Mariachi Sabina

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«Posiblemente el disco 19 días y 500 noches sea el más “josealfrediano” de sus trabajos, empezando por el tema que le da título»

 

Seguimos con la semana dedicada a Joaquín Sabina: Javier Márquez nos adentra en las influencias mexicanas en su música, presentes en varios de sus discos, especialmente a través de José Alfredo Jiménez y Chavela Vargas.

 

Texto: Javier Márquez Sánchez.

 

Sabina y México estaban destinados a encontrarse. Pero no ese México que hay a pie de avión tras diez horas de vuelo, sino el de las canciones de José Alfredo y Chavela, el de las películas del Indio Fernández y Sam Peckinpah, el de las novelas de Carlos Fuentes y Malcolm Lowry y las pinturas de Frida Kahlo y Diego Rivera. No en vano, Emilio «el Indio» Fernández dijo en una ocasión: «Cortés llegó aquí y parecía que había encontrado todo lo que había en México. Después llegaron John Ford y Sam Peckinpah y nos enseñaron a los mexicanos cosas de nuestro país que no habíamos sabido ver». Es ese México envuelto en su propia mitología y mitomanía, tan sensible como violento, tan vital como peligroso, un México de finales de ese siglo XX con el corazón a mediados, si no a comienzos del siglo; ese México, decía, es el que cautivó a Joaquín Sabina y de alguna forma le tendió la mano para dar un nuevo y definitivo paso en su crecimiento personal y artístico.

Estamos a comienzos de los años noventa, y dos circunstancias llevan al artista a descubrir el país de una forma visceral: de una manera más física lo hace cuando comienza a dar conciertos a aquel lado del Atlántico, lo que le permite descubrir pie en tierra y codo en barra todos los encantos del D.F. (hoy, Ciudad de México) y otros muchos rincones. Pero más relevante aún resulta el descubrimiento emocional, y ese llega de la mano, naturalmente, de una gran dama.

Chavela Vargas había pasado su particular travesía en el desierto tras su lucha contra el alcohol y un olvido casi buscado; muchos en México pensaban que ya había muerto. Y de pronto, a comienzos de los noventa, renacía en Madrid abriendo sus brazos y extendiendo su poncho rojo como un pájaro de mil colores dispuesto a alzar de nuevo el vuelo. Aunque ya por entonces no bebía, su historia, y sobre todo las emociones que arrancaba lágrima a lágrima sobre el escenario, sedujeron a un Sabina que encontró en aquella mitología de soledad cantinera el embarcadero perfecto en el que recalar tras los años locos de la Movida madrileña. Necesitaba encontrar otro personaje, menos rocanrolero y más poeta de taberna, quizá igual de golfo pero más romántico; un canalla melodramático; y el pasaporte a ese destino vital se lo puso por delante Chavela Vargas, con el sello de José Alfredo Jiménez.

«Con José Alfredo pasa lo que ocurre con los grandes de la canción: sí sabemos quién es, pero no sabemos que lo sabemos», comentó Sabina en una ocasión en relación al autor de cientos de canciones «que han acompañado a los borrachos de toda el habla hispana». En concreto, José Alfredo Jiménez llegó a registrar 236 composiciones. De ellas, casi medio centenar versaban sobre la bebida, no en vano llegó a ser apodado «el compositor del alcohol». En casi el veinte por ciento de su obra aparecen los conceptos «borracho», «tequila», «licor» o «bebida». También tienen presencia relevante en su producción los términos «destino», «llanto», «tristeza», «muerte», «corazón», «noche», «revancha», «sufrimiento», «pena», «desprecio», «besos» y «despedida». ¿Cómo no iba a quedar prendado Sabina de un compositor de esas características?

Y hemos dejado atrás a Chavela, pero cuando Sabina la conoció era un personaje dramático digno de la mejor canción (¿y cuándo no?). Era una luchadora nata, lesbiana orgullosa en tierra de «machos», que había paseado por el infierno con una botella en una mano y José Alfredo en la otra. De pronto, sin ella misma creérselo, volvía a ofrecer sus canciones desde una garganta rota por los años, los excesos y el desgarro de los desamores. Contaba Carlos Cano que cuando tuvo ocasión de conocer personalmente a Amalia Rodrígues, la gran dama del fado portugués a la que había dedicado “María la Portuguesa”, le dijo: «Ay, Carlos, si yo tuviera veinte años menos”, a lo que el granadino respondió: “Ay, Amalia, si yo tuviera veinte años más…». Pues en entre Sabina y la Vargas ocurrió algo similar, aunque con unas voces borrachas de lunas.

