“The man who sold the world” (1970), de David Bowie

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OPERACIÓN RESCATE

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“Ritmos cavernosos y aciagos, estridencias vocales y la guitarra abrasiva, perversa y desmadrada de Ronno pueblan el álbum”

 

Fue el tercer álbum de David Bowie, y para algunos críticos, en el que empezó su verdadera historia. Al menos, sí donde comenzó el núcleo de su banda, Spiders From Mars. Se sumerge en él Javier De Diego Romero.

 

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David Bowie
“The man who sold the world”
MERCURY, 1970

 

Texto: JAVIER DE DIEGO ROMERO.

 

“David decoró el salón de verde oscuro y pintó de escarlata las molduras de las sillas góticas que yo había vuelto a tapizar con terciopelo aplastado, y yo teñí del mismo rojo brillante veintiséis cortinas de encaje. […] Nuestras antigüedades y la colección cada vez mayor de piezas de art nouveau y art déco de David realmente fulguraban en su nuevo marco, y nuestros invitados holgazaneaban y retozaban en el lujo”. Así describe Angela Barnett —la célebre Angie— Haddon Hall, la mansión victoriana de Beckenham, al sureste de Londres, a la que David Bowie y ella se mudaron en agosto de 1969. La pareja pronto convirtió su casa en un laboratorio de sexo y estilo: así, en ella continuaban la farra con la parroquia de locales como la discoteca gay The Sombrero; el zorro Bowie tomaba buena nota de los atuendos y peinados de sus invitados, hacía acopio, en fin, de materiales con los que moldearía su distintiva imagen glam. La mansión era igualmente un laboratorio cultural, un ágora estrambótica en la que se debatía todo género de ideologías alternativas, entre ellas las de Friedrich Nietzsche y el ocultista Aleister Crowley, dos auténticas obsesiones de David que canalizaría posteriormente en sus discos.

Y, por supuesto, también un laboratorio musical. En Haddon Hall Bowie exploraba ávidamente una colección de discos cada vez más ecléctica: entre sus favoritos se encontraban The Velvet Underground, Tyrannosaurus Rex, Van Morrison, Biff Rose —de quien versionaría ‘Fill your heart’ en “Hunky dory” (1971)— y Jacques Brel —a través de las adaptaciones inglesas de Mort Shuman y Eric Blau para el musical “Jacques Brel is alive and well and living in Paris”—. Y, sobre todo, allí se gestó, en los primeros meses de 1970, “The man who sold the world”, su tercer largo (y también los dos siguientes, “Hunky dory” y “The rise and fall of Ziggy Stardust and The Spiders From Mars” [1972]). En un estudio improvisado bajo el hueco de la escalera, Bowie bosquejó su nueva música escoltado por dos inquilinos deluxe de la mansión: el guitarrista Mick Ronson —futuro Spider From Mars— y el productor Tony Visconti —aquí asimismo bajista—. Junto con el batería Mick Woodmansey y el teclista Ralph Mace (a los mandos del sintetizador Moog, en boga por entonces a raíz del éxito colosal del álbum de Wendy Carlos “Switched-on Bach” [1968]), el trío daría forma definitiva al elepé en abril y mayo, primero en los estudios Trident y más tarde en los Advision, ambos londinenses.

Otro líder musical

Con Bowie dedicando buena parte de las sesiones de grabación a hacerle cucamonas a Angie (los tortolitos estaban recién casados), el verdadero líder musical en “The man who sold the world” es Mick Ronson. Nacido en Hull, al noreste de Inglaterra, y curtido en varias bandas locales en los años sesenta, el guitarrista conectó a David con el Zeitgeist, la corriente principal de la música popular del momento: el revival blues y su hijo siniestro, el rock duro. Ritmos cavernosos y aciagos, estridencias vocales y, sobre todo, la guitarra abrasiva, perversa y desmadrada de Ronno pueblan un álbum que orbita alrededor de Cream y The Jimi Hendrix Experience, de Led Zeppelin y The Who; todo ello, no obstante, atemperado por la característica finura melódica de Bowie.

“Ideamos paisajes sonoros estrafalarios”, recuerda Tony Visconti de las sesiones de “The man who sold the world”. El productor se refiere particularmente a ‘The supermen’, y no le falta razón: la canción reúne aullidos abisales, un coro de monjes enloquecidos, estampidos de batería procesada que suenan como timbales de orquesta (en concreto los del primer movimiento de “Así habló Zaratustra”, de Strauss) y un riff que supuestamente le dio a Bowie Jimmy Page.

En la bombástica ‘She shook me cold’ Ronson arranca emulando a Jimi Hendrix (‘Voodoo child’), y su interacción con Visconti y Woodmansey evoca a Cream y los grandes power trios de finales de los sesenta. La huella de Cream reaparece en ‘Saviour machine’, esta vez junto con la de Santana —escuchen la gozosa fluidez de la guitarra—. Es un tema inventivo e intrincado, con complejos cambios de ritmo y una singular estructura: una sola estrofa seguida de puentes y estribillos que se alternan. Sustentada en un riff portentoso y con dos solos de guitarra estentóreos y veloces, francamente soberbios, ‘The width of a circle’ acerca a Bowie más que nunca al territorio de Black Sabbath y Deep Purple. La pegada roquera y la delicadeza de orfebre conviven en ‘All the madmen’, que, por lo demás, cuenta con el mejor estribillo del disco: contagioso, celebrador y, en su segunda aparición, brillantemente demencial con la entrada del sintetizador Moog.

