The Dream Syndicate: «Volvimos para reescribir nuestra propia historia»

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«Hace más de treinta años cometimos todos los típicos errores que una banda puede cometer, ahora sabemos perfectamente lo que hacemos»

 

Con un disco recién editado y atendiendo a los medios españoles por teléfono. Así han presentado The Dream Syndicate su nuevo trabajo, The universe inside. Carlos Pérez de Ziriza entrevista a su líder, Steve Wynn, en conexión Valencia-Nueva York.

 

Texto: CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA.
Fotos trajeados: CHRIS SICKICH. Foto degradado: TAMMY SHINE.

 

Nocturno, narcótico, inquietante y, sobre todo, absolutamente libre. Así es The universe inside (ANTI, 2020), el nuevo álbum de The Dream Syndicate. Un completo desafío a cualquier convención o idea preestablecida. El tercero que publican en los últimos cuatro años, coronando una vuelta triunfal que no solo ha estado a la altura de su leyenda, la de una banda esencial de aquello que se conoció como el sonido paisley underground californiano de los ochenta y, más ampliamente, el nuevo rock americano, sino que ha deparado algo imposible de aventurar hace un lustro: algunos de los trabajos más brillantes y aventurados de toda su carrera. Steve Wynn nos atiende al teléfono desde una Nueva York que aún trata de sacudirse el confinamiento tras unas semanas de auténtica pesadilla.

 

Hola, Steve. Estás en Nueva York, ¿no? ¿Cómo estás llevando esta situación?
Sí, vivo en Queens, una de las zonas más golpeadas. Llevamos dos meses con todo cerrado, pero las cosas están empezando a mejorar lentamente. Durante muchas semanas apenas salimos, ni siquiera a un parque. Es curioso, porque suelo a ir a Manhattan desde mi casa unas cuatro veces a la semana, está a solo tres paradas de metro de mi casa, pero llevo meses sin pisar el metro y me resulta extraño.

 

¿Cómo ves que muchos gobernadores en los EEUU hayan querido abrir la actividad económica de sus estados, cuando en muchos de ellos la tasa de contagio seguía creciendo?
Una locura. Es muy pronto. Podemos ver cómo las cifras suben y será muy frustrante para la gente si las tiendas han de volver a cerrar de nuevo por esa razón. Pero como en España, aquí en Nueva York tenemos una perspectiva diferente al resto de los EEUU, al haber tenido aquí la mayoría de los casos y las muertes. Seguro que en Georgia o en Montana o en Idaho habrá gente que crea que esto es un problema de Nueva York. Y a lo mejor tienen razón. Pero tampoco parecía aquí un problema nuestro hace un tiempo, y mira cómo estamos ahora. Llevo 25 años viviendo aquí, desde que vine de Los Ángeles, porque me encanta la excitación de la gente, me gustan las multitudes, aunque algunos las odien. Me encanta caminar por Manhattan, rodeado de gente, y sentirme como alguien anónimo, simplemente observando a la multitud y siendo parte del paisaje. Eso es lo mejor de Nueva York, y también una de las razones por las que el virus nos ha golpeado con tanta fuerza. El solo hecho de pensar en no poder pasear por las calles me afecta, claro. Todo el mundo añora algo estos días. Yo echo de menos estar de gira. Tocar en directo. Esa es mi sangre.

 

Yendo al grano: este nuevo álbum de The Dream Syndicate suena exactamente como si las expectativas de público o crítica os importaran un comino. Canciones de más de siete minutos, alguna incluso de veinte, pasajes instrumentales larguísimos que parecen jams
Sí, es así. Tanto en este disco como en los dos anteriores todo lo que hemos hecho ha sido para nosotros mismos. De hecho, nos volvimos a reunir hace ocho años para un festival en España, en Bilbao. Y desde el primer momento tuvimos claro que lo hacíamos para divertirnos, porque sentíamos que lo necesitábamos. Es eso que llaman una vuelta victoriosa, que tiene mucho que ver con recordar todo lo que te gusta sobre esa banda a la que amas, y es sensacional. Es estupendo volver a tener el aprecio de la gente, o que haya gente que te descubra por vez primera, o que te redescubra, pero creo que esto lo hacemos por nosotros mismos. Hacemos la música que nos gusta y nos va bien así. Cuando empezamos, en los ochenta, hacíamos música que, en general, no gustaba. Era como: «¡Oh, dios mío!» ¡No se puede estar menos de moda de lo que estábamos nosotros en 1982! Eso de hacer música de guitarras, de rock psicodélico de garage como hacíamos entonces, con feedback y ruido… teníamos todos los números para ser la banda menos popular de la historia, pero nos gustaba lo que hacíamos. Así es como empezamos y es la misma actitud con la que hemos afrontado este disco. Es curioso, porque a veces oímos que nos comparan con cosas que no necesariamente nos gustan. Con este disco he leído a gente que ve cosas de Miles Davis, de Can, de los Soft Machine… todos esos grupos y músicos nos gustan, como Fela Kuti, nos encantan. Podemos estar de acuerdo, sí, pero hemos hecho básicamente lo que hemos querido.