Joaquín Sabina no fue el único embrujado por México ante el tsunami Vargas. Fueron innumerables artistas, desde Pedro Almodóvar —el principal valedor de aquella nueva etapa de la cantante— hasta Miguel Bosé, quienes cayeron bajo su embrujo y dejaron que este empapara sus creaciones. También Enrique Urquijo, devoto manifiesto de la música country y sobre todo de los cantautores texanos fronterizos —Townes Van Zandt, Steve Earle o Gram Parsons—, encontró en la música mexicana, José Alfredo al frente, la adaptación perfecta de aquel espíritu yanqui al lenguaje y sentir latinos. “Los dos nos estábamos enamorando mucho del México de José Alfredo Jiménez en aquella época», recordó Sabina para el documental de Los Secretos Una vida a tu lado, a la hora de explicar la ya legendaria historia de cómo ambos partieron de unos versos comunes para componer “Y nos dieron las diez” (en el caso de Sabina) y “Ojos de gata” (Urquijo), ambas con espíritu genuinamente ranchero (e inspiradas musicalmente, al parecer, por el tema de Gram Parsons “Drug store truck driving man”).

 

Un puñado de canciones tequileras

Sabina debuta musicalmente con México por todo lo alto. En 1992, uno de los mejores discos del jienense, Física y química, ya facturaba “Y nos dieron las diez”, sin lugar a dudas la ranchera más popular de las últimas tres décadas. En España pegó fuerte, pero en México fue cosa seria. Es difícil que no la entonen en algún momento los cientos de mariachis que recorren los restaurantes, tabernas y plazas del D.F. El propio artista reconoce que le encanta cuando está en el Tenampa —templo tequilero de la plaza Garibaldi— y se la cantan sin saber que él es el autor. La canción es perfecta a varios niveles, y funciona a la perfección esa pureza rítmica en contraste de la adaptación a la cultura española a través de ciertas imágenes (el banco Hispanoamericano) y el propio lenguaje («te pongo un cubata») nada habituales en el género. Decenas de artistas la han versionado, y no deja de resultar divertido ver a un trajeado Julio Iglesias o a una elegantísima Rocío Dúrcal proponiendo lo del cubata.

También es interesante señalar de este mismo disco la canción “Peor para el sol”, pues si bien no tiene alma mexicana, tanto su estructura musical como la propia historia que cuenta evocan sin demasiado esfuerzo las canciones country de tipo honky tonk, confirmando el interés de Sabina por la música de aquel lado del Atlántico, en este caso al norte de la frontera. Elevando un poco el ritmo y añadiendo algo de instrumentación genuina —una steel guitar y un fiddle nunca fallan—, no resulta difícil imaginar esta composición interpretada, por ejemplo, por el gran George Jones.

Por aquella época fue cuando Sabina conoció a Chavela Vargas, como tantos, en la sala Caracol de Madrid. «Yo vivo en el bulevar de los sueños rotos», le dijo Chavela al cantante la noche que Pedro Almodóvar los presentó. Y tras el impacto de su actuación, aquella frase siguió rondando en la cabeza de Sabina hasta que cristalizó en una letra muy mexicana a la que Álvaro Urquijo vistió con un ritmo bastante más pop. Aquella canción aparecería en el siguiente álbum del cantautor, Esta boca es mía (1994), y cuatro años después Álvaro Urquijo la incluía en su primer trabajo en solitario, Álvaro Urquijo.

Dos años más tarde, el disco Yo, mí, me, contigo contenía un relato sobre una prostituta de nombre cinéfilo, «Viridiana», en formato de corrido, otro de los géneros mexicanos por excelencia. La pieza la firmaron al alimón Sabina y Ariel Rot en su primera colaboración juntos, y Los Rodríguez aportaron el necesario punto golfo en su ropaje musical. Es la más golfa de las composiciones mexicanas del cantante, donde pone de manifiesto su talento como narrador de historias extravagantes y divertidas y creador de personajes entrañables.

No obstante, Sabina debió quedarse con la espina de dedicarle a Vargas un tema con verdadero sabor a tequila, y en su obra magna de 1999, 19 días y 500 noches, incluyó “Noches de boda”, un apasionado homenaje a la cantante. Parece ser que inicialmente fue concebida para ser interpretada a dúo con Chavela, aunque finalmente la participación de esta quedó reducida a un monólogo de introducción y algunas voces. Le quedó tan redonda que musicalmente enlaza de manera sencilla y natural con “Y nos dieron las diez”, combinado que sirve para elevar al delirio al respetable en el tramo final de los conciertos.

