El oro y el fango: El incomparable presente de Ariel Rot

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borja-cuellar-6-09-13

“No levanta el pie del acelerador, al contrario, cada entrega impulsa más lejos ese manual de perfecto rock que va escribiendo y que resuelve con lo que parece una desarmante naturalidad”

 

Entiende Juan Puchades que los últimos discos de Ariel Rot no están siendo lo suficientemente valorados, y maravillado por el último, “La huesuda”, lo utiliza para dejar constancia de qué nos estamos perdiendo.

 

 

Una sección de JUAN PUCHADES.
Ilustración: BORJA CUÉLLAR.

 

 

Nuestros actuales modos de vida requieren de acción, de velocidad, de constantes impulsos electrónicos desde las pantallas que nos mantengan permanentemente activados e informados. La noticia de la mañana, por la tarde ha envejecido, queremos pasar a otra; una página web que tarda dos segundos en cargarse nos parece una eternidad. Nunca hemos tenido tal acceso a la información, pero con los titulares tenemos suficiente, no podemos perder el tiempo en leer algo demasiado largo. Con los discos también sucede. Ya casi son como balas, pero de fogueo: se disparan, hacen ruido, pero su impacto es nulo. En días, una nueva bala será lanzada y olvidaremos la anterior. No hay tiempo para detenerse y escucharlos una y otra vez. Probablemente ha cambiado nuestra relación con ellos y esté ocurriendo como con los libros o las películas, que los lees o ves una sola vez y ya tienes suficiente.

Además, la oferta es amplísima y la demanda escasa, eso lo saben bien los que se dedican a idear estrategias de promoción: hay que medir al milímetro un lanzamiento para que “dure”, para mantener la atención de unos aficionados que, en su mayoría, lo escucharán en Spotify o similares o se lo descargarán gratis de donde puedan, le darán una escucha, y el veredicto estará claro: me gusta o no me gusta. En cualquier caso, a olvidarlo, ¡y a por otro! Ya no hay tiempo, ni ganas, de convivir con los discos, de descubrir sus vericuetos, de dejar que te empapen para comprender el sentido de cada canción. De ese modo, son centenares los que, víctimas de escuchas superficiales, languidecen sin que se les preste demasiada atención, sin que sean valorados en su justa medida. Y eso parece que ha sucedido con “La huesuda”, el último de Ariel Rot, que puesto en la calle a comienzos de la primavera pasada ha sido sepultado por otras novedades sin que lograra refulgir como merecía. Y es una pena.

En su contra (además de una desafortunada portada; digámoslo abiertamente: fea) tiene que no es un disco inmediato, de esos que entran a la primera escucha. Incluso puede que sorprenda a los amigos de las ideas preconcebidas que presuponen a Rot abonado al rock burbujeante (de eso había mucho en el anterior, “Solo Rot”, y tampoco pareció importar demasiado), pero es un álbum que, sin duda, está perfectamente anclado en el corpus de su obra aunque desarrolle facetas estilísticas novedosas en él y que, temo, han sido soslayadas. Porque Ariel, aunque tiene un sello, una manera de hacer plenamente identificable, es de esos músicos que no renuncian a la aventura artística por la ambición comercial. Y se agradece, pues supone disfrutar de alguien conocido oteando nuevos horizontes mientras sigue creando. Es como acompañarlo en un viaje en el que sabes que sucederán cosas inesperadas.

Un amigo me comenta que “La huesuda” es demasiado adulto, y comprendo lo que quiere decir, pero es que ¡todos tenemos una edad! Y Ariel me parece que ni quiere ni puede ponerse a tratar de ser el que fue, aquel que por dos veces rompió baraja y esquemas del rock español: a finales de los setenta con Tequila y a comienzos de los noventa con Los Rodríguez. Ahora, en plena atomización musical y completo retroceso del rock, ya nadie puede romper nada (es posible que no quede ni baraja, que las cartas se las haya llevado el viento) y eso Ariel hace tiempo que lo comprendió (¿no fue acaso él quien hace diez años ya avisó de que al buen gusto lo llevaron detenido y que la música barata no para de sonar?), e intuyo que únicamente intenta hacer lo que le viene en gana (“Déjenme soñar un rato”, canta en ‘Nunca es tarde para el rock and roll’), consciente de que su papel ya no es el de salvador del rock (que nunca quiso serlo, simplemente los hechos lo abocaron a escribir la historia de ese modo), deja obras que son rotundo modelo de calidad con las que sentirse a gusto consigo mismo. Luego, añado yo, los demás deberían de mirarse en ellas para ver si son capaces de igualar tal excelencia.

