Fito Páez: «La música te exige la verdad»

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«Todo puede fracasar en una canción, como en la vida»

 

El próximo 29 de enero, Fito Páez regresará a Madrid con su directo Solo piano. Antes de que ocurra, Carlos H. Vázquez habla con él sobre su último trabajo, La ciudad liberada, entre otras cosas.

 

Texto: CARLOS H. VÁZQUEZ.
Fotos: GUIDO ADLER.

 

Aúllan los lobos y Howlin’ Wolf a media noche, a la hora en la que salen de casa los fantasmas, las brujas y demás personajes de las historias de terror, como atracadores y policías sin uniformar. Cuando todos los gatos son pardos, las canciones son vehículos que sirven para regresar con vida a casa.

La de Fito Páez es una carrera de casi cuarenta años. Y no son pocas las canciones que le acompañan (y le han acompañado) cuando ha tenido que hacer la maleta para cruzar mares, tierras y cielos. Allí arriba, en las nubes, todo es insignificante, pero llegan los aullidos de los lobos (y también de Howlin’ Wolf). Fito mira la vida tras unos anteojos redondos que, según sea el día, cambian de color. Tras editar La ciudad liberada (Sony, 2017) y realizar su respectiva gira, el músico argentino regresa a España con un Grammy por “Tu vida, mi vida” y el tour Solo piano, enmarcado en el festival Inverfest. Después de todo, ¿de qué habla una canción? Desde Buenos Aires hasta Madrid, el teléfono se convierte en causa —y a la vez solución— de todos los problemas.

 

Enhorabuena por el Grammy Latino que acabas de ganar por la canción “Tu vida, mi vida”. ¿Qué se siente cuando te dan un premio: se espera recibirlo, o ya da igual, porque una carrera de casi cuarenta años es más que suficiente?
Nunca dan igual, y quien te diga lo contrario es un mentiroso. Recuerdo que Adolfo Aristaráin, gran cineasta y gran amigo, fue una vez a San Sebastián, creo que cuando estaba con la película Martín Hache, y un periodista le preguntó: «¿Qué te parece compartir aquí los premios con otros colegas?». Y él dijo: «A mí no me importan nada mis colegas. Yo quiero ganar la Concha» (risas). Entonces, descarnado como es él, yo pienso lo mismo: si estás nominado, no vas a ir allí a no llevártelo. Es lindo ganar premios y, por otro lado, es una palmada en la espalda que te dan los amigos del bar, que te dicen: «Bien, muchacho. Hiciste una buena canción. No está mal. Vuelve al estudio y haz otra».

 

En “Tu vida, mi vida” dices: «Ella se divide en dos. La sombra y la luz del mundo. Sus ojos son un mar profundo. Hoy sin ella yo no vería el sol». ¿Cuántos naufragios pueden caber en una canción?
Naufragios, todos, porque todo puede fracasar en una canción, como en la vida. Es una buena pregunta. De lo que se trata es de no naufragar; que esas palabras, si son música, conduzcan el barco a una playa o a un puerto y que los oyentes puedan disfrutar de esa travesía también. Naufragios puedes cometer miles, porque la historia de uno se trata de naufragios. Y los aciertos son muy pocos, por supuesto, porque nuestra vida es una vida de derrotas. Por eso se acepta y se celebra tanto cuando te dan un premio. A mí no me pasa tanto, no sé si soy tan sentimentalista, pero he visto a gente llorar cuando le dan un premio y agradecérselo a toda la familia. Imagino que todas esas personas que le agradecen a la familia son una especie de psicópatas o de asesinos que están dentro de una casa torturando a toda la familia porque no les dan los papeles que quieren para las películas o porque el director les critica mucho durante el rodaje. Entonces se vuelven una especie de psicópatas domésticos y en posibles (futuros) asesinos. Por eso es que lloran tanto y agradecen tanto a las mujeres, a los hijos, a los mánagers… Me resulta muy simpática la escena.

 

¿A cuántos naufragios puede sobrevivir un artista?
A todos. Piensa que Vincent van Gogh no vendió un solo cuadro. Creo que esa es una buena mirada para pensar a un artista en serio. Van Gogh se coloca en una situación de subjetividad absoluta, lleva adelante el proyecto visual que tiene en su cabeza y en sus manos, y muere casi rogándole a Theo van Gogh [su hermano y marchante de arte] que le venda un cuadro, pero no vende ninguno. Se puede sobrevivir a todos los naufragios, pero porque es la obra la que sobrevive.

