Rockola, Discos. 29 de octubre de 2010

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«Mayhem’ rebosa calor y energía, la voz de Imelda tiene garra, es sexy, violenta y autoritaria, contando con el respaldo de un cuarteto que es puro fuego»

Imelda May
“Mayhem”

DECCA/UNIVERSAL

El rock más primitivo, el de los años cincuenta del siglo pasado, y el rockabilly más salvaje están de enhorabuena. Sólo con Nick Curran e Imelda May los viejos géneros tienen energía suficiente como para rejuvenecerse y vivir una nueva eternidad. No sé hasta qué punto retornar al pasado es la mejor manera de avanzar hacia el futuro, pero no cabe duda de que este tipo de músicos están revitalizando el panorama musical de una manera que ya desearían los iconos y debutantes supuestamente vanguardistas. Quizá, esta fórmula antigua pero efectiva, no deja de ser una respuesta a tanto engendro musical prefabricado como el que nos asola estos días.

Por lo que suena en este demoledor “Mayhem”, tercer disco ya de la cantante, nadie diría que Imelda es irlandesa, pues la denominación de origen del artefacto no podría ser más norteamericana. Y desde luego que la chica y su banda entienden de qué van las vibraciones «made in USA». May lleva tiempo con el aura de “next big thing” sobre ella y no extrañaría que finalmente acabara alcanzando el éxito masivo, pues incluso a veces el opio del pueblo acaba por resultar aburrido y hay que buscar otras sustancias, tal como paso con la ya legendaria Amy Winehouse.

“Mayhem” rebosa calor y energía, la voz de Imelda tiene garra, es sexy, violenta y autoritaria, contando con el respaldo de un cuarteto que es puro fuego. Sin duda, uno de los mejores temas es ‘Psycho’, una de las grandes canciones que deja este año que ya va acabando, pero lo cierto es que el disco raya a un nivel muy alto, perfecto para sonar tras el formidable “Reform school girl” de Nick Curran, aunque este siga jugando en una liga por encima.
JUANJO ORDÁS.



Bob Dylan
«The Bootleg series volume vol. 9. The Witmark demos: 1962-1964»

COLUMBIA/SONY

La publicación del primer volumen de las «Bootleg series», en 1991, oxigenó a un Bob Dylan cuasi fundido. Aquel triple nos recordaba su marciana capacidad para facturar incontables gemas y, también, su discutible juicio a la hora de armar los discos, especialmente durante unos años ochenta aciagos, cuando archivó, entre otras mil, ‘Angelina’ o ‘Tell me’. Veían así la luz clásicos instantáneos como ‘Blind Willie McTell’, la autolesiva versión de ‘Idiot wind’ o esa maravilla que es ‘When the night comes falling from the sky’ (sólo de pensar la insulsa toma que incluyó en «Empire burlesque» apetece gritar). Veinte años después, Dylan ejerce como sumo pontífice de la canción americana. Tras reinventarse con burlona energía y regresar al blues y el folk primigenios («Good as I´ve been to you», «World gone wrone»), ha publicado discos monumentales («Time out of mind», «Love and theft», «Modern times») e hilarantes bromazos (los villancicos), fue objeto de un documental canónico a cargo de Martin Scorsese («No direction home») y, claro, acumula ya nueve ediciones de las «Bootleg series». En esta entrega, tras el fascinante e incompleto repaso a sus últimos años que supuso «Tell tale signs», Columbia edita «The Witmark demos: 1962-1964», 47 canciones acompañadas, en edición limitada, por el hasta ahora inencontrable «Live in concert at Brandeis University» (1963). De remate, aparecen por vez primera en CD con sonido monoaural, o sea, como fueron concebidas en el estudio, sus ocho primeras obras, del debut, «Bob Dylan», de marzo del 62, al magistral «John Wesley Harding», de diciembre del 67. Poco que añadir a un periodo en el que pasó de renovar el folk a inventarse el folk-rock y reventar, de paso, todos los códigos del género. Su avasallador perfil de lobo solitario e involuntario pararrayos de la «zeitgeist» colectiva fueron epítome de lo «cool», ardiente modernidad nacida con aroma de clásico inoxidable, una tormenta creativa que acojona.