 

Desvíos musicales

Dos cortes se desvían en gran medida del patrón hard del álbum. Dominada por la guitarra acústica de Bowie y el bajo de Visconti y con deliciosos ornamentos de Moog, Stylophone y órgano de tubos, ‘After all’ es un vals alucinado, una nana lúgubre que el Duque Blanco canta tenuemente acompañado por un coro de grutescos. En un elepé excesivo y abigarrado, la canción titular se caracteriza, bien al contrario, por su sencillez: el riff de guitarra está al alcance de un alumno principiante y en el estribillo Ronson a las seis cuerdas, Visconti al bajo y Ralph Mace (o Visconti) al teclado se limitan a ejecutar escalas. La melodía es cadenciosa y elegante y la interpretación de Bowie, extraña y solemne: con la voz secuenciada en las estrofas, comprimida en el estribillo y doblada en ambos, entona, en palabras de su biógrafo David Buckley, “como si recitara el padrenuestro o algún otro texto sagrado”. El sepulcral pasaje coral con el que concluye el tema es, sencillamente, uno de los más hermosos de todo su catálogo.

El rock duro imperante en “The man who sold the world” no está en sintonía con la famosa portada del disco. Amanerado e incitador, Bowie figura reclinado lánguidamente en una chaise longue, ataviado con un vestido floreado y botas de cuero altas y con sus rizos torneados cayéndole sobre el cuello. De este modo planteaba una alternativa andrógina a la bravuconería heterosexual de otros roqueros —sin ir más lejos, los que le influyeron musicalmente en el álbum—. Aún más femenina, y sin necesidad de vestido, es su pose en la cubierta de “Hunky dory”, su siguiente elepé: de perfil, con expresión ensoñadora y peinándose hacia atrás, parece la Greta Garbo del sur de Londres. Y, por supuesto, poco después alumbraría a la estrella del rock andrógina definitiva, Ziggy Stardust. El submundo gay, en fin, fascinaba a Bowie en cuanto cultura marginal, a contracorriente; una cultura, además, oprimida, como denunciaba el Frente de Liberación Gay británico, fundado en octubre de 1970, tan solo un mes antes del lanzamiento de “The man who sold the world”.

Variedad de portadas

En Estados Unidos el largo apareció con una portada diferente, en realidad era el proyecto original (la discográfica, Mercury, ya había dado el visto bueno a su impresión cuando Bowie le propuso sustituirla por la del vestido): un vaquero con un rifle —en referencia a ‘Running gun blues’, la pista que abre la cara B— y el psiquiátrico londinense de Cane Hill como sombrío telón de fondo; el psiquiátrico, en fin, en el que residía Terry Burns, el hermanastro esquizofrénico de David.

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Acerca de Terry en particular y de la locura en general versa ‘All the madmen’. En la letra se alinea con los dementes, también outsiders y excluidos, como los gais. El narrador puede soportar la prisión en la que está recluido, a pesar de la lobotomía, el electrochoque y la pérdida de la libido, pero no la sociedad conformista y corrupta que se encontraría fuera: “Prefiero estar aquí / con todos los locos / a perecer con los tristes hombres que vagan libres. / Y prefiero jugar aquí / con todos los locos / porque estoy muy contento, / todos están tan cuerdos / como yo”. Por lo demás, entronca aquí con la antipsiquiatría, que, impulsada durante los sesenta por autores como David Cooper, Thomas Szasz o Michel Foucault, la entendía como un instrumento coercitivo y normalizador. En las mismas coordenadas líricas que ‘All the madmen’ se sitúa ‘After all’, en la medida en que contrapone la inocencia de los niños a la parvedad de los adultos.

Locura, poder y totalitarismo

La locura se convertiría en uno de los ejes literarios de la obra de Bowie, como analizamos en el número 16 de Cuadernos Efe Eme, donde abordamos su colaboración con Iggy Pop en “The idiot”. En “The man who sold the world” la trata por primera vez, e introduce otro tema al que volvería reiteradamente a lo largo de los años setenta: el poder y el totalitarismo. En ‘Saviour machine’ el presidente Joe instala un ordenador central llamado The Prayer (La Oración), que, como prometió a su electorado, erradicará el hambre y las guerras (el sintetizador Moog musica fantásticamente su omnipotencia). Pero a la máquina salvadora le resulta tediosa una sociedad perfecta, termina detestando a los hombres por haberla inventado y exige ser destruida; si no, será ella la que extermine al género humano. En ‘The supermen’ Bowie ensambla un conjunto de imágenes pavorosas acerca de una raza perdida de semidioses primitivos (“los superhombres caminaban en fila, / guardianes de una isla del desamor”, “pesadillas que ninguna mente mortal podría soportar”). “Estaba en la etapa en que fingía entender a Nietzsche. […] Mucho de ese material es el resultado del intento de simplificar libros que había leído. […] ‘Supermen’ surgió de ahí. […] Es prefascista”, afirmaría en una entrevista años después. El aliento de Nietzsche late igualmente detrás de ‘The width of a circle’, que describe un encuentro homoerótico con Dios en la guarida del demonio (sí, en serio).

Editado en noviembre de 1970 en Estados Unidos (donde funcionó bien comercialmente) y en abril de 1971 en Gran Bretaña (donde, en cambio, las ventas fueron decepcionantes), “The man who sold the world” pronto quedó empequeñecido por las obras maestras “Hunky dory” y “Ziggy Stardust”. Las exitosas versiones del tema titular de Lulu (en 1974) y Nirvana (1993) le dieron nueva vida, pero sigue siendo poco conocido por el gran público. Lo cierto es que estamos ante un trabajo inspirado y audaz, el primer gran álbum de Bowie, con el que dio comienzo una fase de creatividad felizmente desbocada (hasta “Scary monsters” [1980]) para la que cuesta hallar parangón en la música popular de nuestro tiempo. Bien merecía, por tanto, una “operación rescate”.

Anterior entrega de Operación rescate: “A northern soul” (1995), de The Verve.

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