Johnny Cash: diez años después, la leyenda sigue creciendo

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«El muchacho pobre de Arkansas, ‘white trash’ que se hizo a sí mismo tras recoger algodón y servir en el ejército, estuvo en la génesis misma del nacimiento del rock and roll. De Sun a Columbia…»

 

En el décimo aniversario del fallecimiento de Johnny Cash, no podíamos dejar de recordar su figura y su obra, que día a día se muestra más grandiosa. Julio Valedón Blanco se encarga del homenaje.

 

Texto: JULIO VALDEÓN BLANCO.

 

Se cumplen diez años de la muerte de Johnny Cash. Su deceso me sorprendió en Inglaterra, en la isla de Wight, visitando a la que a partir de entonces no sería más mi pareja. ¡Disculpen la confesión! No pretendo transformar esta pieza en un cotilleo, pero caramba, hay sentido en el asunto: yo estaba enganchado entonces a las grabaciones de Cash con Rick Rubin, sus cantos de resistencia, su dramático striptease emocional. Aquellas canciones facilitaron la digestión del abandono. Jodido pero orgulloso. O al menos digno. ‘Like a soldier’, vaya, favorita personal de sus días crepusculares.

Una década después mantengo intacto el amor por esos discos. Resultan imponentes. Un ejercicio de audacia que no siempre funcionaba, pero que en sus mejores momentos, muchos, te apabullaba por la facilidad omnívora de Cash. Inquieto, reinventaba lo suyo. Colonizaba lo ajeno con imponente respeto. Todo lo imbuía de credibilidad. Los arreglos eran elegantes, austeros, solemnes o secos, Los colores elegidos, negro y sepia, vestían un repaso a las músicas fundamentales del sur de los Estados Unidos. Con especial atención al country, el folk y el gospel. Los tropiezos, las versiones excesivamente alejadas del temperamento y gustos de Johnny, las propuestas demasiado locas de Rubin, se compensan con creces mediante revisiones que noquean el original, caso del ‘One’ de U2, así como otras de Nick Cave, Depeche Mode o Will Odham. Por cada ‘Brigde over trouble water’ o ‘In my life’, prescindibles, asombra con una ‘Long black veil’ que medio eclipsa su toma de los sesenta. O te deja tiritando y postrado con temas nuevos, tipo ‘The man comes around’, ‘Drive on’ o ‘Like the 309’ que figuran entre lo mejor que jamás escribiera. O casi sin quererlo interpreta un ‘Further on up the road’ y así, en un descuido, demuestra hasta qué punto envejeció infinitamente mejor, más urgente e interesante, que muchos de sus discípulos. Frente a los lamentables intentos de muchos veteranos por seducir a la audiencia juvenil modernizando, o sea, embadurnando y jodiendo su sonido, pensando en el hit de hoy y obviando la posteridad, la evidencia de que hay vida comercial, posibilidades de mantener tu espacio y trascender, mediante el ejercicio inverso. Mandando al carajo las convenciones. Llevando la contraria. Pero las «American recordins» solo cuentan una parte pequeña de su asombrosa historia

 

 

El muchacho pobre de Arkansas, «white trash» que se hizo a sí mismo tras recoger algodón y servir en el ejército, estuvo en la génesis misma del nacimiento del rock and roll. De Sun a Columbia, de su apoyo a luminarias sospechosas para el «establishment» de Nashville, caso de Bob Dylan o Joni Mitchell, a su respeto reverencial por los orígenes del country, de su apadrinamiento de Kris Kristofferson y los outlaws, de los conciertos en las prisiones y el heterodoxo programa de televisión por el que pasaron músicos inimaginables en el Grand Ole Opry, de su permanente cuelgue con los estimulantes a su solidaridad con los presos, de su religiosidad cuasi fundamentalista a su talante compasivo, sus modos imperiales, su actitud punk, su penoso ostracismo de los ochenta, su emocionante resurgir de los últimos años… Cash es todo eso, y más.

 

 

Lean a Diego A. Manrique: «Esos ‘American recordings tenían su punto pero distorsionaban su imagen. Faltaba el humor, el sentimentalismo, las chispas eróticas que saltaban cuando cantaba con June Carter». Cuando alguien ha cocinado una obra a lo largo de medio siglo, decenas y decenas de discos, acaba por resultar caleidoscópico. Subrayar una etapa implica oscurecer otras. Mi consejo es no caer en el error adolescente de aplicar al mito las cualidades que buscamos. Que la miopía no te impida disfrutar de un disco tan asombroso como «My mother’s hymn book». Da igual si eres o no creyente. Lo importante es que Cash canta con una fragilidad, una convicción, un conocimiento, que corta el resuello. En su interpretación está haciendo, de forma consciente o inconsciente, un exorcismo que trasciende lo meramente académico para alcanzar otro nivel. Allí donde durante un breve instante se ilumina nuestra penumbra. El hocico de lo desconocido. El blanco perfume de la muerte.

 

 

Desde sus primeras grabaciones, con insultante frecuencia, el Cash más inspirado viajó hacia lo que Mario Vargas Llosa ha denominado el «pozo negro que nos espera a todos y a cuyas orillas algunos creadores de excepción se acercan a veces para producir una belleza impregnada de misterio». Hagan la prueba. Pinchen «Johnny Cash and his hot and blue guitar», de 1957, su disco de debut, que contiene himnos como ‘Folsom Prison blues’, ‘I walk the line’ o ‘Cry! Cry! Cry!’. A continuación busquen «American V: A hundred highways» y «American VI: Ain’t no grave», dos de las entregas póstumas de la serie publicada en 2010 y en las que encontramos a un Cash descuajaringado por la enfermedad. Abrasado por la pena de la repentina muerte de June. Sus hijas cuentan que cuando creía estar solo, en su despacho, cogía el teléfono y simulaba hablar con ella, «Hola mi amor, no falta mucho para vernos, te echo horriblemente de menos». Las peores horas eran las del atardecer, coincidiendo con el momento en que murió June, un 15 de mayo de 2003, víctima de las complicaciones cardiacas surgidas tras implantarle una válvula. Johnny falleció el 12 de septiembre de ese mismo año. En esos cuatro meses no hizo otra cosa que grabar.

 

 

Conociendo el insoportable dolor físico y espiritual de sus últimos días, su casi completa ceguera, la nostalgia de June, la maldita silla de ruedas, el insulto de los premios MTV (algún día lo contaremos), etc., lo que Johhny hace con ‘You’re the rose of my heart’ de Hugh Moffat, o con ‘Aloha Oe’, el clásico hawaiano que escribió la reina Lili’uokalani en 1877, demuestra que incluso la canción más tradicional y manida, presa de incontables versiones florero, puede morder como si estuviera recién parida si la hace suya un genio empeñado en seguir buscando al duende. En mis peores días, cansado de que nos tomen por gilipollas, nos chuleen, roben e insulten, harto también de envidias, de la mala leche que tantos destilan, de fracasos íntimos y generacionales, personales y colectivos, cuando más fuertes son las ganas de emigrar a Siberia o Alaska y hácermelo de Derzu Uzala o Jeremiah Johnson, Cash sirve como vacuna. Me recueda que a pesar de las inmensos lagos de mierda acumulados en los bajos del mundo existen poderosas razones para seguir creyendo en la gente. Aunque sepa de sobra que igual a él no hubo ni habrá otro.

 

 

 

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