Porque hay que decir que desde “Cenizas en el aire” hacia aquí no levanta el pie del acelerador, al contrario, cada entrega impulsa más lejos ese manual de perfecto rock que va escribiendo y que resuelve con lo que parece una desarmante naturalidad, como si no le costara esfuerzo. Ariel logra resultar contemporáneo desde ese clasicismo que inspira toda su obra, dejando canciones modélicas en las que maneja con firmeza e imaginación melodía y ritmo pero que, además, cuentan con textos siempre profundos y reflexivos, de una calidad pavorosa (aunque tengo la sensación de que casi nadie parece apreciarlos), con los que va retratando el tiempo (el suyo pero también el nuestro) entre irónico y nostálgico: con unos provoca la sonrisa, con los otros te muerde el alma, sacando a la luz con su poesía diáfana, pero agriamente dramática y noqueadora, “emociones escondidas”. Va siendo hora de que olvidemos al Ariel Rot guitarrista y apreciemos como merece al compositor superdotado y al intérprete completo y sublime.

Conecto de tal modo con su forma de hacer que con frecuencia regreso a sus discos. Son como compañeros que me hacen sentir bien, que me ayudan a transitar. Lo asombroso es que lo mismo valen para encarar un largo viaje en coche que para dedicarse a incómodas labores domésticas o para evadirse del mundo, dejando que te arañen los sentidos, disfrutándolos con calma, aislándote del exterior con cascos para no perder detalle. Llevo un tiempo pensando (y ya lo dije por aquí en otra ocasión) que, en plena racha, ha logrado engarzar en la última década los mejores discos del rock español en ese periodo (por la suma, en cada uno de ellos, de composiciones, interpretación, arreglos y producción). Y con “La huesuda” ha vuelto a confirmar mi idea: este es, para mí, el álbum más completo editado en nuestro país en lo que llevamos de año. No tengo dudas. Un trabajo en el que Ariel lo mismo ejerce de baladista inspirado por las filigranas de Burt Bacharach (‘Mil palabras sucias al oído’, ¡vaya texto!) que te lo imaginas en la puerta de una casona –copa de vino a mano (que él no es muy de cerveza), guitarra en ristre– y cual J.J. Cale porteño trasladado a la árida meseta madrileña dando forma a la polvorienta “En los últimos cien metros”, una canción que se pasea por los géneros sin consideración alguna mientras deja una de las letras más canallas que se han oído en tiempo (“Hay quien piensa que el que la hace la paga, / y el que mal empieza siempre mal acaba. / Hay quien destroza por completo esa teoría / y es un cabrón con suerte hasta el último día. / ¿Quién merece lo que recibe?”). Ese mismo deambular por los géneros (manteniendo constantemente en la pupila ese brillo rock que no olvida ni cuando más alejado parece estar de él) lo reitera en ‘La huesuda’, una juguetona canción con la que burlarse (o no) de la parca: “Sabe que te tiene atrapado entre sus manos, / que no puedes resistirte a una mujer. / […] / Ahí viene la huesuda, empieza a despedirte. / No te quejes, hay formas mucho más tristes de desaparecer”.