 

Muchas de vuestras bandas coetáneas se separan para volver al cabo de muchos años, y cuando lo hacen parece que simplemente quieran vivir de rentas, de evocar viejas glorias. No parece vuestro caso. ¿Es ese deseo de permanente evolución el combustible que os mantiene vivos?
Creo que sí. Hay muchas razones por las cuales una banda se vuelve a reunir. No diría que es solo por dinero, esa nunca fue la motivación principal. Ni tampoco lo que reporta para el ego, porque todos hemos estado muy activos todo este tiempo, tocando en otros proyectos, no teníamos un hambre especial de escenarios, estábamos siempre girando. Simplemente nos juntamos para ver qué pasaba, pensando que podría ser divertido, y pronto nos dimos cuenta de que había algo que conectaba con lo que había sido The Dream Syndicate en un primer momento, pero al mismo tiempo nos sentíamos como una banda nueva. Cada uno de los tres últimos discos representa el año en el que fueron hechos, y es excitante ver hacia dónde hemos ido. Estoy de acuerdo contigo, muchas bandas se reúnen no diría que por razones equivocadas, porque no hay nada malo en querer pagar tus facturas como buenamente puedas, es el más noble de los propósitos, pero en nuestro caso, al menos en el mío, la motivación ha sido reescribir nuestra propia historia. Hace más de treinta años cometimos todos los típicos errores que una banda puede cometer a esas edades, ahora sabemos perfectamente lo que hacemos y tenemos más control sobre ello. Creo que nuestro público está ahora más abierto a lo que hacemos, y lo puedes fidelizar mediante el streaming y las redes sociales de una forma que antes no podías. Así que es más cool formar parte de The Dream Syndicate ahora que hace treinta años.

 

«Nunca hemos sido una banda que ponga las cosas fáciles. Supongo que eso es lo que hace que podamos encajar con estos tiempos»

 

Vuestro sello, ANTI, ¿no os puso ninguna objeción al escuchar por primera vez The universe inside?
Justo al contrario [risas]. Es un gran sello. Cuando firmamos con ellos, hace tres o cuatro años, eran mi primera elección. Contactó con nosotros el jefe de la discográfica, teníamos amigos en común. Antes del disco, hablando con él por teléfono, le dije: «Escucha estas tres canciones que te voy a enviar». Eran cortas, pegadizas, más de rock and roll tradicional, lo que esperaba que querían escuchar. Y me dijo: «Están bien, me gustan», pero luego me dijo que los grupos siempre le mandan sus tres canciones más breves y con más posibilidades comerciales, y que él quería escuchar el material más extraño. Entonces le confesé que, en su momento, no me atreví a enviarle la canción “How did I find myself here” (del disco homónimo de 2017), que en principio duraba casi 20 minutos (luego quedó en 11), porque pensaba que no sería una buena forma de presentar el disco. Mantenemos desde entonces una buena amistad. A Andy Kaulkin, el capo de Anti, le encanta el afrobeat, Miles Davis y toda esa clase de música. Estuvo al corriente del proceso de creación del disco. De lo que hacíamos, de cómo sonaba… y no paró de decirme: «Salid más afuera. Haced lo que sintáis. No os cortéis». Eso nos dio ánimos. Nunca pensamos en que debíamos satisfacer a nuestro sello discográfico. O, mejor dicho: la mejor forma de hacerlo es ser nosotros mismos.

 

Todo un privilegio, tratándose de una discográfica con tan amplia distribución, ¿no?
Sí, y es algo que no teníamos en los ochenta. Entonces lo hacíamos lo mejor que podíamos, y queríamos sobrevivir y seguir haciendo discos, pero las opciones eran más limitadas. Si este mismo disco lo hubiéramos hecho en 1985, no hubiera habido un sello para ponerlo en la calle. Nadie hubiera apostado por él.