Las «Witmar demos» muestran a Dylan registrando sus canciones para su editorial (M. Witmar & Songs Publishing Company) a fin de que otros artistas pudieran grabarlas. Un sistema, típico del momento, que se revelerá suculento en manos del joven bardo: de Peter, Paul & Mary a los Byrds todo dios saqueará con resonante éxito aquel brillante repertorio. De paso, las «Witmar demos» liquidan el método, demoliendo lo que fuera el Tin Pan Alley y similares. Tras la nube sulfúrica se consolida el artista que canta y escribe su propio material; sólo en industrias paralelas, como el country o el soul, subsistirán sin deshonra los francotiradores a sueldo.

Estas 47 canciones son ejercicios a pelo, limpias de maquillaje, low-fi disparado por un chaval que todavía no ha cumplido 24 años, tan convencido de la hechicería que despliega que pasa de embellecer resultados. Le sobra con su voz, una guitarra, acaso un piano, para conjurar monstruos, apacentar demonios y acunar tifones. Aquí hallarán versiones recién cocinadas de ‘Blowin’ in the wind’, ‘A hard rain’s a-gonna fall’, ‘Mr. Tambourine man’, ‘When the ship comes in’ o ‘Don’t think twice, it’s all right’. Escuchándolas no puedes sino preguntarte pasmado por la inhumana velocidad de un cerebro en permanente abordaje, pura combustión lírica que viaja de la denuncia social al retrato certero de tipos y usos y de ahí al surrealismo en un frenazo. Dos años serán suficientes para imitar a Woody Guthrie, vampirizarlo y reformular la canción protesta, superarla y transformarse en Rimbaud con gafas tintadas. A su lado, cadáveres de émulos, colegas, maestros, novias y discípulos, churruscaditos en la piscina volcánica. Esencial para completistas, presenta quince canciones nunca publicadas oficialmente; de paso recuerda porqué toda la incipiente aristocracia del rock and roll lo escuchaba postrada. Lo sigue haciendo.

Dicho lo cual, añado: va siendo hora de que Sony explote vetas que no por inexploradas resultan menos gloriosas. ¿Ejemplos? Hummm, una caja que recopile el extenso material acuñado en Woodstock tras el accidente de motocicleta (las magníficas «Basement tapes» son, apenas, frugal aperitivo, y «outtakes» como ‘Sing of the cross’ recuerdan porqué). Tampoco estaría mal un directo de la etapa cristiana, repleta de actuaciones feroces, por ejemplo un doble CD (¿qué tal San Francisco, del 79?) y DVD (¿Toronto 1980? Existe grabación, en cine). O el disco que aparcó tras comprender que no había futuro en ejercer de bardo apocalíptico o enloquecido apóstol. O las cintas originales del «Blood on the tracks». O el fastuoso directo del Supper Club de mediados de los noventa, muy superior al «Unplugged» que entregó a regañadientes a la MTV. O un DVD, por fin, del concierto del Royal Albert Hall del 66, mejor si lo acompañan con el «Eat the document» de D. A. Pennebaker restaurado. O la avalancha de temas que registró con el guitarrista David Brommberg en1992, etc. Si creen que los arcones del viejo artista boquean, aconsejo la escafandra. Bajo las olas contemplarán inexploradas porciones del rutilante, gigantesco iceberg dylanita.
JULIO VALDEÓN BLANCO.



David Bowie
«Station to station»

EMI

“Station to station” es seguramente uno de los discos más olvidados del Bowie de los 70, así que merece la pena darle un repaso ahora que ha aparecido una edición de lujo con un  concierto de la gira y material gráfico, para ver si nos estábamos perdiendo alguna maravilla. Y sí, nos la estábamos perdiendo.

Olviden el contexto en el que se desarrolló la grabación, cargado de un aura de leyenda con drogas, artes malditas y alabanzas al fascismo –quizás las dos últimas más propias del personaje que se invento Bowie para la ocasión: el delgado duque blanco– y vayamos a las letras. Desoladas y crípticas, son la cara contraria a la inmediatez de ‘Heroes’, excepto en la irónica ‘TVC15’, con un regusto de decadencia europea. De hecho, el conjunto de canciones se acerca más que nunca a los parámetros de Roxy Music en este sentido.

Y también se acercan a la banda de Brian Ferry por la música en el piano metrónomo o en los alocados desarrollos de la guitarra de Carlos Alomar con la canción que da título al disco o en el registro de crooner que aparece en la preciosa versión de ‘Wild is the wind’, elegante, recitada, dominando cada nota y cada fraseo, cada quiebro de voz. Bowie hace estremecedor el tema, dolido y a punto de perder la respiración hasta que tras un mesurado crescendo final la canción se va desvaneciendo como humo. Aparte de esto hay muestras de ese funky elegante y cuidado, terciopelo y coctelería, que venía de ‘Young americans’ en ‘Golden years’ y una canción que sólo el olvido puede dejar fuera de una lista de clásicos de Bowie: ‘Word on a wing”, donde la melodía, las voces de sirena y la interpretación resultan de una perfección matemática.

