Soundgarden: “Superunknown” (1994)

Autor:

OPERACIÓN RESCATE

“‘Black hole sun’, la canción que les disparó en las listas de éxitos, tiene una melodía irresistible, es oscura, es pegadiza”

 

En 1994, la banda de Chris Cornell subió como la espuma gracias al éxito de “Superunknown” y su célebre hit, ‘Black hole sun’. Pero, tal y como recuerda Fernando Ballesteros, aquel disco contenía muchas otras joyas.

 

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Soundgarden
“Superunknown”
M RECORDS, 1994

 

Texto: FERNANDO BALLESTEROS.

 

Habían pasado muchas cosas desde la publicación de su anterior disco cuando, en marzo del 1994, Soundgarden rompieron su silencio y editaron su colección de canciones más esperada. Y existían muchos motivos que multiplicaban esa expectación.

Para ponernos en situación, hay que recordar que lo que se avecinaba era el cuarto elepé de un grupo que había publicado “Ultramega OK”, el ya aclamado por la crítica “Louder than love” y el sobresaliente “Badmotorfinger”, y que contaba con una sólida base de fans. Habían girado por todo el mundo y teloneado a las bandas más taquilleras, pero faltaba algo, el gran salto comercial, y daba la impresión, por todo lo que había sucedido con sus vecinos Nirvana, de que era el momento.

Las miradas estaban puestas en un grupo en cuyo seno las cosas también se habían movido. Su vocalista, Chris Cornell, había montado tres años atrás Temple of the Dog, un supergrupo que le sirvió para homenajear a su amigo Andy Wood y que le hizo crecer musicalmente al tiempo que contribuía a expandir los caminos de la banda madre de cara al futuro.

Con todo, y teniendo en cuenta también que ya había hecho alguna excursión en solitario, como la incluida en la banda sonora de “Singles”, no era el único que se había movido al margen del grupo: la base rítmica, el bajista Ben Shepherd y el batería Matt Cameron, también habían dado rienda suelta a sus inquietudes más ocultas en Hater. Todo ello enriqueció el sonido de Soundgarden: esa es una de las principales conclusiones que algunos sacamos cuando, por fin, escuchamos “Superunknown”.

Hubo que vencer alguna decepción, eso si. La principal, la ausencia de Rick Rubin. Mucha gente había dado por hecho que el hombre de moda, el que convertía en oro todo lo que tocaba iba a trabajar como productor del disco y finalmente no fue así. En su lugar, Michael Beinhorn fue el encargado de los controles y una vez escuchado el resultado, no había motivo para la queja.

El conjunto es mucho más variado que en sus anteriores obras, pero dominan los riffs que parecen esculpidos en piedra y Cornell, ya sin melena, continuaba en el centro de la escena, demostrando que su garganta no parecía conocer límites. Para comenzar a ponerlo de relieve, nada mejor que una puesta en acción con ‘Let me drown’ y ‘My wave’, dos muestras perfectas de lo que eran Soundgarden.

 

 

‘Fell on black days’ comienza con el reposo y el sabor de algunas de las mágicas piezas de Temple of the Dog, con uno de esos textos tristes y oscuros de Chris. ‘Mailman’ recupera las atmósferas opresivas tan dedudoras de Black Sabbath, y en ‘Superunknown’ Cornell se deja la piel en una interpretación al límite, mientras que la psicodelia de ‘Head down’ parece alimentarse de las aventuras fuera de casa de Cameron y Sheperd en Hater.

Dicen que Kurt Cobain era capaz de conjugar la influencia de Black Sabbath con la de los Beatles con todo el descaro, y son precisamente esas dos referencias las que se me vienen a la cabeza al escuchar ‘Black hole sun’. Para el mismísimo Dave Grohl, este tema es la conjunción perfecta de esos dos sonidos. La canción que les disparó en las listas de éxitos tiene una melodía irresistible, es oscura, es pegadiza. Es un clásico. 

 

 

‘Spoonman’ fue, sin llegar a los niveles de ‘Black hole sun’, otra buena elección como single (el primero) y la constatación de que Soundgarden estaban destinados a subir unos cuantos escalones de popularidad con este disco.

El ritmo lento de ‘Limo wreck’ es una escalada de intensidad brutal en la que la guitarra de Kim Thayil hace de las suyas. Otra de esas locuras que un fan podía esperar de los Soundgarden de 1994. Como ‘The day I´ ve tried to live’ melodía acompañada de una colección de enérgicos riffs que van ganando peso según avanza el minutaje hasta acabar en clímax.

‘Kickstand’ es lo más punk del disco: llegados a este punto, Soundgarden querían recordar que también saben pisar el acelerador. »Fresh tendrils’ no es gran cosa, seguramente esté entre lo más prescindible de “Superunknown”, como sucede con ‘Half’, más allá de la curiosidad y del peso que cobra en su sonido el trabajo de Brad Sheperd, pasará a la historia como uno de los momentos álgidos del álbum.

Sin embargo, ‘4th of July’ sí que es uno de esos números mágicos de Soundgarden. Seguramente, oscuridad sea la primera palabra que se te viene a la cabeza al escucharla. Las tres siguientes, en mi caso, fueron Alice in Chains. En una hornada de grupos que compartió etiquetas y escena, a pesar de que en muchas ocasiones tenían muy poco en común, Layne Stanley y los suyos sí que habitaban territorios, por momentos, cercanos a los de la banda de Cornell y este es el mejor ejemplo.

‘Like suicide’ encoge el corazón, sabiendo lo que iba a terminar sucediendo con Chris. Si era un acierto comenzar a tumba abierta con los dos cortes iniciales antes citados, no lo era menos cerrar con la fuerza de ‘She likes surpises’. En definitiva, una colección monumental de canciones. Lo mejor que habían hecho hasta ese momento y una cima creativa que nunca volverían a alcanzar. 

 

 

Cierto es que su siguiente asalto, “Down on the upside”, también alcanzaba un gran nivel, pero a partir de ese momento, no abundaron las buenas noticias para los fans de Soundgarden. Tras la separación, ni las aventuras en solitario de Cornell, ni Audioslave, ni la posterior vuelta de la banda vivieron un momento tan redondo como el de “Superunknown”. Y sí, hubo pasajes en los que costó mucho reconocer al dios de las tablas que grabó discos como este o “Badmotorfinger”.

Hoy, un año y medio después del triste final de Chris, es un buen momento para olvidar los pasos en falso y volver a recordar una obra mayúscula.

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