Manolo García: Cantándole a la última fila en Madrid

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“Un telón popular, el símbolo perfecto para introducirnos en la madeja de versos de pueblo, de barrio y de gente de a pie que abundan en su cancionero”

Madrid celebró la “Geometría del rayo” de Manolo García en un abarrotado Palacio de Deportes por el que desfilaron dos bandas, una treintena de canciones y más de un alegato en busca de la igualdad. Allí estuvo Arancha Moreno. 

Manolo García
Palacio de Deportes de Madrid (Wizink)
27 de octubre de 2018

 

Texto: ARANCHA MORENO.
Fotos: J. PEREA.

 

Prometía ser una noche larga, y no solo por el cambio de hora. Tocaba Manolo García en Madrid, en su breve gira de grandes recintos. Cuando todavía no hemos terminado de saborear su “Geometría del rayo”, publicado en marzo, ya lo estamos despidiendo en directo. Curiosa fugacidad, en estos tiempos en los que las giras de éxito duran, al menos, un año y medio. Pero si hay alguien que no se somete a ninguna regla del mercado musical, ese es Manolo García. Y lo demuestra rompiendo todos los moldes: fundiendo dos bandas en un repertorio de treinta canciones con el que ofreció un concierto de casi tres horas y media. Sin saltarse un solo tema del guion… y con algún regalo inesperado en el tiempo de descuento.

La pista y las gradas del Wizink están absolutamente abarrotadas de un público, en su mayoría, pasados los treinta, camino de los cuarenta o de los cincuenta. Solo cabría más gente si se colgasen de las grúas del techo. Pasadas las nueve de la noche, los nervios se agolpan en las primeras filas, que piden que empiece el concierto. Una hilera de sábanas sujetas con pinzas ocultan el escenario, como esas cuerdas de patio de vecinos donde la ropa se seca al sol. Un telón popular, el símbolo perfecto para introducirnos en la madeja de versos de pueblo, de barrio y de calle que abundan en el cancionero que sonará esta noche. Antes de que den las nueve y cuarto, las sábanas se descorren y descubren a una banda de siete músicos rodeando a Manolo García. Y la intro, suavemente, se va transformando en una coreadísima ‘Malva’. Arranca el show.

Es fácil dejarse arrastrar por la marea musical, pero nuestros ojos no dan abasto. A las pantallas laterales que proyectan lo que ocurre en el escenario se le suman unas más pequeñas que emiten imágenes de todo tipo: perros, paisajes desérticos, viajes, anémonas… Hay abejas de peluche colgando del techo y encima de los altavoces, rótulos luminosos de formas sinuosas rompiendo el fondo, pañuelos de colores vivos agarrados al micrófono de Manolo. Y él, con cazadora vaquera, palestina y camisa, sostiene un garrote, ¡un garrote!, con el que juega, señala y casi alienta al público con gritos campestres. En torno a todos ellos hay una mujer, deslizándose como un gato con una cámara, a ratos grabando, a ratos dando pasos de danza. La escena es absolutamente daliniana, como el propio personaje. Tan diferente a cualquier otro artista que haya pasado por el Wizink, nombre que tarda poco en criticar. “Este Palacio es de los madrileños. Las paradas de metro han de llamarse Jacinto Benavente, Pío Baroja, Agustina de Aragón… no marcas comerciales, ¿qué cojones es esto?”, espeta.

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“Es fácil dejarse arrastrar por la marea musical. Visualmente, nuestros ojos no dan abasto”

Defiende ‘Un alma de papel’ pletórico, sonriendo a cada remota esquina del Palacio. No ha acudido el creador solitario, el que construye mundos en su taller creativo y cuida al milímetro el verso y la melodía, sino el músico que se deja llevar, que siente la canción, que canta con la gente y para la gente. Que no deja de oscilar de un lado a otro y de cruzar la pasarela para sentirse más cerca del público. Ríe con sus músicos, interactúa con los asistentes, les lanza su cazadora. Así se van sucediendo ‘Nunca el tiempo es perdido’ y ‘Prefiero el trapecio’, alternando discos de todas sus épocas para calentar el ambiente. Le acompaña su banda española, capitaneada por Ricardo Marín (guitarras eléctricas y acústicas), que despunta en el solo eléctrico final de ‘Pan de oro’. A su lado rema el resto del grupo: Víctor Iniesta (guitarras eléctricas y acústicas), Íñigo Goldaracena (bajo), Charly Sardá (batería), Olvido Lanza (violín), Mone Teruel (coros) y otro de sus veteranos, Juan Carlos García (teclados, percusión y voces).

