Un gusano en la Gran Manzana: El blues de las tumbas sin nombre

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blues-09-01-14

«Steven Salter y Aaron Pritchard, musicólogos a tiempo parcial, dedican su tiempo libre a colocar lápidas en las tumbas de bluesmen enterrados de forma anónima»

 

El rock le debe casi todo al blues, sin embargo los héroes primeros yacen en el olvido, arrollados por una historia que nunca se detiene. Un par de tipos se dedican a financiar lápidas para sus tumbas. Una historia bien bonita.

 

 

Una sección de JULIO VALDEÓN BLANCO.

 

 

Un acto de amor: dos amigos, Steven Salter y Aaron Pritchard, musicólogos a tiempo parcial y, en el caso de Salter, antiguo propietario de una tienda de discos, dedican su tiempo libre a colocar lápidas en las tumbas de bluesmen enterrados de forma anónima, con un prado verde aguacate sobre sus calaveras. De semejante noticia podrían exprimirse bastantes tópicos: el músico negro y pobre que muerde olvidado, los aficionados blancos que lo rescatan pasado casi un siglo, etc.; la mayoría ciertos, y ninguno más que un buen número de los padres fundadores de la cultura estadounidense, o sea, afroamericanos iletrados que forjaron las señas de identidad del blues, sigan sin ser reconocidos. En las catacumbas de la amnesia. Condenados a roer el polvo de la traición, que ni pagó ni paga a quienes deberían ser mitos.

El último león salvado del oprobio por la dupla Saltar & Pritchard ha sido Aaron «Pinetop» Sparks, pianista de boogie woogie nacido en 1908 y muerto en 1935, a los veintisiete años de edad. Desconocemos si fue envenenado o palmó a causa del agotamiento de tocar (y privar) durante días y noches sin pausa. Los Sparks, pues también hay que recordar a su hermano, Marion Lindberg, con el que formó un dúo, compusieron el clásico ‘Everyday I have the blues’. Si no por su toma, la conocerás por las que grabaron, entre otros muchos, Memphis Slim, Ray Charles, B.B.King, Count Bassie, Elmore James, Albert King, Chuck Berry, Buddy Guy, Fleetwood Mac o John Mayer. La de Slim, de 1949, fue la primera que despachó montones de copias. Con B.B. King se transformó en contagiosa, exuberante tarjeta de presentación.

En un acto sin alharacas, sencillo, apenas acompañados por el director del cementerio de St. Louis, Salter y Pritchard han colocado la lápida funeraria de «Pinetop» Sparks y luego pincharon en un smartphone ‘Everyday I have the blues’. En declaraciones a Martin Chilton, del diario británico «The Telegraph», Pritchard comentó que «estos tipos dieron mucho a América a través de la música. Se merecen un monumento». Para Salter, «si bien no puedo verlos en vida al menos podría acercarme al lugar donde están enterrados y presentar mis respectos». Cuenta Chilton que ya llevan veintidós de estas lápidas, a trescientos euros cada una. El dinero lo obtienen mediante donaciones que reciben en su web, Killer Blues Headstone Project.

El primer músico al que rindieron tributo fue nada menos que el descomunal Otis Spann. Dice Salter que cuando llegó «a su tumba no había más que un matojo de hierbas». En un acto similar, dedicado a celebrar a Eddie King, hubo decenas de familiares y amigos, incluida la viuda de King, que comenzó su carrera junto a Willie Dixon y Sonny Boy Williamson II y trabajó durante dos décadas al lado de Koko Taylor. El listado de nombres recuperados por Killer Blues es un quién es quién del mejor arte y el olvido, una reunión de fantasmas que merecían mejor suerte.

No, la labor de Salter y Pritchard no hará de Charley Jordan, Tommy Bankhead, «Stagger» Lee Shelton, «Papa» Charlie Jackson, Phillip Walker o James «Bat» Robinson unos superventas, pero al menos no se nos caerá la cara de vergüenza cuando, de viaje por Mississippi, busques su tumba y solo encuentres hierbajos. Lástima que, como de costumbre, las jóvenes generaciones de músicos afroamericanos permanezcan sordas e inmunes ante la herencia de un pasado glorioso, del que huyen para refugiarse en las plastificadas tonadas y estilos que asocian al prestigio social y el éxito comercial. El blues, hoy como ayer, sigue siendo un negocio al margen, practicado y degustado por pobres en sucios garitos con techo metálico mientras un puñado de historiadores y musiqueros blancos lo reivindica. Un millón de artistas, de Elvis Presley a Elvis Costello, tejió y teje su música a hombros de gigantes, muchos anónimos o perdidos, y ya va siendo hora de encontrar, siquiera, un pedazo de mármol donde ponerles flores.

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