 

¿En qué medida estas canciones son fruto de la improvisación en el estudio?
Tiene mucho que ver. Cuando trabajamos en el último disco, una noche, a eso de las doce, Stephen McCarthy de los Long Ryders se pasó por el estudio, porque vive allí, en Richmond (Virginia), y nos propuso hacer una especie de jam. Algo muy habitual entre músicos, nada especial. Tocamos unos noventa minutos, hasta que encontramos una especie de groove que nos gustó, y pensamos que simplemente sería algo a lo que volver alguna vez como una forma de divertirnos. Al cabo del tiempo, pensamos: «¿No sería interesante rescatar ese material salvaje y tan en bruto y malearlo, retorcerlo, sumarle cosas y hacer como lo que hacía no solo Miles Davis, sino también Brian Eno con los Talking Heads, y darle alguna clase de estructura?». Cuanto más nos metíamos en ese proceso, más nos gustaba. Así que lo que nació de forma no intencionada, como una jam, se convirtió en algo completamente diferente.

 

¿Cómo fue el trabajo de John Agnello a la producción? ¿Tuvo que meter algo de tijera para que los cortes fueran algo menos largos y más concisos respecto a la idea inicial?
En realidad, John estaba con nosotros cuando grabamos desde un principio y ya había producido nuestro anterior disco, y estuvo también grabando con nosotros esa jam inicial. Él fue el primero que sugirió dividirla en distintas partes, aquellas que se parecían más a lo que sería una canción, pero luego ya no estuvo. Un año después fuimos solo Adrian Olsen (ingeniero de sonido y productor) y yo los que, como un par de científicos locos y sin consejo por parte de John ni de nadie de la banda, terminamos el trabajo. Adoro a mis compañeros, somos grandes amigos y nos gusta el mismo tipo de música, pero a veces, cuando trabajas en una banda, tienes esa especie de rara democracia en la que por ti mismo das con algún hallazgo que a nadie más dentro de ella le gusta. En esta ocasión el resto nos dio libertad para que pudiéramos darle al disco la forma que tiene, sin cuestionar continuamente hasta qué punto nos gustaba o no. Adrian y yo fuimos a por ello. Y afortunadamente, cuando estuvo acabado, a todos les encantó.

 

¿Podría decirse que este disco es más un estado mental que una colección de canciones al uso?
Es una buena forma de verlo. Es como un disco con el que meditar, como un viaje. Creo que funciona bien de muchas maneras. Puede hacerlo como música de fondo, me parece bien, pero la mejor forma de disfrutarlo es ponerte unos buenos auriculares, cerrar los ojos, apagar el teléfono y dejarte llevar. Yo lo hecho mucho con este disco. Es una invitación a dejar que tu mente viaje a otro lugar completamente diferente. Por decirlo de otra forma: no creo que ningún músico del mundo vaya a hacer una versión de ninguna de estas canciones. A lo mejor me equivoco y he de comerme mis palabras algún día [risas], y ojalá ocurriera, pero esto no es como un puñado de canciones de los Beatles que puedes tocar en un Holiday Inn mañana.

 

¿Os influyó alguna sustancia?
¿Te refieres a drogas?

 

Sí, básicamente.
Bueno, todos tenemos nuestra historia [risas]. Todos hemos disfrutado de algunas drogas y hemos disfrutado de música cuyo disfrute era mucho mayor cuando estás colocado. Todos lo hemos experimentado, está en nuestro ADN. No estábamos bajo los efectos de ninguna sustancia alucinógena en el momento de hacerlo, en todo caso lo dejamos para cuando el trabajo ya está hecho, pero es algo que siempre está ahí.

 

Describes “The regulator”, el primer corte, que dura 20 minutos y es el que marca la tónica, como un «viaje psicodélico por Nueva York, panorámico, sonámbulo y político». ¿En qué sentido crees que es político?
Hacer música como una declaración psicodélica de intenciones es ya político de por sí, es caminar fuera del mainstream. Pero incluso la letra de la canción va sobre luchar con la figura del regulador. Los reguladores son quienes te restringen, quienes no te dejan ser como crees que debes ser. Pero claro, la combinación de las palabras con la música es la que expresa todo su significado. Es una apuesta por la ausencia de reglas. Por la anarquía. Especialmente en estos tiempos, en los que todo cambia muy rápidamente. Es difícil pronunciarse sobre algo que esté en los titulares de las noticias, porque en el momento en el que el disco se publica, los titulares ya han cambiado por completo. No había pandemia cuando terminamos este disco. Entonces no podíamos ni imaginar que ocurriría algo así. Por eso en este disco, al igual que el anterior, hemos tratado de reflejar, o más bien de rebelarnos, contra esta ansiedad que domina el mundo. Nunca hemos sido una banda que ponga las cosas fáciles. Pero supongo que eso es lo que hace que podamos encajar con estos tiempos.

