Placeres culpables: “El amor”, de Julio Iglesias

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“España es un país de dos velocidades: la que entroniza el fracaso precisamente por no alcanzar el éxito y la que condena y maltrata al triunfador por pura envidia. Así somos, los españoles no nos queremos”

 

Harto de complejos y recelos patrios, Óscar García Blesa se acerca al final de sus Placeres culpables con el padre de todos ellos: Julio Iglesias, el cantante madrileño que salió del corazón de Argüelles y llegó a todos los rincones del mundo, logrando vender más de 300 millones de discos a lo largo de su carrera.

 

 

Una sección de ÓSCAR GARCÍA BLESA.

 

 

Julio Iglesias
“El amor”
COLUMBIA, 1975

 

 

“Canto cosas simples para las simples vidas de la gente simple”. Julio Iglesias.

 

¡Acabáramos! Cuando empecé a escribir este libro confeccione una lista tentativa con mis placeres culpables. La primera selección incluía cincuenta discos donde aparecían títulos como el debut de Wet Wet Wet, el “Teenage dream” de Katy Perry, “Introducing the hardline…” de Terence Trent D’arby, “Hunting high and low” de A-ha, el primero de Beyoncé, “Stars” de Simply Red, “Hysteria” de Def Lepard o el “Open up and say Uh” de Poison, pequeños discos pop que en algún momento me habían ofrecido algo de satisfacción aunque no tanto como para incluirlos en el listado definitivo. Siempre, desde el primer día que me puse a trabajar en intentar desentrañar el epicentro de mis filias musicales y conocer los motivos que me llevan a disfrutar con determinadas grabaciones, sabía que el disco “El amor” de Julio Iglesias formaría parte de esta historia culpable.

“El amor”, encerrado en su hueco de la estantería Expedit del salón de casa, esperaba que llegara su hora como lo hace el reo ante su verdugo. Confieso que a diferencia del resto de álbumes escogidos sobre los que escribía de manera desordenada según me iba apeteciendo, con “El amor” siempre inventaba alguna excusa para enfrentarme a él en otro momento, pero sabía que mis Placeres culpables no tenían sentido sin Julio Iglesias. Julio Iglesias es un artista imponente, seguramente el más grande de nuestros embajadores musicales en cifras de ventas absolutas. Cuando uno bucea en su biografía, escucha sus canciones y revisa sus logros, cualquier adjetivo exagerado se queda pequeño. Julio Iglesias es y será enorme por mucho que casi nadie le tome muy en serio. Ellos se lo pierden.

 

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Llegados a este punto, francamente ya poco me importa el qué dirán. España es un país de dos velocidades: la que entroniza el fracaso precisamente por no alcanzar el éxito y la que condena y maltrata al triunfador por pura envidia. Así somos, los españoles no nos queremos. Decir en voz alta que Julio Iglesias es un artista colosal (con sus altos y bajos como cualquier artista grande) no está bien visto. Pero lo único verdaderamente objetivo es que este tipo a lo largo de cincuenta años ha regalado grandes momentos en forma de canciones francamente interesantes. A mi entender deberían sentir más sonrojo aquellos que le dan la espalda que los pocos que defienden lo evidente, pero ya saben, es mucho más guay escribir sesudos ensayos sobre la obra del Sr. Chinarro que dedicarle tres líneas medianamente amables al bueno de Julio Iglesias, esas cositas curiosas que solo pasan en nuestro país.

La primera vez que escuché las canciones del debut de Iván Ferreiro en solitario, “Canciones para el tiempo y la distancia” (Warner 2005), lo hice con Iván en su casa. Habíamos trabajado mucho juntos durante la etapa de Piratas, y a pesar de que yo ya no estaba en Warner, nos seguíamos la pista y quedábamos de vez en cuando para comer, escuchar música y ponernos al día, algo que seguimos haciendo siempre que podemos. Iván Ferreiro es un tipo que sabe hacer canciones y como buen compositor identifica una pieza poderosa a la primera. Cuando me puso su versión del ‘Abrázame’ de Julio Iglesias no necesitó justificarse en absoluto, solo me dijo: “Es una canción cojonuda”. Y vaya si lo es. Que un artista como él escogiera como tarjeta de presentación de su nueva etapa en solitario una canción de Julio Iglesias en un disco concebido para reivindicar precisamente el poder de las canciones enviaba un poderoso mensaje a los connosieurs del negocio en forma de bofetón musical: “Yo hago canciones y las de Julio Iglesias son muy buenas, ¿algún problema?”. Me gusta la gente que provoca con argumentos, y los de Iván con ‘Abrázame’ eran incuestionables.

