Rockola, Discos. 22 de octubre de 2010

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«Belle & Sebastian han perdido algo de calidez en esta evolución hacia una densidad de arreglos e instrumentación y ‘Write about love’ asume un sonido más profesional. Tanto es así que se acercan peligrosamente a lo que en tiempos se llamó música ligera»

Belle & Sebastian
«Write about love»

MATADOR

Hace ya casi quince años, cuando apareció “Tigermilk”, el tono menor, la intimidad y la delicadeza era un riesgo. Y así lo entendió una legión de fans que estaban faltos de estos estímulos en aquella época. Hoy, esos mismos valores son ya convencionales, una marca, algo establecido en la música del XXI; pero no por ello dejan de ser agradables y acogedores.

Belle & Sebastian han perdido algo de calidez en esta evolución hacia una densidad de arreglos e instrumentación y “Write about love” asume un sonido más profesional. Tanto es así que se acercan peligrosamente a lo que en tiempos se llamó música ligera: una cierta volatilidad, melodías acarameladas; lo que se resta en intensidad, se suma en placidez. Aun así, el conjunto y alguna canción como ‘I want the world to stop’ resultan envolventes, cercanas.

Sí, es cierto, resulta convencional, no es lo que esos fans de hace quince años hubieran esperado que hiciese Belle & Sebastian, pero cubre un espectro que había sido abandonado: texturas de sensibilidad verdadera hechas con mimbres ya manoseados. En ‘Little Lou, ugly Jack, prophet John’, por ejemplo, con su solo de guitarra y la voz femenina de Norah Jones, parecen recrearse esas boîtes de los setenta que exigían su media hora de lentas, su romanticismo oxigenante de suburbio.

Al fin y al cabo es un disco múltiple. Lo enmarcan las alegres tonadillas orientales de ‘Come on sister’ y ‘Read the blessed pages’ y los dejes años 60 de la que da título al álbum –un rhythm’n’blues muy dulce en el que colabora la actriz Carey Mulligan, presente en la inmensa ‘An education’– o ‘I’m not living in the real world’, que alía un aire sunshine con una catarata de voces. Quizás lo más Belle & Sebastian sea ‘Ghost of rockschool’, con esos dejes de melancolía a rachas, esos bordados con vientos que parecen nubes, esa espiral. Es un disco diferente de los escoceses, quizás sin canciones que deslumbren, pero muy emocionante.

Por supuesto, también hay detractores que lamentan la deriva estética. Querrían que el grupo les impactase tanto como la primera vez que lo escucharon, pero eso ya es imposible. Otros vendrán –si siguen con sensibilidad musical–, a los que adorar. Belle & Sebastian ya se les han escapado hacia otro cielo menos nuevo, pero con el mismo azul.
CÉSAR PRIETO.



Elton John / Leon Russell
«The union»

EMI

¿Quién hubiera dado un céntimo por Elton John hace apenas diez años, cuando vivía instalado en el museo de los muertos vivientes y tocaba en los cumpleaños de Isabel II? Qué decir de Leon Russell, fastuoso músico de sesión que vivió sus mejores días hace siglos y languidecía tocando en clubes. Contra pronóstico, acaso no tanto si has escuchado los últimos discos del caballero pelado, «The union» muestra a dos viejos piratas facturando contundentes baladas (‘Gone to shiloh’), aporreando teclas (‘Hey ahab’) y cocinando medios tiempos bañados con country brumoso, deudores de aquellos discos paridos en California por la bohemia dorada de los setenta (‘Jimmie Rodgers’ dream’). Entre el lamento gospel (la pálida ‘There’s no tomorrow’), el cuchillo con toques de rythm & blues (ecos de Ray Charles en ‘Hearts have turn stone’) y un rock and roll trotón que por momentos recuerda a The Band (‘Monkey suite’), «The union» reafirma a un Elton John empeñado en recuperar el tiempo perdido mientras te arrulla la voz ronca y barroca de Russell.

Con las tareas de composición repartidas, más la participación de Bernie Taupin, suenan vientos, órganos y escobillas, coros negroides y suntuosos pianos. Recorre su espinazo un fulgor de terciopelo marchito, un fuego frío, mientras escuchamos una recapitulación sin edulcorantes ni afeites, magisterio conservado a pesar de éxitos y olvidos, de las canciones hiperglucémicas que masacraron el repertorio del amigo de Lady Di y el apagón de la estrella de su peludo compadre. Al cabo –recuerda las recientes aventuras del Neil Diamond junto a Rick Rubin–, incluso aquellos a los que dábamos por zombies todavía pueden tapar bocas. No es el «Double-barreled boogie» de Memphis Slim y Roosevelt Skyes, pero funciona. Bravo.
JULIO VALDEÓN BLANCO.



Los Reyes del K.O.
“It’s fiesta time!”

