“¿Quién cantará en tu entierro?”, de Juan Carlos León

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LIBROS

“No faltan historias curiosas como notas manuscritas dejadas en la tumba del fallecido o contratos con artistas veteranos firmados en el mismo entierro”

 

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Juan Carlos León
“¿Quién cantará en tu entierro?”
JOT DOWN BOOKS

 

Texto: XAVIER VALIÑO.

 

‘Come on Eileen’. Esa es la canción que al siempre preciso escritor —y melómano empedernido— Carlos Zanón le gustaría que sonase en su funeral. No es que nos hayamos puesto a revelar aquí oscuros y negros secretos personales, sino que es él mismo quien lo desvela en el prólogo de este libro, “¿Quién cantará en tu entierro?”, al igual que su autor nos recuerda que Nick Hornby ya dejó escrito en “31 canciones” que él quiere que suene ‘Caravan’ en el suyo, en la interpretación en directo que Van Morrison hace en “It’s too late to stop now”, incluso aunque sus herederos tengan que lidiar con el problema de que justo en medio el irlandés se pone a presentar a los músicos de su banda.

Las revelaciones vienen totalmente al caso, porque esa es una parte sustancial de este libro, las canciones que una serie de músicos escogieron para que sonasen en sus funerales. Juan Carlos León, jerezano y hasta ahora conocido como guitarrista de bandas como The Smoggers, Los Calambres, The Refoundations, Soul Mama o Maleso, ha dedicado su primer libro a glosar cómo fueron las exequias de cincuenta y cuatro músicos muertos (incluyendo a John Belushi, más actor que músico)… ¡y uno vivo! La mayoría son músicos de rock o de sus antecedentes más ligados a las raíces norteamericanas (soul, blues, country, jazz…) que han influido a su autor, y casi todos nacieron en aquel país, aunque hay alguna honrosa excepción irlandesa (Phil Lynott, Rory Gallagher) o australiana (Michael Hutchence).

Queda claro con su lectura que León se ha documentado ampliamente antes de ponerse a detallar las honras fúnebres de cada uno, para luego trazar una unidad en su relato de la particular historia de cada uno de ellos. Empieza en 1953, con Hank Williams, y llega hasta 2017, con Chuck Berry. El interesante punto de partida lo pone en el momento de su muerte (explicando la causa), donde justo todos los otros libros se detienen, para, a continuación, hablar de las capillas ardientes y las homilías, dónde se celebraron y cómo se desarrollaron, quiénes asistieron, qué música se interpretó o sonó y dónde acabó el finado.

Lo hace en capítulos breves, de dos o tres páginas máximo, recomendando también una canción de cada uno de los desaparecidos en las que se puede intuir una relación con el deceso, acompañando alguno de sus capítulos con ilustraciones de los protagonistas (en su ataúd) a cargo de Antonio J. Moreno, más conocido como El Ciento, habitual de la revista “Ruta 66”.

Por supuesto, no faltan historias curiosas como notas manuscritas dejadas en la tumba del fallecido o contratos con artistas veteranos firmados en el mismo entierro por ejecutivos que en ese momento vieron la luz. Y, sí, también está la historia de ese muerto en vida que asistió a su propio funeral y sigue hoy dando guerra, pero mejor será que no demos más detalles y lo busquen en el libro. Ya, de paso, después de leer las historias de todos estos funerales con todo lujo de detalles, seguro que encuentran alguna idea para el suyo o, al menos, se paran a pensar qué quieren que suene cuando la parca llame a su puerta.

 

Anterior crítica de libros: “Cómo acabar con la contracultura”, de Jordi Costa.

 

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