 

Me pregunto si en ese barco, tu barco, gobierna el músico o el escritor de canciones.
Gobierna el músico, porque al final es la melodía lo que se recuerda. Me van a odiar por esto que voy a decir, pero cada vez desconfío más de las palabras. Siempre están cargadas de sentido y muchas veces de subjetividades muy vanidosas y de actuaciones. La música no te permite actuar, la música te exige la verdad. Si no está todo tu cuerpo y tu carne en la parrilla, se nota mucho. Con las palabras puedes ser un poquito más mentiroso.

 

«Y aunque todo sea una farsa, yo sé que el mundo cabe entero en una canción», dice la letra de “El mundo cabe en una canción”. Hablamos de un tema que se publicó en el año 2006, por lo que tiene más de diez años. De un tiempo a esta parte, ¿sigue cabiendo el mundo en una canción?
Sigo pensando lo mismo (risas). En ese sentido, velamos a la educación sentimental de cada una de las personas. Es como la magdalena de Proust, que le dio para seis o siete tomos de En busca del tiempo perdido. Pero a nosotros, que no somos tan genios como él, una canción nos puede llevar a la infancia o al momento de un romance con una persona o a una situación determinada. Escuchas esa música y te retrotrae a un momento de felicidad o de tristeza. La música, y las canciones incluso, tienen una conexión directa con la emocionalidad de cada uno.

 

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«Se puede sobrevivir a todos los naufragios, pero porque es la obra la que sobrevive»

 

Vienes a España con la gira Solo piano, pero en la anterior gira, la de La ciudad liberada, tenías un repertorio con canciones de tus primeros discos: Del 63 (1984), Ciudad de pobres corazones (1983), Polaroid de locura ordinaria (1988) o El amor después del amor (1992). ¿A qué se debe: se trata de nostalgia o reinvención?
No. Simplemente las canciones se van incorporando. Y, aparte, los conciertos se nutren de muchas situaciones diferentes. Una de ellas es que el público escuche lo que quiere escuchar, porque también son canciones que a mí me gusta tocar, sean del año 85 o del 92 o del primer disco o del penúltimo, no importa. Creo que tenemos que estar todos adentro de una situación tribal en la cual tu vanidad tiene que quedar como muy acotada, porque esta es una fiesta de todos. Aunque ellos paguen la entrada y esté instalada la idea del espectáculo, lo más importante allí es que la gente entre de una manera y salga de otra. Para que esa magia se despliegue, vamos a tener que tirar redes y contactos de todo tipo y crearemos ese manto emocional sobre todas las personas, incluso en los músicos.

 

Una de estas canciones, que entiendo que te gusta tocar, es “Ciudad de pobres corazones”. Sin embargo, has dicho que es una de las canciones que jamás hubieras querido escribir. Pertenece a un disco oscuro, Ciudad de pobres corazones, y surgió a raíz del asesinato de tu abuela Belia, tu tía abuela Pepa y la chica que trabajaba en la casa de Rosario donde te criaste, que para más señas estaba embarazada, en noviembre de 1986.
Sí, total. Fue un episodio trágico con el que cargaré hasta la muerte. Salió esa música extraordinaria, muy visceral, con ese riff medio beethoveniano y ledzeppeliano, que al final es una canción esencial de lo que hago. Por eso la tengo que tocar. Pero a la vez es una canción que readorna infinidad de situaciones en el mundo. Cuando pasa un hecho trágico, es inevitable cómo “Ciudad de pobres corazones” viene a contar el asesinato de los cuarenta y tres chicos (estudiantes) en México en 2014. O cuando sucede un feminicidio y tocamos ese tema, inmediatamente la canción hace ese link lo ocurrido. O cuando mataron a Santiago Maldonado en Argentina, que todo el mundo interpretaba que la canción casi estaba hablando de eso. Creo que ese es el don que también tienen algunas obras, el de poder «linkear» sin haber sido una canción escrita en una coyuntura política, aunque evidentemente haya algo de la visceralidad del texto que hace que llegue hasta allí.

 

¿Polvo somos y en pólvora nos convertiremos?
(Risas) No está mal. Déjame pensar un poquito… Lo dijo Carl Von Clausewitz, el general prusiano que peleaba contra Napoleón, hace muchos años: «La guerra es la continuación de la política por otros medios». Cuando no se puede más en la vida política, se traspasa todo a la guerra, que es donde estaría la verdad. Así que del polvo venimos y a la pólvora vamos sería una frase a la cual Clausewitz se hubiera adherido.

