Un gusano en la Gran Manzana: ¿El regreso del vinilo? ¡Ja!

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«Picoteo por internet. La recuperación del vinilo, dicen. Vean el gráfico. Es brutal. Es terrible. Es tristísimo»

Julio Valdeón Blanco se queda pasmado cuando descubre la evolución de las ventas de vinilos en Estados Unidos. Para reponerse, se zambulle en la obra de Kris Kristofferson.

 

 

Una sección de JULIO VALDEÓN BLANCO.

 

 

–23 de enero
Picoteo por internet. La recuperación del vinilo, dicen. Vean el gráfico. Es brutal. Es terrible. Es tristísimo. Las cifras, en millones de vinilos vendidos entre 1973 y 2014, corresponden a la RIAA, Recording Industry Association of America. Sí, algo subimos, pero ya me dirán.

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–24 de enero

Twitter no es siempre malo. El de Diego A. Manrique, por ejemplo, rebosa golosinas. Uno de sus últimos regalos ha consistido en enlazar un documental de principios de los años noventa dedicado a Kris Kristofferson. Magnífico. Habla el guapo compositor y cantante sobre sus orígenes y entrega historias salvajes, anécdotas incorrectas. Sí, hay tomas lamentables: una suerte de vaquero al que no vemos el rostro aparece en plan el espíritu de Nashville. Algo así como un trasunto de Kris. Claro que la culpa, intuyo, es del director y del medio, de cuando los directivos consideraban necesario adosar dramatizaciones en los documentales para regarlos con sirope. Bueno, hay que verlo si te interesa la canción vaquera. La canción a secas. O la idiosincrasia del arte, los peligros de la fama, el activismo político, el cortejo de ciertos venenos. Con placer, contemplo a Kris domar su cabreo luego de que el periodista pregunte si no se siente culpable, ok, algo culpable, un poquito siquiera, por la muerte de Janis Joplin. ¿Perdone? La duda es malintencionada, pero agradeces su presencia en el montaje final. La estrella lidia con cuestiones difíciles. No se trata de un ballet con intenciones promocionales. Kris es un tipo valiente, mucho, y lo demuestra. Polémico, libre, ayudó a meterle sangre, derrota, sexo, vida, al country. Antes había estudiado literatura en Oxford, estuvo en el ejército (su padre era general), pilotó helicópteros con rumbo a las plataformas petrolíferas del Golfo. De remate, justo después de vaciarle los ceniceros a Bob Dylan mientras grababa «Blonde on blonde», escribió monumentos como ‘For the good times’, ‘Me and Bobby McGee’ o ‘Sunday mornin’ comin’ down’, etc. Lo suyo ha consistido en quitarle la ropa al country, desanudar sus convenciones y adobarlo de suave metralla. Con voz cascada pasó revista a un ejército de forajidos, malditos y desahuciados. Por sus versos habla la Norteamérica olvidada, expulsada del triunfal relato de las televisiones. Hace un tiempo, hablando de uno de sus últimos discos (qué grandes discos ha publicado Kris estos años) escribí, más o menos, que «pasma su bisturí poético, su repudio de la grandilocuencia, esa impúdica primera persona». Su escritura está cosida con «transparentes odas a la cotidianidad de un sueño americano hecho de claroscuros». No sé si algún día comprenderemos bien hasta qué punto fue trascendente lo que Kristofferson y otros hicieron por la canción estadounidense, cuando renunciaron al rollo countrypolitan y abrazaron la contracultura. Y todavía hay listos que sonríen irónicos si escuchan hablar de los sesenta. Como si la revolución de las costumbres, la liberalización de los cuerpos, la ola de libertad sexual, etc., fueran una sucesión de chorradas que tuviéramos que enterrar cuanto antes. Nadie se imagina su vida sin aquellos triunfos, pero nos ponemos estupendos si hablamos de los sesenta mientras, de paso, disfrutamos sus conquistas. Lo que quiero decir tampoco tendría demasiado valor, no en el caso de Kristofferson, si encima no hubiera firmado canciones soberbias. Lo hizo. Mi agradecimiento, mi admiración, mi amor, será siempre infinito.

Anterior entrega de Un gusano en la Gran Manzana: Los mitos decrecientes.

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