El pasado, de Tessa Hadley

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«Una pátina impresionista cubre todo, con adjetivos precisos y atentos a percepciones sensuales, acudiendo de un foco a otro con una visión casi cinematográfica en los fundidos»

 

Tessa Hadley
El pasado
SEXTO PISO, 2024

 

Texto: CÉSAR PRIETO.

 

Si uno se enfrenta a una novela inglesa en la que aparece una campiña y un grupo de hermanos que se reúnen en ella, ya sabe lo que se va a encontrar. Puede, después, estar escrita con mayor o menor tino, tener una estructura u otra, contar con finales abiertos o cerrados, pero lo que siempre va a haber es una indagación intimista sobre las relaciones familiares y el pasado. Un pasado como el que simplemente proclama el título de la novela de Tessa Hadley, escritora tardía —no publicó hasta los cuarenta y seis años— y actualmente profesora de escritura creativa en la universidad de Bath Spa.

Se requiere también un fino análisis psicológico, que aquí se enfoca desde las primeras páginas. Alice llega con el hijo de su pareja, Kasim, a una casa de doscientos años que no ha sido renovada, pero sí idealizada, y ve el coche de su hermana Harriet, la hermana mayor, devota de la naturaleza. Después aparece Fran, con sus hijos Ivy —una niña plena de imaginación y personaje imborrable—, y Arthur. Falta, y aún tardará un día, el único hermano, Roland, que aparecerá con su nueva esposa, Pilar —una abogada argentina de oscuro pasado—, y su hija Molly. Precisamente son los ajenos a la familia, Kasim y Pilar, los que, cada uno por su lado, dinamitan la reunión, destinada a decidir si venden la casa que tantos recuerdos les trae de sus abuelos y de su madre, que harta de su marido, se refugió con ellos allí.

Ese es el objetivo y la trama que la novela quiere reflejar, pero entre medias ocurren muchas cosas. La primera, el descubrimiento por parte de los niños de una casa, propiedad de unos ancianos que han fallecido, que está abandonada. Hay viajes a la ciudad cercana y antiguas cartas que aparecen de golpe, playas —el mar está cercano— y piscinas de hoteles cochambrosos, vecinos e invitaciones a cenar.

En la estructura, este retrato, en parte costumbrista, en parte psicológico, se ve interrumpido por un traslado al pasado, a 1968, cuando Jill, la madre, aparece en la casa tras un intrincado viaje motivado por una infidelidad de su marido, Tom, un reportero que cubre los sucesos que se están produciendo ese año en Francia. La prosa de Tessa Hadley es minuciosa sin resultar pesada. Una pátina impresionista cubre todo, con adjetivos precisos y atentos a percepciones sensuales, acudiendo de un foco a otro con una visión casi cinematográfica en los fundidos.

De pronto, se recupera el presente, y lo que había estado latente va emergiendo, el grupo va cerrándose sobre sí mismo. No es más que la compactación antes de que la situación explote. Todo entra en una callada vorágine, en un tornado silencioso en el que borbotean elementos exteriores —Jeff, el marido de Fran—, en el que el amor explota y en el que la cabaña que han descubierto en el bosque se derrumba sobre un barranco, una analogía de lo que ocurre en la casa de la que se van a derrumbar —silenciosamente, eso sí— todos los recuerdos.

Anterior crítica de libros: El asesino de la montaña, de Anders de la Motte.

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