 

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«Cada vez desconfío más de las palabras. Siempre están cargadas de sentido y muchas veces de subjetividades muy vanidosas y de actuaciones»

 

Acabas de dedicarle “Y dale alegría a mi corazón” a Boca Juniors y a River Plate por la final de la Copa Libertadores, que se va a jugar fuera de Argentina después de los episodios violentos que se han vivido recientemente en el país. En estos casos, ¿deberíamos preguntarnos si lo que falla es la persona, el fútbol o la educación?
Posiblemente tenga que ver con la educación y con un país que está en plena descomposición, en ese sentido. Vi cómo hace un tiempo le tiraron piedras a un directivo del Manchester United en Inglaterra. Tampoco es una cuestión esencial de Argentina, sino que está pasando algo en el mundo que a mí se me escapa para poder explicarlo, porque no soy sociólogo ni politólogo, pero hay una especie de descomposición moral, social y de inacción desde los estados para organizar la desesperación y la precariedad en la que vive un montón de gente y que esos hechos no sucedan. El Estado, con las empresas privadas que llevan adelante los negocios del mundo, en algún momento podrían volver a pensar que si no integran al consumidor, ni siquiera al pueblo, con los productos que quieren vender, van a tener un mundo en llamas, porque no puedes tener a generaciones hundidas en el pantano de la ignorancia y generando más violencia. Cuando no hay educación, evidentemente, surgen todas estas desavenencias. Educar sobre física, ciencias, matemáticas… no sería lo fundamental, sino que la idea de la educación pasaría por formar seres humanos sanos y solidarios. Pero bueno, en el mundo sabemos que hay un montón de universidades que se dedican a formar máquinas de hacer dinero para Wall Street o para las bolsas del mundo. Ahí se genera una gran contradicción en la máquina humana, que es donde el dinero y la ambición prima sobre la solidaridad, y volvemos al tema número uno, que es la ley de la selva: el más fuerte gana.

 

¿Y esta falta de educación nos puede conducir al fascismo?
Claro, porque el fascismo se trata de eso: gente ignorante que piensa que se está haciendo bien y, a la vez, de una forma muy mezquina, cuando en realidad deberíamos estar todos haciéndolo bien. Es una idea un poco judeocristiana. Me he criado en esas lides también. No es que sea practicante, ni mucho menos; soy un judeocristiano agnóstico, porque tengo formación judeocristiana, pero a la vez Nietzsche y todos sus amigos no han hecho más que sacarme todas las ilusiones y la vida misma también. Pero, por otro lado, quiero construir un mundo para mis hijos e intento ser parte de una obra que pueda aunar los corazones y hacerlos más felices, que es de lo que se trata.

 

No puedo evitar acordarme de la canción “Al lado del camino”: «En tiempos donde nadie escucha a nadie. En tiempos donde todos contra todos. En tiempos egoístas y mezquinos. En tiempos donde siempre estamos solos habrá que declararse incompetente en todas las materias de mercado». ¿Tal vez convendría desconectarnos para no ser conscientes de la realidad?
Totalmente. Ayer hablaba con unos amigos de que este mundo de inacción o de blindaje de la acción está ligado también a la vida con el teléfono. Ahora tenemos a todos estos revolucionarios en Instagram y en Twitter, pero no los tenemos en la calle y en las barricadas, en el Congreso. Ahí está fallando un mecanismo. No creo que los muchachos de Silicon Valley hayan pensado en eliminar la voluntad de la gente, pero de alguna manera lo han hecho y ahora estudian con los departamentos de recursos humanos cómo hacer para que eso pueda atenuarse. Han visto que han generado un monstruo.

 

¿Seríamos más felices si fuéramos más ignorantes?
No sé si sería así, pero seríamos más felices si no tuviéramos el telefonito en la mano todo el día. Ahora mismo estoy hablando contigo con un teléfono como el que tenía mi abuela Rosario en los años sesenta, así que casi me siento como un niño.

 

¿Y quién dijo que todo estaba perdido, como cuenta la canción “Yo vengo a ofrecer mi corazón”?
Yo digo: «¿Quién dijo que todo está perdido? Yo. Vengo a ofrecer mi corazón». Es una nueva forma de interpretar la frase. Y aunque nihilista, igual venís a ofrecer el abrazo.

 

¿Qué canción nos salvará del fascismo?
Nos vamos a salvar todos abrazándonos, siendo inteligentes y votando, sobre todo. No sé si lo hará una canción, pero nos vamos a salvar de eso volviendo a pensar. Esto pasa un poco en La jauría humana, la película de Arthur Penn, donde todos acusan a Robert Redford de un asesinato que no cometió y terminan linchándolo. ¿Qué hizo esa gente para no darse cuenta de lo que estaba haciendo? Al final de la película queda una sensación: «¿Cómo hemos llegado hasta aquí?». Es una hermosa película, te la aconsejo.

 

Al final, ¿la maldad sale sin querer?
La maldad es una materia humana. Yo, muchas veces, prefiero a un malvado que a un boludo.
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