Placeres culpables: “Por amor”, de Roberto Carlos

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“Resulta de escucha casi obligada y compruebo fascinado como el paso de los años lo conserva hermoso y lleno de canciones cautivadoras. Por supuesto ‘La distancia’ enarbola la bandera del triunfo en forma de canción inmortal”

 

Óscar García Blesa pone punto final a sus “Placeres culpables” hablando de uno de los discos clave de la extensa discografía del cantante brasileño más vendedor de la historia: Roberto Carlos. Un último ajuste de cuentas con la calidad.

 

 

Una sección de ÓSCAR GARCÍA BLESA.

 

 

Roberto Carlos
“Por amor”
CBS, 1972

 

 

“Cuantas veces yo pensé volver, y decir que de mi amor nada cambió, pero mi silencio fue mayor y en la distancia muero día a día sin saberlo tú”. Roberto Carlos.

 

Hasta entonces, este tipo de incidentes pensaba que solo le ocurrían a Steven Seagal en sus telefilmes de mamporrazos intentando salvar aviones secuestrados por los malos. Despegamos con total normalidad desde el aeropuerto de Ezeiza en Buenos Aires con destino a Madrid. Habíamos viajado hasta Argentina para la grabación del concierto de Alejandro Sanz en el estadio de Vélez, último show en el país durante el tramo de la gira latinoamericana de “El alma al aire” y penúltima parada en América antes de la gira veraniega española. Una vez instalados en nuestros asientos cada cual hizo con su tiempo lo que le dio la gana: ver una película, toquetear el ordenador, pasear por los pasillos, comer tortellini recalentado o sencillamente reclinarse y echarse a dormir. Una vez cenado yo me tapé con un sucedáneo de manta con tacto sintético y cerré los ojos.

Con la cabeza ligeramente apoyada en la ventanilla, de vez en cuando abría un ojo, tal vez sobresaltado por algún ruidito o la típica turbulencia sin importancia, un abrir y cerrar de ojos para comprobar que todo estaba en su sitio para volver de forma instantánea a mi sueño. En uno de esos momentos de ojos abiertos observé (no sin frotarme con los dos puños varias veces) algo verdaderamente extraño. El ala derecha que tenía justo a mi lado desprendía enormes cantidades de un líquido pulverizado que a buen seguro debía ser gasolina. Antes de que ni siquiera tuviera tiempo para ponerme histérico y pensar en lo peor los altavoces del aeroplano informaron de una avería “sin importancia” que nos obligaba a regresar de inmediato a tierra firme. Por un instante, que sé yo, quizás durante un par de segundos, me vinieron a la cabeza escenas jocosas de “Aterriza como puedas” con el comandante intoxicado reclamando con nerviosa naturalidad un piloto entre los pasajeros. A pesar de que el ambiente dentro del avión era bastante tenso (“¿Cuánto queda? ¿Tendremos combustible suficiente? ¿Llegaremos planeando?”), lo cierto es que no fue para tanto y dado que ya llevábamos un buen rato volando, el comandante nos informó que el punto de aterrizaje más próximo se localizaba en la ciudad de Río de Janeiro. Y para allá que fuimos con nuestro aparato en modo aterrizaje de emergencia.

No, gracias a Dios aquello fue un aterrizaje de lo más normalito. A pesar de la falta de fuel, el avión y todo su pasaje llegaron sanos y salvos y aquí estoy todavía para contarlo. Mucho peor que la falta de combustible fue la caótica organización para recolocar de manera inesperada trescientos pasajeros en hoteles de la ciudad. La gente resulta de lo más demandante cuando se enfrenta a situaciones inesperadas y allí todo el mundo quería su habitación aquí y ahora. Se sorprenderían lo rápido que se solicitan hojas de reclamaciones en estos casos y lo mucho que luego tardan en rellenarlas al no saber qué reclamar. La verdad es que a mí, una vez que el artista ya estaba cómodamente alojado en un hotel de la ciudad, todo lo demás me traía al pairo. Dicho lo cual, Pascual (responsable de la gira de Sanz) y yo agarramos un taxi y nos dirigimos a Copacabana. A falta de una habitación y sin expectativas a corto plazo para poder volar de vuelta a España, un paseo por la playa resultaba un plan inmejorable.