Por otro lado, “Camas vacías”, incluida en el trabajo de 2002 Dímelo en la calle, resultó una ranchera ortodoxa en su concepción musical, sencilla y elegante, con unos textos más próximos al sabina rumbero que al mariachi. De hecho, cuando María Jiménez le dio ese toque aflamencado para su Donde más duele. María Jiménez canta por Sabina (2002), el tema se descubrió más potente.

Habría que esperar quince años para escuchar de nuevo aires mexicanos en un trabajo de estudio de Sabina, y aunque lo que llegó no era en absoluto una composición ortodoxa, resulta tan deliciosa y magistral, en su concepción musical y en sus textos, que no hay forma de resistirse a ella. Hablamos de “Postdata”, la más pop de las rancheras sabinianas, incluida en su disco de 2017 Lo niego todo. Su fresco y contagioso armazón musical hay que agradecérselo a Ariel Rot, quien también incorpora su guitarra, y en este caso los textos vuelven a tener un sabor más “josealfrediano”, con versos como aquel «Ni tú eras para tanto / ni yo soy para ti». Como apuntaba el compañero Juan Puchades [en Cuadernos Efe Eme 18], sería muy interesante escuchar este tema «en pelotas, en acústico, para valorar hasta dónde alcanza y, tal vez, paladear así toda su grandeza».

 

Alma josealfrediana

«Dylan es bueno hasta en sueco. Aun así, a mí quien más me gusta es José Alfredo Jiménez, que no había leído un libro en su puta vida y escribió canciones maravillosas, para morirse», le contaba Sabina a Javier Menéndez Flores en el libro Sabina en carne viva. Y evocando líneas como «Que te den lo que no pude darte / aunque yo te haya dado de todo» o «Cuántas cosas quedaron prendidas / hasta dentro del fondo de mi alma», concluía, entusiasta: «¡Mira qué versos! ¡Ni Mallarmé los mejora! Es que no se puede escribir mejor…».

Ese fue el otro legado de México para Sabina: las letras de José Alfredo y su propia filosofía vital, que era también la de Chavela, abrieron un universo nuevo de posibilidades de expresión para el cantautor, una canallesca más dramática y maldita que la alocada de los años ochenta en Madrid; más madura, de alguien que ha vivido, ha disfrutado y también ha sufrido.

Es conocida la pasión de Sabina por la literatura, pero ya ha repetido varias veces que en su opinión, la literatura y la canción no son la misma cosa, tienen otros mecanismos no ya estilísticos, sino en su camino hasta el corazón de los oyentes. Y por eso el estilo de José Alfredo le vino como anillo al dedo. Y una vez tamizado y adaptado, posiblemente el disco 19 días y 500 noches sea el más josealfrediano de sus trabajos, empezando por el tema que le da título.

«¿Se puede aprender a escribir en las cantinas, caminando por el lado salvaje, y de espaldas a los libros?», le pregunta Menéndez Flores a Joaquín Sabina en referencia a ese estilo popular de José Alfredo, a lo que el músico responde: «La única explicación posible es que la canción es un género completamente espurio, canalla, alcohólico, borracho, que viene de una tradición oral. “Cuántas luces dejaste encendidas, / yo no sé cómo voy a apagarlas”. Oiga, eso no se puede mejorar. Así era don José Alfredo Jiménez. Chavela Vargas me juró que jamás lo había visto leer un libro». Claro que, al parecer, la dama del poncho rojo recapacitó a continuación y le dijo a su amigo Joaquín: «Claro que a usted, tampoco».

Desde la decoración de su casa a los anillos que suele lucir delatan la pasión de Joaquín Sabina por México, por no mencionar el caballito de tequila en mano sin el que resulta difícil verlo. Y por supuesto, su filosofía vital. Es ese México josealfrediano del amor eterno que dura un instante y de la amistad a muerte para toda la vida. Le ha salido bien hasta la jugada de esa voz rota, tan de la Vargas, terrosa como el desierto de Sonora. En su casa en el corazón de Madrid, Joaquín Sabina ha debido imaginar más de una vez irse de parranda con el maestro de Guanajuato. Y aunque llegó demasiado tarde, parece que en sus sueños, de vez en cuando, José Alfredo le susurra versos desde el Tenampa.

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