GAZTELUPEKO HOTSAK

Monarcas del pugilismo musical y del blues con una pizca de sangre española, los gallegos Marcos Coll (brillante armonicista) y Adrián Costa (cantante y guitarrista) por fin se atreven a entregar un disco armado con canciones propias. Ya, ya, lo sabemos: hablar de nuevas autorías cuando se trata de ejercitar el blues de resina seca es un eufemismo inocente. Pero ellos al menos reverdecen el palo. Se palpa la década activa de conciertos en salas y festivales de Europa, México y Estados Unidos. Y una formación dúctil y de lujo en la que circulan el pianista alemán Christian Rannmemberg (First Class Bluess Band, Angela Brown, Keith Dunn), el bajista Javi Vacas (Los Coronas, Sex Museum, Vacazul) y el baterista mozambiqueño Carlos Dalelane (en funciones de bajista cuando giran por el mundo). Toda una ONU instrumental, vaya. En especial si al elenco se suman el saxofonista Gary Wiggins o el acordeonista Dwayne Verheyden.

¿Resultado del mejunje? Una suerte de blues multicultural, spanglish y deslumbrante, como la madera recién barnizada. Los años de residencia y aprendizaje en Berlín contribuyen al aplomo infranqueable de la dupla. Nutren los temas con la pulsión rítmica del funk, aromas fronterizos de tex-mex y el salero del boggie y el R&B. Destacamos ‘Belleza de barrio’, la composición más personal y alejada de los cánones del proyecto hasta la fecha (la firma, curiosamente, Javi Vacas), cantada con la colaboración de Lichis. Por la senda de la latinidad pueden encontrar un interesante espacio y su elemento diferenciador.
EDUARDO TÉBAR.



Julio de la Rosa
“La herida universal”

ERNIE RECORDS

Julio de la Rosa es un compositor escondido, secreto, que canta al amor y a otras emociones, usando el sentimiento como tinta, la piel como papel. De origen jerezano, es en Madrid donde hace su carrera y donde conformó El Hombre Burbuja. Pero de esto hace mucho tiempo, pasan los años y en este su cuarto disco en solitario se apropia de Pau Roca o Diego Galaz –La Habitación Roja y Mastretta respectivamente– o de Jesús Chumillas de Amigos Imaginarios, para construir el que dicen que es su mejor disco.

No me atrevo a afirmar la premisa, pero constato que la canción que lo abre, ‘Uno’ tarda en entrar, pero cuando lo consigue saluda al ánimo con una densidad de abrazo. Una voz grave y una desgana que son el justo punto de inflexión entre Décima Víctima y el Aute primitivo, el más lacónico y abstracto. Y a partir de ella se despliegan quince canciones más que demuestran una amplitud de criterios estimulante y ejemplar.

Básicamente se centran en una introspección con su punto de serenidad o en un jolgorio costumbrista, así son ‘Las camareras’, vestales que acogen al cantante y curan sus heridas amorosas, o ‘Tan amigos’, imagen de lo que sucede si se llega más allá. La parte introspectiva se recoge en ‘El temporal’, con su letra que explora la naturaleza desde lo hondo. Y más allá de estas dos líneas –y del amor como motivo central del disco– juega a vestir alguna otra melodía de bossa nova o de ese aire flamenco y extraño que conseguían Claustrofobia en la atrayente ‘No me mires con los ojos’.

Un consejo: no se queden en las primeras escuchas, hay que dejar reposar las canciones, es entonces cuando arañan.
CÉSAR PRIETO.



Charles Pasi
«Uncaged»

AUTOEDICIÓN

Como auténtica bocanada de aire fresco para este excesivamente aburrido y tedioso panorama musical nos ha supuesto el descubrimiento de la música del francés Charles Pasi o, lo que es o mismo, ponernos algo más al día de lo que se está cociendo en una capital siempre cosmopolita como París. Decir que este joven fenómeno actúa regularmente acompañado de tres instrumentistas de tan rabiosa juventud como la suya y que en su, aún escueto, currículum artístico cuenta con un par de álbumes bien tratados por la crítica local aunque inéditos todavía entre nosotros, habiendo tenido tiempo, además, para colaborar con varios artistas paisanos de relumbrón, incluida la «fashion» Carla Bruni, «partenaire» del «premier» francés.

Este pasado verano estuvo entre nosotros con el fin de dar a conocer su buen hacer artístico y las canciones de «Uncaged», su última y más sincera entrega musical. Un álbum la mar de convincente que encierra un repertorio bluessy con toques funk, intenso, seductor y embriagadoramente emocionante con el que este tenaz compositor, armonicista y cantante galo está demostrando una madurez artística impropia. Pese a que junto a su grupo de acompañamiento tanto en vivo como en estudio, Pasi destila en lo estético un aspecto extremadamente juvenil y en lo musical un desparpajo interpretativo que alertarían sobre una eventual conexión argumental a la francesa con bandas teenager estilo Jonas Brothers, lo que en realidad se encuentra el escucha de sus discos o el espectador de sus directos es un auténtico desparrame musical basado en un dominio envidiable de la harmónica y en la interpretación en inglés con innegable acento negroide de un montón de meritorias composiciones originales propias. Escuchar con los ojos cerrados gemas como ‘Wild it up’, ‘Lost generation’, ‘So long Sonny’ o sobre todo, ‘Better whith butter’, podrían hacernos pensar que el artista de quien hemos estado hablando es algún recién llegado de Bâton Rouge o de la mismísima New Orleans.
JAVIER DE CASTRO.