 

 

Aquel Brasil y en concreto aquella situación descolocada en Río de Janeiro lejos de casa resonaban en mi cabeza canturreando la deliciosa canción de Roberto Carlos ‘La distancia’ (‘A distancia’). Sí, había escuchado mucho de pequeño al gran Roberto Carlos y en mi niñez a finales de los 70 y principios de los 80 sus canciones aparecían por todas partes de manera recurrente. Pedro, el médico amigo de mis padres escuchaba a Rocío Jurado y Roberto Carlos; Rafa, el compañero de trabajo de mi padre y pareja de mus, escuchaba a Manzanita y a Roberto Carlos; Goyo, el tío de mi mejor amigo de la infancia, escuchaba a Los Beatles y a Roberto Carlos; Tere, la florista del barrio y amiga de la familia, escuchaba a Tequila y a Roberto Carlos. Fueses a la casa que fueses siempre aparecía una copia en vinilo de “Por amor” de Roberto Carlos o en su defecto “Éxitos en español”. Y claro, las canciones, como montar en bicicleta, no se olvidan.

Roberto Carlos, natural de Cachoeiro de Itapermirin (población a unos 400 kilómetros de Río dirección norte), aunque artista Carioca desde pequeño, es tal vez el artista más vendedor de Brasil con más de 120 millones de copias despachadas desde su debut en los años 60. Teniendo en cuenta que nos enfrentamos a uno de los países musicalmente más ricos del planeta y donde hay un artista de talento extraordinario a cada esquina, este dato resulta excepcional. Fracasado en su intento de triunfar en el impenetrable género de la bossa nova liderado por su admirado Joao Gilberto, rápidamente encontró en el pop el respaldo del público casi desde el principio. Su delicada voz, casi susurrante, como una caricia, su lado romántico y una envidiable cultura musical pop (seguidor confeso de la obra de The Beatles) le llevó a ser considerado “El Rey”, el Elvis Brasileño. Y que se aparten del camino The White Stripes y The Black Keys con sus propuestas de dúos a guitarra y batería, ¡Roberto Carlos ya lo hacía junto a Dedé en el grupo RC-2 en 1961! Queda claro que Roberto Carlos era romántico pero, ojo, aquel tipo hacía música verdaderamente moderna. Ojalá algún día se entienda que cantarle al amor no necesariamente te excluye de las listas de artistas guays. Algún día, ya lo verán.

 

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Este disco de 1972 fue el primero de los muchos que alcanzarían la cifra del millón de copias, escandalosa para un artista latino, romántico y que además cantaba en portugués. Titulado genéricamente “Roberto Carlos” (“Por amor” en su versión en español), este trabajo resulta de escucha casi obligada y compruebo fascinado como el paso de los años lo conserva hermoso y lleno de canciones cautivadoras. Por supuesto ‘La distancia’ enarbola la bandera del triunfo en forma de canción inmortal. Con su colaborador Erasmo Carlos, Roberto Carlos regala algunas de las más bellas estrofas de amor jamás escritas, una canción de arreglos imposibles y línea melódica sublime. Una obra maestra.

Pero en “Por amor” hay muchos tesoros por disfrutar. ‘La montaña’ (‘A montanha’) canción que camina a ritmo de vals y toques circenses; ‘La ventana’ (‘A janela’) con ese aire de peli de Tarantino, ‘Cuando los niños salen de vacaciones’ (‘Quando as crianças sairem de férias’), linda e inocente canción de entretiempo; ‘Por amor’, donde sobran las palabras, es una deliciosa canción romántica de amor grande y verdadero con sus arreglos de violín y todo el arsenal de corazón partido sin una gota de cursilería. Así hacía las canciones Roberto Carlos, porque de lo único que estamos hablando aquí es de canciones, la madre de todas las historias musicales.

 

 

Después de mi primer paseo por Copacabana apareció frente a mí una pequeñísima tienda de souvenirs con camisetas de “I love Rio”, tazas, imanes para la nevera y gorras de mil colores. En la tienda además de lo típico ofrecían helados, bebidas frías, muebles de segunda mano, abanicos hechos a mano y un baúl de madera con remates de metal escondía viejos discos de vinilo. Allí estaban apretujados Jobim, Caetano, Gilberto, Maria Bethania, Toquinho, Gal Costa, Chico Buarque y por supuesto Roberto Carlos. Me los llevé todos.

Me gustan las canciones de Roberto Carlos por llevarme de viaje a lugares fabulosos como Río de Janeiro, Santiago de Chile, Buenos Aires o Bogotá, aunque su capacidad para transportarte sobrepasa los límites del espacio. ‘La distancia’ me hace viajar en el tiempo, me lleva a cuando era un verdadero enano y veía por televisión a un tipo de andares raros y acento extraño. Me encanta esa época donde los problemas parecían más pequeños, la gente caminaba más despacio, cuando tenías tiempo para memorizar el número de teléfono de un amigo, cuando la gente se preguntaba cosas por la calle y sobre todo un tiempo en el que las canciones eran importantes. Y Roberto Carlos estaba allí, en el medio, en alguna parte, en todos lados, en ‘La distancia’ pero cerca, muy cerca.

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