 

Es cierto lo que dices, la realidad cambia a tal velocidad que resulta muy impredecible. De hecho, uno de los valores añadidos de este disco es que su sonido puede ser visto, de forma totalmente involuntaria por vuestra parte, como un reflejo de esa sensación de borrosa irrealidad que nos rodea estos días, ¿no?
Completamente. No fue intencionado. Todo en este disco fue asombrosamente fácil: sin conflictos, de una forma muy natural, aprovechando las primeras tomas, teniendo en cuenta que el impulso más inmediato era el correcto. Y no siempre es así. El único aspecto en el que surgieron dudas fue con el título, porque teníamos varias opciones y no nos poníamos de acuerdo. Al final ganó el que tuvo más votos, The universe inside, se llama así porque es el nombre de uno de los cuadros del mismo artista que ha hecho la portada. Es un buen título, y tal y como han ido sucediéndose las cosas, creo que es perfecto para un momento como este. Puedes llamarlo suerte pandémica, si es que algo así es posible [risas]. O “The longing”, una canción que habla sobre algo tan universal como es echar de menos algo, o de cosas sobre las que creías que tenías algún control, y acaba encajando muy bien con lo que vivimos ahora porque habla sobre esa sensación de pensar que sabes lo que va a ocurrir con tu vida hasta que te das cuenta de que no tienes ni idea. Así estamos.

 

¿En qué medida crees que esta segunda etapa de The Dream Syndicate está marcada por la guitarra de Jason Victor, que no estaba con vosotros en los ochenta?
Si no fuera por Jason, no habríamos continuado tras esas dos primeras giras que hicimos hace ocho años. No es solo que encaje perfectamente con nosotros, es que además nos ha llevado a un lugar nuevo. Es uno de los mejores guitarristas que he conocido nunca, pero es que además no es nada ostentoso. Le gusta usar los sonidos y las atmósferas para crear un estado de ánimo como de banda sonora, y eso ya de por sí es una gran influencia. Además era un gran fan de The Dream Syndicate, conocía nuestra música, sabía quienes éramos y tenía opiniones muy seguras sobre lo que creía que era bueno y no tan bueno para la banda, sobre qué era lo que mejor nos sentaba. Algunas veces no estábamos de acuerdo con sus opiniones, pero nos ha servido como si su voz fuera nuestra conciencia. Es más joven que nosotros, se daba cuenta de eso. Al decírnoslo, nuestro primer impulso era pensar: «¿Cómo te atreves a aconsejarnos eso? ¡Somos The Dream Syndicate!». Pero luego, en cuestión de diez segundos, nos dábamos cuenta de que tenía razón y nos tocaba dársela [risas].

 

«Ese ruido inexplicable y esa poesía tramposa que trata de elevarse sobre todo ello sustenta nuestra fórmula»

 

Esa visión externa siempre viene bien, ¿no?
Externa e interna al mismo tiempo, porque él tenía esa perspectiva porque además toca con nosotros. La química en la banda es buenísima. Tienes a Dennis (Duck, batería) y a Mark (Walton, bajo), que son quienes hacen que seamos lo que somos, y son quienes diferencian a The Dream Syndicate de mis proyectos en solitario, pero Chris (Cacavas, teclista) y Jason (Victor, guitarra) son quienes se encargan de dar la atmósfera, el tono, como de banda sonora imaginaria, y es esa combinación, ese ruido inexplicable y esa poesía tramposa que trata de elevarse sobre todo ello, la que sustenta nuestra fórmula. Nuestra fórmula del siglo XXI [risas].

 

Creo que debajo del escenario se nota. Siempre me ha llamado la atención en tus directos que la energía apenas merma, pese al paso de los años, y en los dos últimos conciertos que os he podido ver a The Dream Syndicate en Valencia, el año pasado y hace ocho años, lo he visto así.
Quizá no debería decir esto, pero el concierto de Valencia fue el que peor sabor nos dejó de toda la última gira [risas]. Y no debería decirlo porque puede que la sensación del público no fuera la misma, pero las cosas no salieron tan bien como otras noches. Creo que somos muy buena banda en directo, pero aquella noche tuvimos algunos problemas [risas].