 

 

Julio Iglesias es un artista/personaje sencillamente fascinante. A tenor de su total falta de apoyo por parte de la crítica especializada, es evidente que no ha jugado la liga de los tíos que molan a pesar de molar mucho más que todos los demás juntos. Solo por poner un ejemplo; tecleando el título y el artista del disco que tenemos entre manos en Google no aparece ni una sola reseña en internet. Si hacemos el mismo ejercicio y buscamos información del disco “El fuego amigo” del Sr. Chinarro (su disco más “accesible”, según nos dice la Wikipedia), encontraremos un sinfín de palabras dedicadas al músico sevillano. Teniendo en cuenta que Julio Iglesias lleva vendidos 300 millones de discos y “El fuego amigo” unos trescientos, la falta de información seria sobre la obra de Julio Iglesias resulta sorprendente.

Casi todos sabemos que Julio Iglesias es madrileño, que jugó como portero en las categorías inferiores del Real Madrid, que sufrió un accidente que le apartó del futbol y lo acercó a la guitarra. Sabemos que escribió ‘La vida sigue igual’ y ganó el festival de Benidorm. Todos sabemos que se casó con Isabel Preysler, que a su padre le llamaban “Papuchi” y que su hijo es Enrique Iglesias. Ha cantado en tropecientos idiomas, ha ganado Grammys, ha grabado a dúo con Willie Nelson, Diana Ross, Stevie Wonder o Frank Sinatra, le ha cantado a Reagan, a Bush, a Clinton, otra vez a Bush y sí, también tiene una estrella en el paseo de la fama de Hollywood. Lo que casi todo el mundo olvida es su increíble capacidad para rodearse de tipos con el suficiente talento como para proporcionarle las herramientas fundamentales para comprender su fenomenal éxito: las canciones. Por encima del personaje mediático, del galán latino y del vividor empedernido, Julio Iglesias triunfó gracias a las canciones. Y en “El amor” hay algunas muy buenas.

 

 

“El amor” se abre con ‘Abrázame’, una de las mejores canciones escritas en España en los últimos cuarenta años. Para ello se apoyó en la figura de Rafael Ferro como pilar esencial en su equipo de composición. Autor de canciones para Mocedades o Rocío Durcal, Ferro firmaría a medias hasta cuatro canciones del disco. La carrera artística de Julio está indudablemente unida a la de Ferro, responsable de los arreglos musicales de sus discos y también de los de la orquesta que dirigía personalmente en escena durante sus conciertos. La figura de Ferro es en “El amor” tan importante como la del propio Iglesias, un perfecto desconocido para el gran público, pero arreglista elegante y muy eficaz, especialmente a la hora de colocar la voz del solista bien visible en primer plano. ‘Abrázame’ es el perfecto ejemplo de esta técnica. Si Phil Spector inventó el muro de sonido, los productores españoles en los 70 patentaron las orquestaciones estroboscópicas y el protagonismo vocal ejemplificado en el que se llamaría “sonido Torrelaguna”.

 

 

El disco incluye versiones de lo más variopinto: ‘Love’s theme’ de Barry White, ‘Candilejas’ de la película de Chaplin, ‘La tendresse’ o, agárrense, ‘My sweet lord’ de George Harrison. Pero es ‘A veces tú, a veces yo’ la otra gran canción del disco junto a la mencionada ‘Abrázame’ y escrita en esta ocasión junto a Cecilia, amiga del artista y otra superdotada de la composición. El disco camina muy bien en general, es cortito y divertido, y la producción con ese sonido característico de los 70 es bastante tierna, capaz de provocar una media sonrisa de buena onda cada vez que lo escuchas. Esta música no duele, resulta amable y me lleva de viaje subido en un SEAT 1430 de color rojo, a la televisión de dos canales en blanco y negro y el programa un dos tres.

¡Y la portada! No, no me olvido de esa portada, una imagen icónica con Julio Iglesias sentado en una enorme silla modelo Emmanuelle con chaleco y americana descansando sobre los hombros y cara de tenerlo todo controlado. La línea que separa lo hortera de la clase es aquí tan delgada que resulta imposible pensar en otro artista capaz de salir airoso. Si hay una imagen que representa autoestima y seguridad en uno mismo, esta foto derrocha confianza en cada esquina. Es tal su magnetismo que la imagen se duplica en la contra portada sin un solo retoque, por más vueltas que le des al disco, Julio siempre está allí observándote.

