Sur en el valle, de Quique González

Autor:

DISCOS

«Ejecutado conscientemente sin virtuosismos innecesarios, pero tremendamente bello en la suma de esas partes aparentemente sencillas»

 

Quique González
Sur en el valle
CULTURA ROCK RECORDS / VARSOVIA RECORDS!!, 2021

 

Texto: JAVIER ESCORZO.

 

Cinco años han pasado desde el último disco de canciones enteramente propias de Quique González (Me mata si me necesitas, 2016). Entre medias publicó Las palabras vividas (2019), en el que ponía música a diez poemas de su amigo Luis García Montero, y ahora ve la luz Sur en el valle. El título hace referencia al lugar en el que ha sido compuesto el álbum, esos valles pasiegos en los que el madrileño se instaló hace ya diecisiete años, cuando escribió aquello de «al arder la rama / las estrellas ardieron también», que, en realidad, no era una figura literaria sino la descripción real de una noche junto a una hoguera en su por entonces recién estrenada vida campestre. Los discos de Quique nunca han sido meros ejercicios de estilo: han plasmado fielmente la vida de su autor. Por ello, ahora resulta evidente hasta qué punto esos paisajes cántabros han influido en los siete trabajos que ha escrito mientras vivía allí, en los que, salvo excepciones, han predominado los sonidos acústicos y relajados sobre la electricidad desatada (la excepción podría ser Avería y redención, de 2007, pero este fue concebido en un viaje a Argentina junto a otros músicos españoles). En ese sentido, Sur en el valle incide en esa veta reposada que siempre ha cultivado. De hecho, es uno de los que más se adentra en ella, quizás junto a Daiquiri blues (2009) y el ya mencionado Las palabras vividas.

«Dame fuego». Esa es la primera frase de la primera canción del disco (la que, además, da título al mismo). Con ella se inicia un rosario de peticiones que Quique hace, quién sabe si a ese viento del sur que, según dicen, es capaz de trastornar a los lugareños, quién sabe si a sí mismo. Y el fuego llega, pero en este caso se trata de un fuego lento; lo escuchamos crepitar entre la guitarra acústica, el bajo, la muy precisa guitarra eléctrica, la batería, el Hammond y los coros de Nina, que canta en cuatro cortes (su compañero en Morgan, el exdetective David Schulthess «Chuches», se ocupa de los teclados en seis canciones). Por las mismas coordenadas transita “Lo perdiste en casa”, con instrumentación similar, aunque con una guitarra eléctrica que va diluyéndose hasta desaparecer por completo en la siguiente, “Amor en ruta”, que hace de los sonidos acústicos su santo y seña. En realidad, no se trata tanto de si hay más o menos electricidad, sino de la manera en la que han tocado los instrumentos: relajadamente, con tranquilidad, casi con parsimonia, cuidándose mucho de que cada uno tenga su propio espacio. Así, el oyente, además de verse contagiado por esa sensación de serenidad, puede apreciar los pequeños detalles de las guitarras, los susurros del órgano o los suaves latidos del contrabajo.

Eso hace que la escucha sea más contemplativa, y a ello ayudan también las letras, que, más que contar historias, describen sensaciones y paisajes («ves las columnas de humo de las fábricas abandonadas», «el rumor de las olas en tu itinerario»…). Como ha explicado el propio Quique, en este álbum el lugar en el que se desarrolla la acción es tan importante como la propia acción. En cualquier caso, el tono no es todo lo bucólico que pudiera parecer a simple vista y, además de lo expuesto, encontramos también cierta gravedad existencialista sobrevolando los textos, mostrándose en personajes que necesitan ayuda, que luchan contra la máquina del tiempo, que se tiran a matar y que no pueden más. Palabras duras envueltas en sonidos amables, como sucede en “Tornado” («se está poniendo crudo / te duelen las pestañas / lo dices sin estar seguro / te gustaría estar como si no hubiera pasado nada»). La primera parte del disco se cierra con “Jade”, golosina marcada por el ritmo sincopado de su estribillo y los efluvios saltarines del Hammond.

“Luna de trueno”, la encargada de abrir la cara B del vinilo, muestra el sonido más frío y cortante de todo el trabajo, en gran parte gracias a la guitarra eléctrica, que es aquí donde más se explaya. Vuelve después la placidez acústica con “Alguien debería pararlo”, en la que el autor podría estar advirtiéndonos de que no ha tirado la camiseta del rock and roll, sino que la guarda bien doblada en su armario y en cualquier momento podría volver a ponérsela (entendiendo el rock and roll como algo más acelerado y descarnado, porque, evidentemente, esto no deja de ser también rock and roll; más pausado y reflexivo, escorado hacia el folk y hacia el country si se quiere, pero rock and roll al fin y al cabo). Tras “La tripulación” y “Puede que me mueva”, que comparten las claves estilísticas del resto del disco, llega “Los amigos se van”, situada casi al final por ser, quizás, la canción más arrastrada del álbum, tanto por lo que dice como por cómo lo dice, con Quique bordando su interpretación con tono doliente y quejumbroso.

Pero este Sur en el valle no podría cerrarse con un tono tan desolado, y al final se incluye “No es verdad”, unos versos de Kirmen Uribe sobre el paso del tiempo a los que Quique puso música hace ya bastantes años. Una pieza que ya había presentado en directo en giras anteriores.

Así pues, estamos ante un trabajo de digestión lenta, con muchos detalles por descubrir y paladear. Ejecutado conscientemente sin virtuosismos innecesarios, pero tremendamente bello en la suma de esas partes aparentemente sencillas. No tan inmediato como Me mata si me necesitas, aunque más ligero que Las palabras vividas. Sur en el valle nos devuelve al más inspirado y reflexivo Quique González. ¿Una de sus mejores obras? Sin duda. Aunque claro, con esto pasa como con ese chiste que se contaba en las provincias con equipos de fútbol modestos cuando Messi iba a dejar el Barcelona: «Dicen que Messi viene a Osasuna. No me parece mal, es un muy buen jugador, pero claro, ¿a quién quitas?». Salitre, Kamikazes, La noche, Avería, Daiquiri, Me mata… Con semejante alineación, ¿cuál quitas?

Anterior crítica de discos: Everything louder forever, de Motörhead.

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