Íñigo Coppel
“El hombre que mató a Íñigo Coppel”

LUCINDA RECORDS

¡Extra, extra! El segundo álbum del mítico músico de Getxo ha visto la luz y se llama “El hombre que mató a Íñigo Coppel”. El que fuera componente de Zodiacs ya dio uno de sus golpes de efecto en 2007, con el disco titulado de manera victimista “Perdón por existir”. Ahora viene ahondando en la lírica estadounidense como ya hiciera anteriormente, pero en esta ocasión sus llaves maestras son la oscuridad al más puro estilo «outsider» y la producción de José Nortes. Sin olvidar la aparición estelar de Ignacio Garbayo (Zodiacs).

¿Y las canciones? Más que maduradas y de tonos dispares dentro del rock, estas diez piezas esgrimen más de una historia gamberra (‘Nostradamus no me jodas’), letras de redención (‘Anoche hablé con Jesús’), algo de sordidez arrabalera (‘Mi perdición’) y la dylaniana (que no dylanita), atención: ‘Blues hablado sobre el mayor fan de Bob Dylan del mundo’, ahí queda eso. Y es que Íñigo Coppel tiene a sus espaldas historias curiosas a la par que imaginativas de las cuales se nutren sus composiciones. Dylan no es el único evocado, pues Woody Allen y Elvis aparecen en escena a lo largo de esta película en forma de colección de canciones, de hecho, una de las joyas más desnudas a guitarra y voz se titula simplemente así, ‘Elvis’. Es lo grandioso de un músico como Íñigo Coppel, que puede agitar a cualquiera con sucias guitarras (‘Fuera de mí’) y en el siguiente corte acariciarte con alguna melodía relajada (‘Esto es lo que parece’).

Desde el folk, pasando por el pop hasta el rock and roll más americano, el joven Coppel vuelve con el cargador hasta los topes de munición. Algo le dice que es libre y desde luego deja constancia de ello en cada canción de este y seguro, futuros artefactos.
CHARLY HERNÁNDEZ.



Supertramp
«Breakfast in America. Deluxe edition»

A&M/UNIVERSAL

Junto a «Crime of century», «Breakfast in America» está considerado el mejor trabajo de Supertramp, grabado en los días de éxito –que no felices, que de esos nunca tuvieron demasiados, pues el interior del grupo siempre tuvo bastante de volcánico– y ya instalados en los Estados Unidos, su patria adoptiva. Escuchado hoy, treinta y un años después de su publicación, este «desayuno en América» demuestra que Supertramp no fue la terrible formación que la crítica más ácida y moderna del momento quiso mostrarnos, ni tampoco era tan claramente el enemigo que la new wave se buscó, porque, cosas de la perspectiva temporal, no estaban tan alejados de la búsqueda sonora y estética en la que andaban aquellos, sólo que les llevaban miles de kilómetros de ventaja. Es verdad que abusaban del falsete, que les gustaban los pasajes levemente jazzísticos y que musicalmente resultaban inmaculadamente perfectos en tiempos de inmediatez como garantía de calidad, pero hilvanaban melodías con cuerpo, gancho y gusto. Eran, a fin de cuentas, otros hijos de los Beatles, una de aquellas bandas de los setenta situadas entre el progresivo y lo sinfónico que hicieron de los estudios de grabación su hogar.

Con el saxo de John A. Helliwelll y la voz de Roger Hodgson como estandartes de su sonido, siempre algo melancólico, y con la tensión de fuerzas creativas impuesta por Rick Davies y Hodgson como elemento catalizador, Supertramp sonaban cual perfecta máquina pop. Aquí dejaron gemas como ‘The logical song’, ‘Breaksfast in America’, ‘Take the long way home’, ‘Lord is it mine’ o ‘Child of vision’. Canciones que les catapultaron definitivamente a su momento de máximo esplendor y popularidad.

Ahora, esta edición «deluxe» de sonido remasterizado y sumamente cuidada (con un muy interesante libreto), se completa con un segundo CD con tomas inéditas en directo de aquel mismo 1979, grabadas en Miami y Wembley, además de con varias canciones que quedaron fuera del doble «Paris».

Ya se puede decir: Sin prejuicios tontorrones, no es difícil disfrutar de Supertramp como lo que fue (hoy es un grupo distinto), una excelente formación adicta al pop más brillante.
JUAN PUCHADES.



Anterior entrega de Rockola.

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