Pero además está el autor que captura sentimientos con sinuosa delicadeza, pero nunca desde la ortodoxia o la vacua flacidez baladística al uso. Así sientes escalofríos al adentrarte en ‘Para escribir otro final’ y su relato de la ruptura de una relación a dos (“Si prefieres desaparecer porque ya todo está claro. / Si cuando me miras solo ves algo lejano. / Hoy la brisa del amanecer sopla desde otro costado. / Habrá que retroceder cada uno por su lado”), ‘Emociones escondidas’ y el sin sentido de la vida (“El tiempo pasa deprisa, deprisa sin compasión. / La vida es una autopista, de vez en cuando falla el motor”) o ‘Se va’, con sus leves ecos brasileños que sirven para, suavemente, cerrar el disco y relatarnos de lo que quisimos ser y no fuimos, de todo lo perdido mientras enumera instantes de felicidad fugaz o vana que, junto a los sueños, van quedado atrás. Es ese un tríptico con el que te preguntas cómo es posible que cosas tan pequeñas, inasibles y breves como las canciones tengan tal capacidad de impactar en el oyente dejando en él lo que sabes que será huella indeleble. Cómo es posible que de la contrariedad, la tristeza y la melancolía puedan brotar canciones tan hermosas, tan llenas de vida, ¡y por momentos tan optimistas!

Desde ahí, Rot puede pasar a darse el capricho de releer a Gardel en la frívola ‘Rubias de New York’, con un swing envalentonado por una guitarra que, como en otras ocasiones en los últimos tiempos (y desde “Lo siento, Frank” hacia aquí), parece que esté emparentada con las que tocaban Django Reinhardt y Oscar Alemán, como si un luthier loco hubiera cruzado maderas hasta lograr ese sonido jazzístico con pulso rock. Pero sabes que no, que son las manos de Ariel las que obran el prodigio. Capricho también es agarrar la vieja ‘Debajo del puente’, sacarla de la criogenización en la que permanecía olvidada e insuflarle nueva sangre para ponerla en pie y que eche a andar como un mortífero rock de plena actualidad. “Debajo del puente todos juegan fuerte”, canta en ella, y Ariel ha jugado duro al atreverse con este rescate, cuando las leyes del sentido común dictan que dejes las creaciones del pasado como están. Pero con su ojo clínico de catedrático del rock, sabía que a esta canción le quedaba un hálito de vida, oía latir sus pulsaciones debajo de aquella producción tan de los ochenta que la atenazó por siempre, y aplicándole tratamiento de choque la ha rejuvenecido treinta años. Y eso es magisterio.

Y todavía hay más: ‘Puro frenesí’, un blues por el que Eric Clapton le vendería su alma al diablo en un cruce de caminos para que la inspiración lo visitara de nuevo y le regalara cada tanto gemas así de sentidas. Y ahí queda la monumental e irónica ‘Nunca es tarde para el rock and roll’, en la que un rock de la escuela clásica se enreda en el estribillo con los Beatles (vía Harrison), desarrollando una estructura formal que, al tiempo, nos traslada a los mejores momentos armónicos del rock argentino. Porque, y ese es otro de los valores sobre los que se asienta la obra de Rot, su escuela está formada en el rock anglosajón y en el argentino: desde ahí tomó impulso para edificar algo nuevo que, en gran medida, acabó por ser una de las patas que sustentan eso tan poco definible e hijo de mil leches que es el rock español. Y quienes apreciamos ese rock, no podemos por menos que estar de parte de Ariel Rot, de sus canciones.

En este país somos muy propensos a restarle importancia a lo que tenemos cerca, y ejemplos ha dejado nuestra historia musical de artistas u obras que solo han logrado reconocimiento décadas más tarde. Por ello, estoy convencido de que dentro de un tiempo alguien se fijara en las creaciones más recientes de Ariel Rot, las que ahora estamos viviendo en tiempo real, y descubrirá los tesoros que le aguardan en “Lo siento, Frank”, “Ahora piden tu cabeza”, “Solo Rot” o “La huesuda”, y no sabremos ni de qué nos están hablando porque nos quedamos colgados en “Cenizas en el aire” (que es lo mismo que petrificarnos en nuestro propio pasado, catorce años atrás), pensando que aquel fue el canon, y lo que vino después no supimos valorarlo (peor: es posible que ni nos molestáramos en escuchar). Pero nunca es tarde ni para el rock and roll ni para dejar de lado prejuicios e ideas preconcebidas y disfrutar de lo que está resultando una obra incomparable que va construyéndose, disco a disco, delante de nosotros. Tendríamos que ser conscientes de lo afortunados que somos por estar viviendo este momento.

Nota: gracias a Arancha Moreno, Juanjo Ordás y Julio Valdeón Blanco por las ideas compartidas. Seguro que os he robado unas cuantas.

 

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