 

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Me resulta divertido (viene frase larga) pensar que, en la misma silla donde yo estuve sentado durante mi etapa en el sello RCA en el ya desaparecido edificio del Conde de Orgaz, treinta años antes unos tipos de la compañía Columbia decidían la estrategia a seguir con el álbum de Julio Iglesias “El amor” (Columbia, 1975). La historia dice que, en 1917, un emprendedor donostiarra obtuvo la licencia de Discos Columbia. Enrique Inurrieta fundó una de las primeras compañías discográficas españolas dedicada en un principio a la venta de gramófonos y después a las pastillas de pizarra, y con la llegada de la beatlemania empezaría a firmar artistas (Julio Iglesias incluido) construyendo entonces el mítico edificio del Conde Orgaz. Todo aquello acabaría siendo parte de la CBS después de una rocambolesca historia de licencias para editar vinilos bajo la marca Columbia y una serie de batallas legales con la compañía BMG de por medio. Y allí estaba yo en 2005, todavía con los espíritus de Columbia revoloteando por el despacho y alguna copia descolorida de los viejos discos de Julio en el fondo de los cajones. Incluso cuando ni siquiera es artista del roster siempre aparecen copias de Julio Iglesias en los cajones de una compañía de discos, lo tengo comprobado, Julio es omnipresente.

 

 

En 1994 yo andaba vigilando a un grupo de estudiantes en Canterbury. Aquel fue un verano extraño. Por motivos que desconozco me dio por rescatar las canciones de Julio Iglesias en el mismo corazón de Inglaterra. En plena explosión britpop y con Oasis sonando a todas horas, disfrutaba de lo lindo cantando en el autobús o en el avión las cancioncillas ligeras y algo decadentes de “El amor”. Me divierte, no lo puedo evitar. De acuerdo, no canta especialmente bien, pero también es innegable que su sello de crooner de etiqueta es inimitable. Sus canciones buenas (las otras ni siquiera las recuerdo) son perfectas para jugar a los cantantes con el mando a distancia como si fuera un micrófono. Julio Iglesias democratiza al cantante que llevamos dentro, todos podemos cantar como él y es esa universalidad la que lo hace único. Muchos han tratado de imitarle, pero lo cierto es que no ha habido otro como él.

Siempre que aparece en televisión (cada vez menos) me quedo a ver las cosas que dice. Es un comunicador de primera, capaz de contar historias de todo pelaje y desarrollar una carrera como cantante sin una voz especialmente brillante. No es el primero, otros han triunfado en el oficio sin cantar un pimiento por su carisma y su habilidad para conectar con el público gracias a una gracia innata, que al fin y al cabo es de lo que se trata. Una vez, estando con Alejandro Sanz en Miami, Julio Iglesias abrió de golpe la puerta del estudio. Entró despacio cojeando ligeramente y saludó con un “¡Hey!” a medio camino entre “hola” y “hi” (parodiarse a uno mismo demuestra una inteligencia extrema, y a mí me dio la sensación que Julio Iglesias estaba interpretándose a sí mismo por pura diversión) y se sentó por espacio de cinco minutos hablando con unos y con otros de cualquier cosa. Una vez recuperado del intenso bochorno que abrasaba en el exterior, se puso en pie y se marchó, pero antes de abandonar el estudio lanzó al aire ¬–sin dirigirse a nadie en concreto– un enigmático: “Tenemos que hacer algo juntos” o algo parecido. Cuando por fin se fue, la gente siguió trabajando en sus cosas preguntándose si ese que se acababa de marchar era Julio Iglesias.

Hay que ser muy bueno para hacer de Julio Iglesias siendo Julio Iglesias, sin tomarse en serio y ser a la vez auténtico y simpático. Es difícil de explicar, pero yo sé lo que me digo. Que quieren que les diga, a mí me pareció un genio. Ese mismo hombre es una de las figuras capitales en la historia de la música latina, un tipo capaz de poner en pie el Madison Square Garden de Nueva York cantando baladas mainstream en castellano o bailar salsa sin saber dar un solo paso. Todos le reconocen las ventas y la condición de estrella, pero me temo que por aquí muy pocos ven en él un gramo de talento. “¿Cómo demonios ha logrado semejante éxito?, desde que se fue para hacer las Américas ya no es de los nuestros”, deben pensar los más críticos, y si le ven salir por la tele cambian de canal esperando novedades de Isabel Pantoja desde la cárcel, una estrella de aquí de las de verdad, que además de estar mucho más cerca, ahora también sufre y la tienen bastante puteada. El día que le vuelva a ir bien ya la insultarán, no se preocupen, aquí nos va la marcha. Hasta que llegue ese momento yo me quedo escuchando ‘Abrázame’ agarrado a mi micrófono imaginario.

Anterior entrega de Placeres culpables: “Blackout”, de Scorpions.

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