanadas marcaron la vía alternativa. Con tres vocalistas inmensos, pintarán de terciopelo y sangre el despertar atroz de los sesenta. Armados con la cegadora luz de las canciones antiguas y un censo de fantasmas, bucaneros, esclavos e inmigrantes, reinventaron un folklore sin caspa. Gracias a sus intuiciones, sabiduría y aciertos vamos tirando hace décadas. No hay grupo de hipsters, modernos o enterados, en Malasaña o Brooklyn, que no les deba cuarto y mitad del alma.

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