Acompañado solo por una guitarra española, se vuelve flamenco con un guiño a Triana. Reconocemos los versos de ‘Todo es de color’, del grupo sevillano, dándole paso a ‘Con los hombres azules’, que se torna moruna con el resto de la banda. Ahí están algunas de las claves de ese sonido suyo, que es árabe, flamenco y popular, que es barrial y poético. No hay más que verle cantando aquello de “solo eres literaria veleidad” sin dejar de empuñar el garrote, justo antes de recordar las palabras de un filósofo: “Platón decía que la música es para el alma lo que la gimnasia para el cuerpo. Está bien, ¿no? Pues cantad, expandid el alma, estaréis siendo campeones de la gimnasia del alma. ¡Cantad, cantad conmigo, por favor!”.

Manolo agradece al respetable que ha elegido estar ahí una de sus últimas noches de directo: “Quedan dos concierticos para acabar la gira y estoy triste”. No está haciendo segunda ronda, esta gira es un “hola” y “adiós” en cada ciudad que pisa. Quizá por su propio planteamiento, que en los grandes recintos combina dos bandas imposibles de mantener demasiado tiempo: sus compañeros de siempre y cuatro músicos estadounidenses con los que grabó su último disco en Nueva York, con los que ha ensayado varias semanas en la capital. Son ellos los que salen ahora al escenario: Gerry Leonard (guitarra eléctrica), Meghan Toohey (guitarra eléctrica), Jesske Hume (bajo) y Sarah Tomek (batería). Una formación casi enteramente femenina con la que encara ‘Lo quiero todo’. Otra muestra más de que le interesa la evolución, el reto, avanzar. Y de que su mente inquieta es libre, porque es dueño de sí mismo: “La libertad no es tener un buen amo, es no tener amo”, matiza.

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“Las paradas de metro han de llamarse Jacinto Benavente, Pío Baroja, Agustina de Aragón… no marcas comerciales, ¿qué cojones es esto?”

Le toca el turno a la electricidad sin demasiadas concesiones, a su lado anglosajón. Hace rato que ha cambiado el bastón por el pie de micro, afrontando esta segunda recta en la que acomete gran parte del nuevo disco con la banda con la que fue concebido. Imposible no fijarse en la energía de la baterista, viviendo el concierto con una sonrisa mientras marca un pulso impecable. Entre ‘Ardieron los fuegos’ y ‘La punta de mis viejas botas’ dedica unas palabras a las ganaderas de España. El Manolo reivindicativo asoma entre canción y canción. Y recordando una del disco anterior, ‘Es mejor sentir’, eléctrica y con el violín de Olvido Lanza. Un sofá aparece en escena, pero apostamos cinco a una que será incapaz de sentarse.

En el pasaje central del concierto, la luz y la oscuridad se entrecruzan. De lo primero se encarga uno de sus nuevos clásicos, ‘Océano azul’, esa canción que cabalga entre violines a lo “Easy rider”, y ‘Giro teatral’, con las que Manolo baja a la pista y la bordea hasta acabar subido a una de las barras laterales, cantando con la gente y dándole trabajo extra al equipo de seguridad. Los fotógrafos, que de manera excepcional tienen permiso para retratar y estar en el recinto durante todo el show (no suele ocurrir), son desplazados del foso porque se les avisa de que el músico se va a lanzar al púbico. Finalmente no se tira, pero se acerca y pasea entre la multitud.

El carácter sombrío lo marcan ‘La llamada interior’, para la que empuña la armónica, y ‘El frío de la noche’, donde coge por primera vez la guitarra y su rostro se torna más serio, contagiado por el tono más lúgubre del mensaje. Volverá a agarrarla en ‘La regla de la sabiduría’, lamentando aquello de “unos pocos tantos, y tantos tan poco”. Manolo solo acaricia las cuerdas en esos dos tramos, quizá los más introvertidos, los más sombríos, los más oscuros de su nuevo disco. Entre un extremo y el otro surgen la reivindicativa ‘Nunca es tarde’ y ‘Ruedo rodaré’, que comparte en las voces con la única artista invitada de la noche, su hermana Carmen García. ‘Si todo arde’ hace que confluyan la electricidad “yanqui”, apuntada con peso desde la batería, con una guitarra española despuntando. Antes del primer descanso suena ‘Campanas de libertad’, con unas guitarras y una atmósfera que nos recuerda –aunque lejanamente– al ‘The passenger’ de Iggy Pop.

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“Manolo solo acaricia las cuerdas en dos momentos, quizá los más introvertidos, los más sombríos, los más oscuros de su nuevo disco”

Regresa al escenario con una propuesta más íntima, con la canción que abre “Geometría del rayo”: ‘En tu voz’. Ya solo le acompaña su banda española. Pide cordura social para eliminar la violencia de género antes de cantar ‘Sombra de la sombra de tu sombrero’ (con ese verso tan acertado: “No quiero ser tu cárcel, eso nunca”), donde recurre al sonido de los timbales y renace su deje aflamencado. Es la previa a uno de sus viejos himnos, una muy rumbera y acelerada ‘Como un burro amarrado a la puerta de un baile’, una fiesta gitana en la que Manolo bailotea mientras aparecen pelotas hinchables sobrevolando al público y puñados de confeti. Y, cómo no, no pueden faltar sus mágicos ‘Pájaros de barro’, una de sus melodías inmortales, que pellizcan ahí, justo en el centro del pecho. En una esquina de las tablas, vemos a Manolo cantando tras unos cables, y nos imaginamos por un momento que son aparejos de una barca con la que está cruzando el tiempo y la vida, capitán de su travesía en la que su único equipaje son las canciones.

