Un amante de cartón (1981), de Roque Narvaja

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DISCOS DESCATALOGADOS

«Un disco con diez canciones espléndidas, compuesto e interpretado en ese momento mágico en que se alían talento, circunstancias y contexto»

 

César Prieto trae de vuelta a Roque Narvaja, el célebre -y para muchos, desconocido- autor del “Santa Lucía” que popularizó Miguel Ríos. Aquí recupera su disco Un amante de cartón, fuera de catálogo desde hace años.

 

Roque Narvaja
Un amante de cartón
Movieplay, 1981

 

Texto: CÉSAR PRIETO.

 

Quizás ustedes conozcan —sí, seguramente la han escuchado alguna vez— una canción de Miguel Ríos llamada “Santa Lucía”. Una historia de una llamada equivocada, o no, que se va convirtiendo poco a poco en una relación de desespero sentimental, pero únicamente por teléfono. Quizás, si la conocen o la recuerdan, les haya llegado a gustar. Pues bien, lamento decepcionarles, no es una canción de Miguel Ríos, aunque sea una de las más emblemáticas de su repertorio. Su autor es Roque Narvaja, que la grabó en su segundo disco español, de 1981, Un amante de cartón, disco que ni Movieplay —ahora está en manos de Warner— ni absolutamente nadie se ha preocupado de reeditar.

 

 

¿Y quién es Roque Narvaja? Pues de momento el que ese año 81 fue escogido el mejor compositor del país, a pesar de que había nacido en Argentina y allí había tenido ya experiencias musicales con el grupo La Joven Guardia y un par de discos en solitario de cariz muy político e izquierdista, así que la dictadura —o sus adláteres— comenzaron a proferir amenazas que lo inquietaron, lo que hizo que formara parte del desembarco austral, por las mismas fechas que los padres de los Tequila o Sergio Makaroff. De aquellas, ya tenía esposa e hijo.

En España apenas conoce a nadie, tiene tres números de teléfono y contactos con sus compatriotas argentinos. Pero empieza a moverse. En un principio prueba en un territorio en el que se habían asentado los Tequila: la Cochu, una asociación madrileña en la que hacían fanzines, gestionaban conciertos, daban vida a la ciudad y se divertían estruendosamente. Estaba situada en un piso de Augusto Figueroa y por ahí pasaba Burning, Tequila y todos los que fueron algo en la inminente movida. De hecho, hay carteles en los que Roque Narvaja comparte escenario a primeros de 1978 con Kaka de Luxe y Cucharada.

Pero seguramente no es su ambiente. Roque no es moderno y es 15 años mayor que Alaska. Pasa también tiempo con la cuadrilla de Joaquín Sabina y graba un disco ese año muy de cantautor, con barba y guitarra de palo y odas a los trabajadores latinoamericanos, que pasa absolutamente desapercibido. Roque Narvaja ha de reinventarse, y vaya si lo hace.

 

 

En 1981 no deja de sonar por la radio una canción melódica nada edulcorada, con estribillo resultón, letra cuidada y bastante bien producida: “Menta y limón”, el recuerdo de antiguos amores que aún se mastica. Se presenta como de un tal Roque Narvaja, sin barba y con una media melena rizada. Roque aparece como una tercera vía que tenía canciones llenas de encanto y de cercanía, ayudado por Carlos Narea, productor en esos años de Miguel Ríos, pero también de Mamá. Roque Narvaja vine a ser un cruce entre ambos. Si el rock español se renovó desde el cono sur, la música melódica también tuvo una inyección de oxígeno desde allí.

De hecho, el disco de Roque Narvaja podría incluirse perfectamente en esa cuña de cantautores íntimos y con querencias pop que representaron Hilario Camacho o Joan Baptista Humet. Excepcional poder melódico, pero arreglos cuidados en que las guitarras eléctricas y acústicas o los saxos se alían para sacarle el mayor jugo a la canción. En “Bolero de Raquel”, como en muchas de las letras, se asiste a las vicisitudes de una pareja, pero fuera ya de hábitos románticos, muy contemporánea, como una nueva educación sentimental —la que se daba en el cine con la nueva comedia madrileña, por ejemplo, en “Ópera prima”—, pero bordada por un saxo nocturno y elegante, a la manera clásica.

Un saxo que también destaca en “Un amante de cartón”, siguiendo con canciones de paisajes muy nocturnos pero de arreglos luminosos. Son, quizás, estas canciones las que representan el eje que sostiene los dos ángulos entre los que bascula el disco; por un lado, esencias rockeras, cercanas a lo que traían sus paisanos argentinos, como en “Calla, que sucedió”, de solo de guitarra y, salvando las distancias, la más tequilera; por otro lado, “Yo quería ser mayor” —otro de sus éxitos— , de toque más bucólico y pastoril, sostenido por la flauta travesera.

 

 

Pero, sobre todo, fíjense en “Santa Lucía”, que como señalamos, fue absorbida por Miguel Ríos. A pesar de su desgarro sentimental, parece expuesta con total naturalidad, con un registro y un tono absolutamente creíbles. “Santa Lucía” son exactamente las palabras que diría alguien que recibe una llamada equivocada —o no— y que, tras comentar algo banal, sigue recibiendo llamadas de ese número hasta enamorarse de la voz y la persona que no puede ver. Todo resulta tan natural que estremece, que llega a dar miedo.

Uno no diría que Roque Narvaja tiene un enorme talento, o que su carrera no es valorada, pero lo que sí es cierto es que Un amante de cartón es un hito importante de nuestra música que nadie ha acogido. Para los modernos que compartieron conciertos en La Cochu ya estaba en otra esfera, para los consumidores del momento fue flor de un día, sustituido por el siguiente objetivo de las radios o las discográficas, y nadie ha reivindicado que, simplemente, se trata de un disco con diez canciones espléndidas, compuesto e interpretado en ese momento mágico en que se alían talento, circunstancias y contexto, que suena tan actual como en el momento en que se grabó y que es una pieza, si no esencial, sí definitoria de una época y un estilo. Sigue sin reeditarse ni aparecer en esas plataformas que, al parecer, exponen todo.

Sigue ahí, para algunos degustadores y algunos nostálgicos que se acuerdan de haberlo escuchado. Roque Narvaja publicó algunos discos más en España y, ya en el nuevo milenio, volvió a instalarse en Argentina, donde continúa haciendo giras y canciones que, evidentemente, nunca llegan a nuestro país.

Anterior entrega: Puzzle (1996), de Los Negativos.

 

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