El rock de una noche de verano (2): El roll del rock

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“¿Quién quiere la declaración de un hombre castrado? ¿Cómo puede haber intérpretes románticos que oculten su entrepierna por vergüenza?”

Juanjo Ordás nos acompañará los domingos de agosto, tratando de enfrentarse al verano… o no, tal vez, como hoy, se deje vencer y caiga atrapado por las altas temperaturas y termine pensando en… ¡sexo!

 

 

Texto: JUANJO ORDÁS.
 

 

Es verano, hace calor. Es sencillo pensar en el sexo. De hecho, es lógico pensar en sexo si hablamos de rock and roll. Y esta es una web de rock y de música pop. Nadie discutirá que nada más pop-ular que el sexo, el verdadero alimento del rock, el origen de su agitación, del contoneo, la causa de múltiples censuras que comenzaron con Elvis. No hay que infravalorar la censura, es un ingrediente que añade sabor al guiso.

Quizá por ello, para que una canción de rock and roll vibrante sea buena tiene que exudar sexo, quizá esa sea la razón por la que hay tantísimas canciones de rock estériles. Pienso en David Coverdale, uno de los fornicadores por excelencia del rock, perfecto ejemplo que se ha movido entre el estimulante más barato y la lascivia más poderosa. Comparemos ‘Still of the night’ y ‘Medecine man’, canciones ambas de sus Whitesnake: esteroide vacuo la primera, incontestablemente animal la segunda. Incluso la canción más romántica debe tener cierto componente sexual, porque eso la hará real, auténtica. ¿Quién quiere la declaración de un hombre castrado? ¿Cómo puede haber intérpretes románticos que oculten su entrepierna por vergüenza? ¡Hasta el sexualmente neutro Morrissey exhibe ímpetu sexual en una canción tan cínicamente romántica como ‘Let me kiss you’! Alguien alejado de los patrones clásicos del rock como Rufus Wainwright canaliza el sexo en sus canciones de pop barroco, cantando habitualmente como si acabara de tener un orgasmo. Muy grande Rufus. Muy, muy grande.

Evidentemente, el sexo como materia es moldeable dentro del rock. Ahí está ‘Forever blue’ de Chris Isaak, melancolía con fuerte esencia de mujer, el poso de sexo en el fondo de la taza de té. Bastante compatible, ¿no? El hombre se pasa la vida meditando sobre una infancia perdida que parte del vínculo materno, por eso las mujeres son mucho más fuertes que los hombres, siempre más predispuestas a mirar hacia el futuro, pues el futuro son ellas y su capacidad de darle vida. No es ningún secreto, desde tiempos inmemoriales los animales somos conscientes de que lo sagrado, como concepto, reside en ellas. Que nosotros, los hombres, somos una ínfima parte del engranaje del universo comparados con ellas. Por eso el rock and roll es un tributo a la mujer. Una vez Glenn Hughes me dijo que el bajo es el instrumento más sexy, ¡y tenía toda la razón! Él, un experto en la fusión de hard rock y funk. Pero no, no vamos a volver otra vez a Brown. Y sería fácil, ¿eh? Fácil y necesario. Los negros siempre han entendido la función del sexo en la música mucho mejor que los blancos, no imagino a unos tipos de color montando bandas castrati como Coldplay. Herederos de U2, dicen. Qué risa. Bono y The Edge sí que marcaron entrepierna cuando hizo falta, ahí están ‘Even better than the real thing’ y ‘Mysterious ways’, flechas dirigidas al misterio femenino que postra a los hombres de rodillas desde que el tiempo es tiempo. ¿Coldplay? Castrati rock. El rock necesita groove, y el groove básico de la vida viene dictado por las pelvis, por las caderas, por el roll del rock.

Anterior entrega: El rock de una noche de verano.

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