Morente, jondísimo maestro

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“En Morente reconocemos al innovador revolucionario. Al estudioso de la tradición. Al cómplice de los poetas. Al notario insurgente de una época en la que la progresía intelectual y los medios universitarios debían entenderse. Pero, sobre todo, Morente es el quejío de Granada. El sonido de sus piedras y sus luces. La creación latente de una ciudad con nombre de bomba de mano. Tan local, tan universal”

Desde Granada, a un tiro de piedra de los lugares que conformaron el itinerario vital de Enrique Morente, Eduardo Tébar rememora la figura del genio en un artículo vibrante y emotivo que recuerda, a vuela pluma, algunas de las claves esenciales de su creación y su figura.


Texto: EDUARDO TÉBAR.


Granada llora por el ronco del Albaicín. El duende está de luto. La jondura pierde la voz libre. Y el rock, a su patrón aventurero. Con agonía y pornografía informativa. Morente se moría a medias. Se marcha a medias. Porque queda la obra: toneladas de arte mayor, emocionante, tan popular como culto. Un legado inmenso, pero truncado en el esplendor de la inspiración y la experiencia. Duele escribir estas líneas en el corazón de la escena granadina, a un paso de la cuesta de la Calderería y la calle San Gregorio, donde nació hace casi 69 años. Donde, a esas terribles cinco en sombra de la tarde, las campanas dejaron de tocar ayer en las iglesias. Cae el faro, el modelo procaz de transgresión. El vanguardista. El hermano de Lorca.

En Morente reconocemos al innovador revolucionario. Al estudioso de la tradición. Al cómplice de los poetas. Al notario insurgente de una época en la que la progresía intelectual y los medios universitarios debían entenderse. Pero, sobre todo, Morente es el quejío de Granada. El sonido de sus piedras y sus luces. La creación latente de una ciudad con nombre de bomba de mano. Tan local, tan universal. Él entendió a Federico y colocó alas en sus versos. Completó el diálogo iniciado por Lorca y Manuel de Falla en el Concurso de Cante Jondo de 1922. Además, taquigrafió los misterios de la Alhambra. Alumbró a las mentes inquietas del circuito pop-rock.

Gracias al afán de Lorca por emparentar las metáforas del ultraísmo con las canciones populares andaluzas, los poetas buscaron el flamenco. Después, fue Morente quien exploró la poesía desde el lenguaje del flamenco. Y pisó arenas movedizas: Pedro Garfias, José Bergamín, José Hierro o Luis Rius, que se unen a sus sublimaciones de Alberti, Miguel Hernández y los hermanos Machado.

En el laberinto albaicinero, muchos rememoran al Morente vecino. Ya se añora su cante desde el balcón contiguo al Mirador de San Nicolás. O, unas calles más arriba, en el Carril de San Miguel. También en los bares: el espacio en el que se han fraguado algunos de sus hitos. Unas bulerías improvisadas por Eric Jiménez en una barra daban pie a “Omega” (1996), el disco más célebre de Morente. Así de sencillo. O las partidas de ajedrez en La Tertulia, núcleo de cantautores y poetas desde la Nueva Sentimentalidad de Luis García Montero. Se trataba de abrir caminos y surcar la senda del aprendizaje. Reinventando folclores con la orquesta Chekara de Tetuán, sumergido en medievalismo gregoriano al abrigo de las Voces Búlgaras o soñando la Alhambra con Pat Metheny, Khaled y Ute Lemper.  Sin mestizajes postizos. Según Miguel Clavero, presidente de la peña La Platería, “Morente grababa trabajos vanguardistas y arriesgados, pero estudiando antes en profundidad todos los palos. Además, sus álbumes son de una riqueza musical absoluta. Lo que pasa es que el flamenquito vende mucho y el cante jondo vende menos”. Todos recuerdan su compromiso social, su bondad e integración multicultural.

Este mismo 2010, la Diputación de Granada y el Patronato Cultural Federico García Lorca ponían en circulación la adaptación de la famosa elegía “Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías”. Como el Cohen de la madurez, Morente introduce sus propias percusiones electrónicas, un fondo de voces armónicas y los compases de batería de Eric Jiménez. El mantra final evidencia su hambre de experimentación hasta el último pellizco. Extrañezas rastreables en su fijación durante esta década por el Picasso menos expuesto.

En los bares de Granada, un grupo joven y marginado en la autoedición gozaba de oportunidades de ganarse una colaboración de Morente. Los últimos en dar fe de ello fueron los rockeros 5 Duros, que vendieron la aparición estelar en la placa de “12 cortes” (2009). Sr. Chinarro se benefició de uno de sus paseos por El Refugio Antiaéreo de J en “El fuego amigo” (2004). Lo mismo sucede con Amaral en “Pájaros en la cabeza” (2005) o los difusos conciertos con Sonic Youth –espectadores en Brooklyn de los shows de “Omega” –. En cambio, Los Planetas explotaron con brillantez la conexión lisérgica en “La leyenda del espacio” (2007) –‘Tendrá que haber un camino’– y “Una ópera egipcia” (2010) –‘La llave de oro’, ‘La pastora divina’–, donde pasiones comunes por Syd Barrett, Manuel Vallejo y Antonio Chacón cimbrean una suerte de psicodelia jonda. Y entre medias, intervenciones en títulos de personajes más afines, como La Barbería del Sur, Chano Domínguez y, cómo no, los Habichuela.

No obstante, a Morente se le asociará siempre con “Omega”, concepto basado en el poema que cierra “Poeta en Nueva York”. Antonio Arias entendió que Lagartija Nick representan el ruido de la gran ciudad, mientras que Morente era la voz de la sangre. La química entre ambos resulta monumental. Lorca y Cohen. Estridencia y superrealismo. El círculo perfecto. Fisión pura. Barnizado mediante un lustroso electo de flamencos, “Omega” encierra auténticas influencias armónicas más allá del tópico filisteo que lo tilda de trash metal y flamenco. ‘Ciudad sin sueño’, por ejemplo, es after-punk místico, como unos Joy Division pasados de ácido. “Omega” no es un disco de nuevo flamenco. Es la lectura de “Poeta en Nueva York”. Con martinetes, tangos y otros palos, derivando en el caos ordenado de Lorca. La carrera de Morente se vería amplificada y liberada de corsés artísticos desde entonces.

Ahora, comenzará la búsqueda profusa de material morentino. Como aquel limitadísimo vinilo negro, “Enrique Morente en la casa-museo de Federico García Lorca de Fuente Vaqueros”, por el que se pagaban en su día 25.000 pesetas. Hace sólo un par de semanas, Morente se encontraba en pleno frenesí laboral. Había versionado ‘Ángel caído’ de Antonio Vega y cumplía su sueño de cantar frente al ‘Guernica’ en el Reina Sofía con motivo del rodaje de “Morente, el barbero de Picasso”. Porque el Picasso del flamenco había digerido una vida de músicas y vivencias. Le quedaba mucho por enseñar. Rabia: no, aún no era su hora. Y ahora, ¿qué?

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