Hey clockface, de Elvis Costello

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DISCOS

«Mirando al futuro, recupera parte de los moldes con los que fraguó el hermosísimo Painted from memory junto a Burt Bacharach»

 

Elvis Costello
Hey clockface
CONCORD, 2020

 

Texto: DAVID PÉREZ MARÍN.

 

Elvis Costello lleva casi medio siglo haciendo malabares musicales y mudando la piel para no estancarse en ningún género, pero siempre con cariño y respeto, robándole un trozo de alma a cada uno de ellos y fundiéndolos con la suya propia, firmando con tinta imborrable algunas de las mejores letras de la cultura popular de las últimas cuatro décadas. Aparte de poseer unos de los cancioneros más ricos de la historia, suma una sabiduría musical al alcance de pocos, unida a una personalidad desbordante y magnética, un cóctel perfecto que solo agitan a cada paso un puñado de leyendas vivas en la industria de la música, héroes mayores que él, como Bob Dylan, Neil Young, Paul McCartney, Jagger o Richards… Gigantes y espejos en los que se miraba en su adolescencia y con los que, por méritos propios, trabajo a trabajo, se codea y juega en la misma liga desde hace lustros. Por todo esto y más, cada nuevo lanzamiento de Elvis Costello debe ser —y es— todo un acontecimiento. Más si cabe cuando el disco que le precede es el notabilísimo y exitoso Look now (2018), Grammy incluido.

Sin más preámbulos, miramos a la cara el reloj de la portada, ese mismo que intentamos parar cada día con nuestras manos, y nos dejamos llevar por este poliédrico Hey clockface. El lamento por el paso del tiempo de la canción que da título al conjunto nos absorbe como un agujero negro, ese no poder acelerar las agujas del reloj cuando estamos a la espera de algo bueno y lo contrario, la imposibilidad de frenarlas cuando avanzan muy rápido y, entre un parpadeo y otro, sin avisar, llegan las temidas despedidas. Pero no hay tristeza en “Hey clockface / how can you face me?”. Costello acepta el reto y hace que todos los relojes del mundo bailen y se acompasen al unísono, con aroma a vodevil y al son del alegre, contagioso y primigenio latido de New Orleans. Todo aderezado en la ciudad de la luz, rodeado por la espontaneidad de un grupo de músicos de jazz que no conocía y que buscan su sitio y lo encuentran en la canción.

A nuestro Elvis, aunque inglés de nacimiento, le corre el cancionero americano como el Mississippi por la sangre, desbordándose en muchas de las pistas de esta flamante obra. Trabajo número 31 de Elvis Costello que, como su propia personalidad, es más ecléctico que nunca y está muy lejos de ser un álbum al uso. En realidad, Hey clockface son varios discos en uno, donde se agrupan temas que beben de diferentes estilos, con el inabarcable Great American Songbook ondeando en el aire, ese que parte del jazz y se funde con el blues, raíces que salían en su infancia de la trompeta de su padre y de las ondas sonoras radiofónicas que lo hacían recorrer otros universos de la mano de King Oliver, Lester Young, George Gershwin, Billie Holiday o Cole Porter… Pero también cohabitan entre los surcos ecos furiosos y vibrantes de New Wave en vena, como el magistral huracán nihilista contra la desesperanza de “No flag”, donde Costello parece cantar como si fuera su última noche en la Tierra (además de grabar él mismo la batería, guitarra, hammond y bajo), con esa energía y rabia marca de la casa que te remueve por dentro, o la reivindicativa “Hetty o’Hara confidential”, donde vuelven a relucir sus cuerdas vocales bajo un pulso experimental y nervioso, marcando el tempo y la melodía de la comedia satírica a ritmo de rap y beatbox, contando la historia de una columnista de cotilleos americana muy influyente entre los años 30 y 60, pasando por dejar atrás el odio y el miedo en la atmosférica y melódica “We are all cowards now”, o recitar la fuerza del amor en la inicial “Revolution #49”, fluir poético a base de spoken word que repite y roza la meditación en “Radio is everything”, para mostrar el poder de teletransportarnos de la radio, heredera en parte de “Radio, radio” y sobre todo de la más optimista “Radio soul”, letra que escribió con diecinueve años.

Aunque los catorce temas se completaron en febrero, el álbum voló paralelo a la pandemia, como si las canciones quisieran viajar antes de que las trágicas circunstancias nos cortaran las alas y Europa se confinara poco a poco… Míster Costello hizo las maletas y, emulando a ese otro icónico e irrepetible artista de también sempiternas gafas de pasta, Woody Allen, recorrió varias ciudades y en cada una de ellas —Helsinki, París y Nueva York— fueron germinando y encajando las piezas, diferentes y únicas, de Hey clockface.

Así, podemos recorrer la madrugada neoyorquina en la magnética “Newspaper pane”, con la trompeta de Michael Leonhart a contraluz, relampagueando con la luna de la Gran Manzana de fondo, más dos mancos vanguardistas a las seis cuerdas, para terminar de fundir las estrellas con neones y fuegos artificiales, Bill Frisell y Nels Cline; y justo después, volver a la capital francesa y recorrer las composiciones más melancólicas y clásicas, junto al Imposter Steve Nieve al piano y preciosistas arreglos de cuerda y viento, despertando el danzar de las llamas de las velas con “I do (Zula’s song)”, un pausado y delicado tango, o con el sentido vals a fuego lento de “What is it that I need that I don’t already have”, hasta llegar al delicado final con espinas de “Byline”, reflejando el fracaso a la hora de abrirse el pecho en una carta de amor.

Una enredadera de pasiones, géneros y personajes a corazón abierto con un Costello que, mirando al futuro, recupera parte de los moldes con los que fraguó el hermosísimo Painted from memory (1998) junto a Burt Bacharach y prosigue, incombustible y en plena forma, hacia cualquier otro destino que lo mantenga en movimiento, sacándole brillo a la tradición popular a sus 66 años y jugueteando con la fugacidad de un tiempo que sigue parando cada vez que se lo propone.

Anterior crítica de discos: Las montañas, de Delaporte.

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