¡Shazam!, de David F. Sandberg

Autor:

CINE

«Una valiosa e interesante incorporación a un género cuya capacidad para evitar la saturación no nos deja de sorprender»

 

¡Shazam!
David F. Sandberg, 2019

 

Texto: Elisa Hernández.

 

De la misma manera que hoy miramos hacia atrás e identificamos los miedos y ansiedades sociales de los años cuarenta con la edad de oro del cine negro y los de los años cincuenta con el auge de cierta ciencia-ficción de corte paranoico, quizás sea posible vaticinar que el tipo de filme que será capaz de describir el presente no sea otro que el cine de superhéroes. Lo que nos pueden decir estas obras sobre el momento contemporáneo, solo el tiempo lo dirá. Mientras tanto, y como ha ocurrido con tantos otros géneros a lo largo de la historia del cine, podemos disfrutar del crecimiento y desarrollo del cine de superhéroes a tiempo real.

¡Shazam! no es un ejemplo de experimentación ni un ejercicio de enorme originalidad, pero sí que se aleja de la seriedad y oscuridad a las que tendieron los filmes del universo cinematográfico DC bajo el control de Zack Snyder. Volviendo a la inocencia, franqueza y sencillo encanto de algunas de las primeras adaptaciones de superhéroes nacidos en el papel a la gran pantalla, el tono de ¡Shazam! (la película) encaja a la perfección con las propias características de Shazam (el personaje). El adolescente Billy Batson (Asher Angel) se escapa continuamente y cree que es mejor no confiar en nadie. Cuando un mago le otorga sus poderes, Billy adquiere la habilidad de transformarse en un adulto superhéroe (un ingenuo y cándido Zachary Levi) con solo gritar “¡Shazam!”. Con la ayuda de otro de los jóvenes de la casa de acogida donde reside, el fan de Superman y Batman Freddy (Jack Dylan Grazer), Billy explora su recién adquirido potencial. Donde la excesiva inmadurez de algunos superhéroes ya adultos resulta cansina e infructuosa a la hora de generar contenido humorístico, Shazam es, como era Tom Hanks en Big (Penny Marshall, 1988), un niño atrapado en un cuerpo cuyo poder (y las responsabilidades que dicho poder conlleva) le abre un enorme universo de oportunidades, de diversión, de una curiosidad, emoción e ilusión infantiles que resultan tremendamente contagiosas gracias sobre todo a la dinámica que se establece entre los tres intérpretes principales. Freddy funciona como un excelente nexo entre Billy y su nuevo alter ego, y las escenas en que investigan lo que puede o no puede hacer compensan las partes del filme que recurren a ciertos clichés algo manidos.

Desequilibrada en estructura narrativa (un prólogo quizás demasiado extenso, una sección central decididamente sublime, un tercer acto quizás demasiado confuso), lo mejor de ¡Shazam! parece ser la construcción de personajes secundarios que enriquecen al protagonista en lugar de funcionar como planos apoyos que hacen avanzar la trama. Esto es lo que hace que la propia evolución de Billy y la final aceptación de su nueva (diversa y no biológica) familia adquiera el nivel de sinceridad y carisma que hacen de esta una valiosa e interesante incorporación a un género cuya capacidad para evitar la saturación no nos deja de sorprender.

 

 

Anterior crítica de cine: Nación salvaje, de Sam Levinson.

 

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