Se despiden sin hacerlo, y sabemos que aún faltan unos últimos bises. Los traen con ‘Carbón y ramas secas’, con los que parte del equipo de su propia discográfica se arranca a bailar. Tal es la fiesta que ha aparecido una bota de vino en el escenario, y el cantante la comparte con cada uno de sus músicos. “¡A ver si los va a emborrachar”, dice algún miembro de su equipo, riendo. Alguien le ha traído un ramo de rosas a Manolo, que ya ha dado las gracias a los 15.000 asistentes “por venir a parar el tiempo con nosotros”. ‘Somos levedad’, otro himno al tempus fugit y a la mortalidad del ser humano, sigue manteniendo a las gradas en pie.

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“’Tocaremos ‘Insurrección’’, accede, pero pide algo a cambio: el compromiso de que la gente se va a movilizar con las injusticias”

‘Sobre el oscuro abismo en que te meces’ es la antesala de la eléctrica y popularísima ‘A San Fernando, un ratito a pie y otro caminando’, para la que pide un favor al público: que le dejen cruzar la pista para llegar hasta la grada del fondo, y cantarles a los de atrás. A los últimos de la fila. Pide un pasillo “un poquito más ancho, por favor, abriéndose como las aguas del Mar Rojo”. Las guitarras y los coros van entrando en materia mientras el impetuoso Manolo consigue recorrer toda la pista y subirse a la primera grada del fondo. Una locura que ha conseguido pidiendo cordura, demostrando que está todo lo cerca que le dejen estar. No hay brazo que esté quieto en esta guinda a la que se ha sumado también la banda estadounidense, en una versión épica que roza los diez minutos. Se ha ido hasta el fondo por una sencilla razón: “Todos somos iguales”, grita. Los dos grupos se despiden, agradecen y celebran lo que acaba de ocurrir. Alguno se marcha del Palacio pensando que todo ha acabado ya, pero no. Porque el público no quiere: la sala entera corea el título de uno de sus clásicos, ‘Insurrección’.

‘Insurrección’ no está en el guion, pero Manolo escucha, y dice que se lo va a pensar. “Tocaremos ‘Insurrección’”, accede, pero pide algo a cambio: el compromiso de que la gente se va a movilizar con las injusticias. “Levantad un brazo cuando los jubilados salgan a defender lo que es suyo, han levantado este país y ahora se les habla de miseria. Salgamos con ellos a la calle, pacíficamente, pacíficamente. Cuando salgáis a la calle tocaremos ‘Insurrección’”. Se oyen gritos de júbilo, y él, con ese deseo dibujado en el aire, accede a recrear el mayor himno de El Último de la Fila. No figuraba en el repertorio inicial, de treinta temas, pero existe ahora. Con él roza las tres horas y media de concierto, mientras grita una vez más “pequeñas tretas para continuar en la brecha”. Con la misma energía que ha desprendido durante todo el concierto, sin perder un ápice la voz, ni las ganas, ni los bailes, ni la calidez, ni la química con ese montón de miles de almas que se saben cada verso como otros se saben el padrenuestro. “Tres horas y media, ¡nuestro Bruce Sprinsgteen!”, comenta una joven emocionada. Cada uno en su lugar, pero Manolo, en el de todos. En el que se ha ganado sin poses, sin reivindicarse a sí mismo, sin darse golpecitos en el pecho. El sitio que se ha labrado durante cuatro décadas de trabajo y creación, construyendo su espléndido universo de canciones. Genuino y único.

Repertorio Manolo García en el Palacio de Deportes

Malva
Alma de papel
Nunca el tiempo es perdido
Prefiero el trapecio
Pan de oro
Con los hombres azules


Lo quiero todo
Ardieron los fuegos
Las puntas de mis viejas botas
Es mejor sentir
La llamada interior
Océano azul
Giro teatral
Ruedo, rodaré (con Carmen García)
Nunca es tarde
Humo de abrojos
El frío de la noche
Si todo arde
La regla de la sabiduría
Campanas de libertad

En tu voz
Crepúsculo creciente
Sombra de la sombra de tu sombrero
Como un burro amarrado a la puerta del baile
Pájaros de barro

Carbón y ramas secas
Somos levedad
Sobre el oscuro abismo en que te meces
A San Fernando, un ratito a pie y otro caminando
Insurrección

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