 

Creo que tu opinión fue compartida por más gente. Yo estaba muy cerca del escenario y me pareció muy buen concierto, pero otra mucha gente, sobre todo la que estaba en el tramo de la sala más alejado del escenario, no lo vio así. Se quejaron del sonido.
Creo que tienen razón. Fue de esas noches en que las cosas no salen del todo bien. Problemas con el equipo… nuestro técnico de sonido lleva trabajando con nosotros ocho años, pero tuvo algunos problemas. Fue de esas noches en que te gustaría empezar el concierto de nuevo desde el principio. Si estabas cerca del escenario, hiciste bien, porque es el mejor sitio para colocarte cuando pasan estas cosas. Dimos un gran concierto la noche antes en Madrid, y otro gran concierto la noche después en Bilbao, dos de los mejores de toda la gira. Y luego nos sentimos como diciendo “Oh, por favor, ¿podemos repetir el concierto de Valencia? [Risas] Volveremos. Quién sabe cuándo, pero volveremos. Nuestra carrera siempre se ha sustentado en la experiencia del directo, en la conexión con el público. Si te dedicas a tocar siempre las mismas canciones y de la misma forma, noche tras noche, el directo es solo una forma de vender tu producto. Pero para nosotros cada noche es una experiencia distinta. Siempre ocurre algo diferente a la noche anterior, y eso es muy excitante. Te hace desear que llegue pronto el siguiente bolo. No haber podido tocar este nuevo disco aún en directo nos resulta muy frustrante, pero bueno, esto no va a durar para siempre. Cuando podamos volver a subir a un escenario nos va a parecer lo más grande que nos puede ocurrir. Como estar en el paraíso.

 

De hecho, siempre lo dais todo sobre el escenario. En tus conciertos en solitario también he tenido esa sensación, independientemente de que luego las cosas salgan mejor o peor.
Así funcionaban las bandas que me gustaban cuando era un crío. Una de las razones que impulsó el nacimiento de The Dream Syndicate fue un concierto al que acudí en 1978 con Kendra Smith, cuando éramos amigos, ella ni siquiera tocaba conmigo aún. Fuimos a ver a Bruce Springsteen. No era aún la estrella del rock mundial en que se convirtió luego. Fue una revelación. Era ver a alguien que lograba ir más allá de los límites de lo que se supone que una banda de rock puede hacer. Y hacerlo tan personal, tan grande y tan mítico. Espontáneo solo en apariencia, porque estaba claro que el guion de la actuación ya estaba escrito, pero haciéndote creer que no. Fue una gran influencia, te transmitía la sensación que de tú también podías hacerlo. Para mí, lo más importante de tocar en directo es conectar con el público, y eso cambia segundo a segundo. Tienes que estar atento, comprometido, sintiendo cada segundo, y es algo que siempre he disfrutado y aún disfruto. Hay veces en las que, ante públicos menos numerosos, la gente está como cohibida, sientes la sala más vacía y tienes que esforzarte más para que todas las conexiones funcionen. Estar dos horas sobre un escenario sin lograr que el público se meta en tu concierto debe ser un trabajo horrible. La mayoría de los conciertos, con salas prácticamente llenas y la gente entregada desde el principio, eso es lo fácil. Es como subirte a un caballo y seguir cabalgando. Pero cuando ocurre todo lo contrario puede llegar a ser más emocionante aún, porque es como un ladrón intentando un allanamiento de morada. ¿Cómo puedes abrirla? Usas todas tus armas, y toda la experiencia acumulada a lo largo de toda tu historia, para dar con las llaves que abran esa puerta. Sea cual sea tu trabajo, la mayor parte de la gente trata de resolver aquello que se le resiste porque no funciona bien, ya seas un carpintero, un reparador de coches… y si es algo que te apasiona, cuando das con ello es emocionante. Para mí es igual: cuando llego a un local, lo primero en lo que pienso es «¿Cómo voy a hacer que esto funcione?» No siempre se logra, claro.

 

No te voy a preguntar por Miles Davis, ni por Can ni por el rock ácido, sino por si hay alguna música más nueva que hayas descubierto recientemente.
Sí, siempre trato de escuchar cosas nuevas, cuando me preguntan por ello siempre me quedo en un limbo y me cuesta recordarlo. A veces las descubro de gira. Hay una banda muy buena en Portland, Eyelids. O Chris Forsyth, que es de Philadelphia, un gran guitarrista. Incluso cosas mucho más antiguas, a las que no había prestado mucha atención. Estos días de confinamiento he escuchado mucho jazz. A Herbie Hancock, por ejemplo, a quien siempre había considerado más mainstream de lo que en realidad es: tiene discos de principios de los setenta que son fantásticos. Siempre estoy buscando cosas nuevas, no soy la clásica persona que siempre escucha el mismo disco de los Rolling Stones.

 

¿Crees que saldremos mejores personas cuando todo esto acabe, como dicen algunos?
Creo que tenemos el potencial. Creo que podemos ser mejores personas, pero tengo más dudas acerca de si nuestros sistemas políticos estarán también a la altura de esa mejora. Eso lo veo más complicado.

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