Fue un caso de mala suerte, encajonado entre «Ziggy Stardust» y la trilogía berlinesa, con sólo seis canciones, más dificil en la primera escucha y falto de hits rotundos y de emblemas, «Station to station” parece como si no hubiera existido. Y sin embargo es más real, más duro y más lleno de vida de lo que aparenta.
CÉSAR PRIETO.



Konono Nº 1
«Assume crash position»

CRAMMED DISCS/NUEVOS MEDIOS

El productor belga Vincent Kenis, creador de la serie «Congotronics», descubrió no hace mucho a esta veterana orquesta del antiguo Zaire con dos décadas de actividad. Previo paso por el Sónar de Barcelona, ahora forman parte del epicentro más activo de las músicas avanzadas, cuando su principal baza es el sonido distorsionado de un instrumento tan primitivo como el likembé (metálico piano de pulgar), capaz de llevar hipnóticos trazados ancestrales a la exigente nueva escena del baile. Este es ya su tercer trabajo, del que cabe destacar su acostumbrada y galopante melopea afrodélica, presente en piezas tan largas como ‘Wumbanzanga’, ‘Makembe’ o ‘Konono wa wa wa’, que desafían al planeta con sus cantos tribales y la crudeza de sus percusiones de andar por casa. Pero esta mezcla de música tradicional y electrónica analógica deslumbra involuntariamente por su naturalidad y su aparente estado de diamante sin pulir. No se trata de ningún descubrimiento sino de una constatada realidad de que África se mueve y muy vertiginosamente por delante del resto.
GERNOT DUDDA.



Sal 150
«Sal 150»

AUTOEDICIÓN

Producidos por un prestigioso maestro de ceremonias discográficas como Pemi Rovirosa –Lax’n Busto, Mai Toquem Junts, Whiskyn’s, Baeturia, La Caixa Fosca, Flai, etc.– los tarraconenses Sal 150 debutan con un álbum homónimo de estudio lleno de buenas canciones propias cantadas en español y cuyas variadas influencias sonoras abarcarían un amplio abanico de influencias, desde Led Zeppelin a Celtas Cortos, pasando por Pink Floyd, Kansas, Maná, Gwendal o Fito y Fitipaldis, entre muchas más. Pero no vaya a creerse nadie que este sexteto es una banda de advenedizos que acaba de aterrizar en el panorama musical y que con esta primera entrega musical está haciendo sus primeras armas en el negocio; nada más lejos de la realidad. Sus líderes, Miguel Lara y Rosa Burguera, una especie de Bonnie & Clyde a la catalana, llevan un buen número de años de correrías musicales a sus espaldas y, lo que ahora el oyente ha podido empezar a disfrutar, no es más que el interesante poso creativo que desde hace tanto tiempo llevan gestando.

Doce temas folk-rock-pop originales, que aunque rebosen ingredientes estilísticos de toda índole –como ya se ha apuntado–, resultan frescos y de una digestión pero que muy sencilla gracias a la impecable comunión que exhalan juntos textos y música. Sobre todo el amor, bastante reflexión personal y sutiles dosis de crítica social, constituyen las bazas temáticas escogidas para llenar de contenido esta interesante colección de canciones que nada tiene que envidiar a las de algunos gallitos del cotarro cuyos nombres todos tenemos en la mente y que han logrado triunfar, vete tú a saber por qué.
JAVIER DE CASTRO.



Modelo de Respuesta Polar
“Modelo de respuesta polar”

AUTOEDITADO

Solamente cuatro canciones componen el primer EP de este grupo valenciano. Corto pero de calidad. Un trabajo honesto, sin artificios ni excesos, en el que estos cuatro músicos buscan su hueco dentro del pop rock español. Guitarras limpias, buen ritmo y canciones donde la letra es el epicentro sustancial («Dudé del ser humano / y de todo lo que haría / como en este año van / cuatrocientas recaídas») Otro punto clave es la rabiosa percusión y los formidables pasajes guitarreros que albergan ‘Equilibrio’ o ‘Afinidad inventada’.

Mostrándose tal y como son, ofrecen un CD homónimo donde se refleja el momento puntual en el que se grabaron estas canciones que buscan ser parte de un futuro largo.
CHARLY HERNÁNDEZ.



Anterior entrega de Rockola.

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