El regalo de Aute

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«No me podía creer que un tipo tan gigantesco como él, una leyenda venerada a ambos lados del océano, se estuviese tomando tantas molestias por un don nadie como yo»

 

Al margen de su reconocidísima vertiente artística, Luis Eduardo Aute brilló también por su humanidad. Nuestro compañero Javier Escorzo fue testigo de su generosidad cuando escribió el libro Hoy el viento sopla más de lo normal. Mikel y Diego, mucho más que Duncan Dhu.

 

Texto: JAVIER ESCORZO.

 

El sábado nos dejó Luis Eduardo Aute. A estas alturas, poco más se puede decir sobre el inmenso talento que volcó durante décadas en innumerables canciones, pinturas, grabados y cuadros.

Yo puedo contar que, la única vez que traté con él, fue tremendamente generoso conmigo. Sucedió cuando estaba preparando la biografía de Mikel Erentxun, Diego Vasallo y Duncan Dhu (Hoy el viento sopla más de lo normal. Mikel y Diego, mucho más que Duncan Dhu, Editorial Milenio, 2016). Mi idea era que en libro apareciese el mayor número posible de artistas que habían colaborado con ellos a lo largo de los años. Pude contar con gente que admiraba mucho: Juanra Viles, batería y miembro fundador del grupo, Enrique Bunbury, Quique González, Iván Ferreiro, Alaska, Nacho Canut, Eva Amaral, Julián Hernández de Siniestro Total, Álvaro Urquijo de Los Secretos, Miqui Puig, Javier Álvarez, Shuarma de Elefantes, Igor Paskual, Santi Balmes de Love of Lesbian, Guille Mostaza, Nacho Vegas, Christina Rosenvinge… muchísimos.

En el año 2000, Duncan Dhu había grabado una versión de “Slowly” para un álbum de homenaje al cantautor (Mira que eres canalla, Aute, Virgin España, 2000). Poco tiempo después, Luis Eduardo le devolvió el favor a Diego Vasallo cantando con él “Ascensores al cielo” en esa joya de disco titulada Canciones de amor desafinado (DRO East West, 2000). El contacto entre ellos era tangencial, pero existía. Estaba claro que venían de mundos distintos y yo sabía que no habían mantenido una relación de estrecha amistad, pero aquellas dos colaboraciones hicieron que me decidiese a intentar localizarlo.

Finalmente, gracias a varias personas de su entorno, lo conseguí. Le propuse una pequeña charla para que me contase lo que recordaba de aquello, alguna anécdota, cualquier pequeño detalle… lo que fuese. Él aceptó, pero me ofreció algo mucho más valioso: «Podría colaborar con algún dibujo o ilustración, si te parece». Que si me parecía, preguntaba… ¡Nunca me hubiera atrevido a pedírselo!

Fiel a su palabra, en unas semanas me avisó de que me mandaba el dibujo por mensajero a Pamplona. A los pocos días volvimos a hablar; necesitaba mi teléfono porque cuando el mensajero fue a mi casa no había nadie, y tenía que quedar conmigo para hacer la entrega. No me podía creer que un tipo tan gigantesco como él, una leyenda venerada a ambos lados del océano, se estuviese tomando tantas molestias por un don nadie como yo, que en aquellos momentos estaba escribiendo mi primer libro y que, por no tener, todavía no tenía ni editorial.

Al final, el dibujo llegó a su destino. Era muy de su estilo, con una cabeza de mujer emergiendo del mar y decenas de gaviotas saliendo de su boca; debajo, la siguiente dedicatoria: «Para Mikel y Diego, con afecto, estas casi cien…»). Yo terminé la biografía y firmé contrato con Editorial Milenio para publicarla. Fueron los únicos con los que hablé, llevaban muchos años editando libros de música, yo había comprado varios y me gustaba cómo trabajaban. Casualmente, acababan de publicar una biografía sobre Luis Eduardo Aute (Aute, lienzo de canciones, escrita por Luis García Gil) pocos meses antes. Recuerdo que cuando le conté mi anécdota a Javier de Castro, director de la colección de música y amigo personal de Aute, no se sorprendió. «Él es así», me dijo con la mayor naturalidad.

Cuando salió el libro le mandamos un ejemplar (su dibujo ocupaba la parte superior de la contraportada) y quedamos en que, cuando tuviésemos ocasión, nos veríamos personalmente, pero él enfermó y no tuvimos oportunidad de conocernos.

Siempre que muere un músico, muere uno de los nuestros. Buen viaje, Luis Eduardo. Muchas gracias por tu arte y, en mi caso particular, muchas gracias por el gran regalo que me hiciste y que ahora cuelga de una de las paredes de mi casa. Al lado, por cierto, de una lámina de otro admiradísimo pintor y poeta, el bueno de Jesús María Cormán.

Que la tierra te sea leve, maestro Aute.

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