Las palabras de Serrat, de Luis García Gil

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LIBROS

«Hay una honda conciencia, cuando acabas el libro, de que Serrat tiene un hatillo de vocablos esenciales, fieles en diferentes contextos»

 

Luis García Gil
Las palabras de Serrat
EFE EME, 2023

 

Texto: CÉSAR PRIETO.

 

Luis García Gil sabe tanto de Joan Manuel Serrat como si toda su vida hubiese discurrido en el Poble Sec, en la misma casa del noi, desde que este nació. Lleva ya varios libros sobre el cantante barcelonés (Serrat y los poetas, Efe Eme, 2021; Mediterráneo. Serrat en la encrucijada, Efe Eme, 2015) y algunas colaboraciones en volúmenes colectivos (Joan Manuel Serrat. Entre el cielo y el mar, Efe Eme, 2022). El que nos ocupa, Las palabras de Serrat, es un diccionario, pero no es solo un diccionario. A la manera del que se dedicó a Georges Brassens, que el autor cita como modelo, se van desgranando las palabras que son el referente léxico de Serrat, aquellas que ha utilizado con mayor profusión o que brillan con luz propia, aunque únicamente aparezcan una vez en todo su cancionero. Las palabras, en definitiva, nos ofrecen su poética, aunque también —destaca la introducción— el volumen se puede tomar como un juego, abrirlo al azar —a la manera dadaísta— o buscar, como en un diccionario al uso, la palabra que nos interesa.

Muchas de las entradas le sirven para tender ligazones con la biografía o el contexto de Serrat. Por ejemplo, la entrada «abanico» conecta con el mundo de la copla, del que tanto bebió; «bota» se dirige a unos botines de cabritilla negra que usó en sus primeros conciertos en La Habana, en 1973; «cuentos» recuerda algunos discos en los que narraba relatos infantiles, «galán» nos enfrenta a la censura; «paraules» nos retrotrae a sus inicios en Radio Barcelona y «gitano» a sus versiones en rumbas.

Pero vamos a tomar el diccionario como juego, o como búsqueda de coordenadas, las que establecen, por ejemplo, los cuatro elementos —tierra, aire, fuego y tierra—, con entradas muy largas. O las que destacan entradas con palabras que son extensas, más de una página. Y aquí hay una reñida competición —que os dará las claves de su mundo—, entre flor, lluvia, viento, pájaro, ojos o mar.

Después, muchas de estas palabras se despliegan en hipónimos que establecen dos direcciones en sus canciones —¿deberíamos decir en su poesía?—, una atenta al mundo rural donde entran palabras como ribazo, pucheros, pozo, acequia, zarzal, o la que engloba todo ese mundo de sus infancias: tierra. Es aquí donde sitúa, como un juego o como un guiño, palabras poco usadas, sin asentamiento global, como «zarrio». Pocos españoles deben de saber que se aplica a alguien vulgar u ordinario.

En contrapartida, las calles de la ciudad, el mundo urbano, resplandecen en otra vertiente de su universo. Ahí aparecen bares, boleras, el barrio, que otros llaman el mundo… y billares. Es proverbial el buen manejo de los tacos en las manos de Serrat, muestra clara de que el asfalto también era su espacio dominado desde las cuestas del Poble Sec.

Más repasos: a los colores, a palabras en lunfardo, en caló o en la jerga charnega de Barcelona —en pocas canciones, eso sí—, a los meses o a la naturaleza —ya hemos visto su querencia por los pueblos— o a los sentimientos, alegría, amor, y también pecado, lo que lleva a recordar que el dúo Pecos trazó una versión de “Mediterráneo”.

Es una manera inhabitual de acercarse al mundo de Serrat, presente en negro sobre blanco desde el imprescindible volumen que le dedicó Manuel Vázquez Montalbán, del que García Gil ya lleva varios estudios. En este, no hay nada inédito, pero sí una honda conciencia, cuando acabas el libro, de que nuestro cantante tiene un hatillo de vocablos esenciales, fieles en diferentes contextos. Esas que su poeta, Antonio Machado, supo ver como eje de la poesía: la palabra esencial en el tiempo.

Anterior crítica: El tiempo es un canalla, de Jennifer Egan.

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